3 RESPUESTAS SOBRE EL TRABAJO SOCIAL

Mi visión hoy sobre los estudios, la profesión y lo comunitario.

Comparto aquí una segunda parte de la entrevista sobre Trabajo Social que me hicieron las colegas del Colegio de Trabajo Social de Navarra el pasado mes de junio.

  1. ¿Cuál es tu visión acerca de la evolución experimentada por los estudios de Trabajo Social en los últimos años?

Haciendo un balance de mayor alcance histórico, creo que la incorporación de los estudios al ámbito universitario hace casi tres décadas, supuso un avance en normalización administrativa y académica que abrió posibilidades de legitimación profesional y disciplinar. Posibilidades que fueron mejor aprovechadas en el ámbito profesional que en el disciplinar, al menos durante las dos primeras décadas. Los avances en el ámbito disciplinar han ido apareciendo más tardíamente, seguramente lastrados por dinámicas de poder en el seno de las universidades y por el importante déficit de estudios de posgrado y doctorado, propios y específicos de trabajo social en nuestro país, que aún hoy existe en la mayor parte de las universidades. Este déficit de formación para la investigación de excelencia no se ha resuelto aún, ni se resolverá creando cada facultad “su” postgrado: es preciso articular unas ofertas sólidas y de calidad que sólo mediante las sinergias adecuadas entre distintas universidades puedan asegurar la masa crítica suficiente y de calidad para hacer avances significativos en el conocimiento. Y me temo que en el país de “cada maestrillo tiene su librillo” o del “yo me lo guiso, yo me lo como”, donde hay demasiado afán de protagonismo por parte de los centros y poca generosidad institucional, el camino será más lento y dificultoso de lo deseable.

Pero volviendo a la pregunta: si consideramos la evolución más reciente de los últimos años, a partir de la implantación del sistema de “Bolonia”, me parece a mí que el aumento de un año de estudios para alcanzar el grado en trabajo social ha supuesto la consecución automática de una aspiración (la licenciatura) que no se había logrado antes, pero tengo serias dudas de que esa ampliación en un año más de estudios haya sido bien aprovechada para mejorar la formación de manera significativa. Soy bastante crítica con respecto a algunos “viejos vicios” que el “nuevo sistema” ha perpetuado o no ha contribuido a resolver adecuadamente. Así, por ejemplo, creo que hay una excesiva fragmentación en mini-asignaturas que no ayuda a generar más ni mejores saberes, ni contribuye al desarrollo de un pensamiento crítico, tan necesario en nuestro ámbito. A veces tengo la sensación de que se ha producido una cierta “banalización” de la formación universitaria en general, y en las ciencias sociales en particular.

  1. ¿Cómo ves el Trabajo Social en la actualidad?

Lo veo con luces y sombras. Luces porque tenemos ante nosotras retos y desafíos que pueden permitirnos dar un salto cualitativo importante como profesión y como disciplina, siempre que sepamos identificarlos y elaborar las respuestas adecuadas a dichos desafíos (como son la globalización, la crisis del patriarcalismo, el ascenso de la conciencia ecológica, los nuevos movimientos sociales, las redes de resistencia transformadora, el reconocimiento y la apuesta por los bienes comunes, la acción comunitaria participativa, etc.). Pero también sombras, porque el trabajo social (como todas las ciencias sociales y disciplinas profesionales de ayuda) tenemos nuestros “propios muertos en el armario” y hemos contribuido no pocas veces a la vigilancia y el control de los cuerpos y las mentes de los excluidos y de “los nadies” (que diría Galeano). En no pocas ocasiones hemos desarrollado funciones para vigilar y castigar (Foucault), en lugar de escuchar para emancipar y comprender para transformar. Es en esa tensión entre el control y la emancipación, entre la dominación (sutil o manifiesta) y la acción crítico-transformadora, donde se juega hoy la arena del trabajo social, en el mundo y en nuestro país. Estamos en una verdadera encrucijada vital como trabajadoras sociales: esto es emocionante porque nos permite la posibilidad de hacer contribuciones relevantes al desarrollo humano y la justicia social; pero también es amenazante porque podemos no estar a la altura de lo que las personas necesitamos, y terminar siendo responsables de un retroceso sin precedentes (que es lo que hoy representaría, a mi juicio, el mantenimiento del statu quo).

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  1. ¿Qué aportaciones al Trabajo Social puede hacer desde lo comunitario hoy?

El trabajo social tiene, en primer lugar, que volver a creerse la acción comunitaria. Tristemente, este tipo de intervención profesional, que es la más eficaz a medio y largo plazo, apenas si tuvo desarrollo en nuestro país y cuando se crearon los servicios sociales municipales apenas se le dio importancia (más allá de algunos ayuntamientos concretos). Las labores de dinamización comunitaria, trabajo con colectivos sociales, el desarrollo de procesos participativos de base comunitaria, etc. fueron campos y ámbitos abandonados por la profesión en un momento histórico en que seguramente nos dedicamos a ganar otros espacios. Y claro, aparecieron otras figuras profesionales que entraron a desarrollar esas labores de acción comunitaria que ahora nos vemos obligadas a “redescubrir” y a “reimplementar”. Creo que no somos conscientes de los aportes tan relevantes que nuestra profesión ha hecho al campo comunitario a escala planetaria y lo largo de la historia. Esos aportes del trabajo social son hoy la fuente que nutre a todo tipo de profesionales cuando hacen actuaciones con y desde la comunidad: desde médicos y enfermeras de atención primaria, maestras y educadores, monitores de ocio y tiempo libre, animadores socioculturales, agentes de desarrollo local, psicólogos sociales, etc. No tenemos que inventarnos nada nuevo, es suficiente con conocer y saber utilizar bien los saberes propios de nuestra profesión. Y es preciso darles a esos saberes la importancia que merecen en la formación profesional (que la veo muy débil en ese aspecto en nuestro país). Por eso creo que hay potenciar más y mejor la acción comunitaria en la formación profesional, en las reuniones y congresos profesionales, en actividades de formación y reciclaje, en intercambios, etc. Me apena mucho comprobar cómo, en bastantes lugares, a veces saben hacer mejor un diagnóstico comunitario o diseñar un proyecto participativo otros profesionales, en lugar de los trabajadores sociales. Por eso insisto en la importancia de la formación, la práctica profesional y del reconocimiento a este tipo de intervenciones. Por otra parte, en el trabajo individualizado (familiar o “de caso”, según los gustos) muy raramente se ha utilizado el enfoque comunitario (como sí ha ocurrido en otros países europeos), y ese es otro “talón de Aquiles” que tenemos que resolver más pronto que tarde.

En el siguiente post publicaré las recomendaciones que yo haría a estudiantes que quieren investigar y las profesionales en ejercicio (que fueron las últimas preguntas de la entrevista).

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¿Cómo veo el Estado de Bienestar y las Políticas Sociales en el contexto de hipercrisis en el que vivimos?

El 23 de mayo tuve la oportunidad de compartir algunas reflexiones con las colegas del Colegio de Trabajo Social de Navarra, que me invitaron a dar una conferencia sobre los “Retos y desafíos del trabajo social”, con motivo de la celebración del Día Mundial del Trabajo Social. Al finalizar el evento, desde el colegio me formularon una serie de preguntas para publicarla como entrevista en su boletín. Una de esas preguntas, me la han hecho muchas veces, y por ello me permito compartir la repuesta que escribí al colegio de Navarra con todas las personas que seguís mi blog. ¿Cómo ves el Estado de Bienestar y las Políticas Sociales en el contexto de hipercrisis en el que vivimos?

Nuestro estado del bienestar ha sido muy tardío, demasiado familista (y por ello machista) y siempre ha sufrido de raquitismo. Ya mucho antes de que sucediera esta estafa llamada crisis hubo expertos que lo calificaron como “estado del malestar” (Cotarelo). Lo que esta mal-llamada “crisis” ha venido a evidenciar es que, como ya advirtió hace décadas Ramesh Mishra, el modelo institucional de política social pendía de un hilo y sólo era capaz de crecer en circunstancias favorables. Favorables políticamente: cuando la existencia del telón de acero aconsejaba tener un modelo de derechos sociales a este lado del muro de Berlín en contraposición al modelo social del otro lado del muro. Favorables económicamente: cuando el crecimiento económico-financiero basado en la especulación y las burbujas de todo tipo permitía repartir algo del pastel, porque era más grande.

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Y también favorables ideológica y culturalmente, ya que la lucha contra la exigencia de derechos y su conquista fue la gran batalla ideológica que Reagan y Thatcher ganaron a escala mundial: el individualismo y el miedo a perder lo poco que se tiene ha modificado sustancialmente el posicionamiento de la gente frente a la pérdida de derechos (nos ha dejado en estado shock, que diría Naomi Klein); y frente a ello hay que rearmarse y actuar sabiendo que los derechos no se conquistan para siempre, sino que hay que reconquistarlos cada día y pelearlos cada día.

El estado de bienestar surgió en la Alemania de Bismark, no lo olvidemos, para evitar el avance del movimiento obrero y del socialismo. Pero una vez unificado a escala planetaria el sistema económico -que por primera vez tiene capacidad de acción como una unidad- lo que justificaba el estado de bienestar se diluye y los servicios sociales públicos son la segunda oleada de bienes públicos a privatizar, una vez ya vendidos al mejor postor los bienes públicos industriales. El papel que, si no lo remediamos pronto, tendrán de nuevo las políticas sociales (y especialmente la política de servicios sociales) será residual y absolutamente subsidiario, en el sentido que Richard Titmuss definió este modelo de política social.

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En el caso de las políticas de servicios sociales en particular, nuestro país siempre ha tenido grandes debilidades comparado con otros de nuestro entorno. Sin duda una de las más relevantes ha sido el no reconocimiento constitucional de los servicios sociales como derecho fundamental (y por tanto susceptible de ser exigido ante la justicia), quedando relegado a una simple competencia de creación y gestión de los gobiernos autónomos. Si a ello se añade que nunca ha existido un compromiso estatal serio y garantizado en materia de financiación de los servicios sociales públicos, que los ha dejado siempre dependiendo en la práctica del marco de financiación autonómico, no es de extrañar el panorama actual. Si, además, a ello añadimos la constante y sistemática privatización-externalización de buena parte de los servicios sociales de responsabilidad pública que han sido transferidos (sin el debido control técnico ni financiero), generalmente en precario, hacia el mal llamado tercer sector (un ONGismo a la española que en realidad encubre redes clientelares en no pocas ocasiones, en lugar de organizaciones civiles que luchen por los derechos de las personas), pues nos encontramos frente a la paradoja de que las entidades sociales que debieran luchar por los derechos de determinadas personas y colectivos, en realidad se dedican a prestarles ciertos servicios en precario: y en esa tesitura, lo que se abandona es la defensa y reivindicación de los derechos, en lugar de abandonar la subvención asociada a la prestación de servicios.

Por otra parte, ninguna política social ha abordado la crisis de los cuidados, y eso constituye, a mi juicio, uno de los errores y debilidades más relevantes de nuestro “estado de bienestar”. Merece la pena revisar las críticas que a este modelo de estado y su gestión en diversos países europeos se han formulado desde el pensamiento feminista, el pensamiento ecologista y el pensamiento antirracista. Las críticas que desde estos tres enfoques de pensamiento se hacen al modo en que se han implementado las políticas sociales son totalmente ciertas: 1) han perpetuado los roles tradicionalmente asignados a las mujeres en materia de cuidados y no ha permitido modificar la división sexual del trabajo ni repartir la tarea de cuidados; 2) no han servido para generar instituciones amables, humanas y que pongan en el centro a las personas; se han creado instituciones prestadoras de servicios que no permiten la participación ni la autogestión/autonomía de las personas que atienden, los servicios han terminado convirtiendo a los sujetos en objetos, donde la centralidad pivota en la institución y sus profesionales; 3) las políticas sociales, más allá de las declaraciones de buenas intenciones, han funcionado como el resto de las políticas frente a las minorías: discriminando y concentrando la violencia institucional hacia ciertos grupos de personas (generalmente a través de formas de violencia discreta, y en esas formas de violencia los expertos y profesionales hemos sido –y somos- los brazos ejecutores).

Tenemos aún varias “asignaturas pendientes” para que los servicios sociales no sean las “políticas para pobres”, pues ya sabemos que este tipo de políticas se terminan transformando en “pobres políticas”:

  • convertir el derecho a los servicios sociales en un derecho subjetivo (y por tanto justiciable);
  • ser capaces de diseñar servicios sociales basados en el conocimiento y la evidencia científica (que es el reto principal en este momento en España);
  • solventar errores de gestión cometidos en el pasado;
  • aumentar la financiación hasta acercarnos a la media europea, pero sobre todo gestionar mejor esos recursos; y
  • apostar de una vez por todas (con los recursos que merece) por el sistema de atención primaria, que no solo es más normalizador e integrador, sino más eficaz en las respuestas y, sobre todo, mucho más humano.
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    Compartiré el resto de la entrevista (centrada en el trabajo social) en un próximo post.

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¿DERECHOS HUMANOS O PARADIGMA SECURITARIO?

UN ANÁLISIS COMPARADO DE LAS PROPUESTAS ELECTORALES EN MIGRACIONES, ASILO Y REFUGIO.

Es un hecho la crisis de humanidad que cientos de miles de personas están sufriendo en las fronteras de Europa, provocada por la falta de respuesta y la hipocresía europea hacia las personas en fuga del horror y la guerra que buscan refugio, y a las que se les está deportando sin garantías ni el respeto más elemental al derecho internacional humanitario.

En Europa se nos llena la boca a la hora de hablar de Derechos Humanos, de democracia y de Estado de Derecho; pero cuando se trata de aplicarlo no consideramos a todas las personas como seres humanos: las que están hacinadas en las fronteras, las que mueren ahogadas, las que asesinan las fuerzas de seguridad de Marruecos, de España o de Turquía, las estamos tratando como mercancías. Basta leer el acuerdo infame de la vergüenza entre la UE y Turquía para comprobarlo: Pagar 6.000 millones de euros a un país que no respeta los Derechos Humanos (por eso se le ha impedido sistemáticamente entrar en la UE) para que haga de matón y frene la llegada de estas personas que solo buscan socorro. Como si pagar para que otro haga algo en nuestro lugar nos eximiera de la responsabilidad de lo se está haciendo.

Esta situación ha colocado en la agenda pública del último año algunos aspectos de las políticas migratorias en general, y de las políticas de asilo y refugio en particular.

Con motivo de las elecciones generales del próximo 26 de junio, me ha parecido necesario realizar un análisis comparativo entre las diferentes propuestas políticas que las cuatro candidaturas de ámbito estatal con posibilidades de formar gobierno, plantean en sus programas electorales.

Los criterios utilizados para efectuar la comparación han sido las 11 medidas que exigen las quince entidades firmantes de REFUGIO YA, que son:

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A esas exigencias he añadido otras medidas propuestas por plataformas ciudadanas como Stop Mare Mortum y Cerremos los CIE (Tamquem els CIEs), además de otras largamente reivindicadas por los colectivos migrantes de nuestro país, en relación a los derechos de participación política o nacionalidad, por ejemplo. Así como algunas procedentes de los españoles en el exterior como la Marea Granate.

Por razones didácticas he sintetizado en 27 las medidas más relevantes y compartidas por las diversas plataformas y he revisado los programas electorales del PP, el PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos. De manera sintética, estos son los resultados principales de mi análisis, que comentaré muy brevemente:

27 medidas (con relleno)

Existen dos grandes enfoques claramente distintos en la concepción de las políticas migratorias y de asilo/refugio: por un lado encontramos las propuestas del PP y Ciudadanos que, aunque con ligeras diferencias, expresan claramente lo que podríamos denominar un gobierno y unas políticas basadas en el paradigma securitario, la cultura del miedo y la construcción de la alteridad como amenaza.

Por el otro lado, encontramos las propuestas del PSOE y de Unidos Podemos, que son propias de un enfoque basado en los Derechos Humanos y la prevalencia del derecho internacional. Las diferencias entre ambas propuestas, sin embargo, no son tan leves como las encontradas entre PP y Ciudadanos. Veamos muy brevemente:

Las medidas propuestas por Unidos Podemos (todas ellas, no solo las que se contemplan en el apartado de políticas migratorias y asilo, sino también en otros capítulos de su programa electoral como cooperación internacional, seguridad y paz o democracia internacional) son coherentes con el enfoque de Derechos Humanos y garantía de derechos en general. Por eso su programa cumple totalmente con las 27 exigencias ciudadanas en materia de migraciones, asilo y refugio.

El PSOE, sin embargo, a pesar de que en los preámbulos de sus propuestas sobre políticas migratorias tiene un enfoque de Derechos Humanos, en el listado de medidas concretas no cumple totalmente con las 27 exigencias ciudadanas. Algunas no las menciona siquiera, y otras sólo las cumple muy parcialmente (hecho que resulta coherente con otros apartados de su programa en materia de defensa o relaciones exteriores y cooperación, donde el enfoque que prevalece no es el de Derechos Humanos sino el de seguridad o competencia económica).

Conclusión: de acuerdo con estas propuestas, un posible pacto en materia de migraciones y asilo entre PSOE y Unidos Podemos puede ser relativamente sencillo y más fácil (por la mayor coherencia entre sus programas electorales) que otras alternativas de pacto como, por ejemplo, PSOE y Ciudadanos (cuyos programas chocan claramente en muchas de las 27 medidas analizadas). Un pacto entre PP y Ciudadanos tampoco tendría dificultades ya que las diferencias entre las medidas de políticas migratorias y de asilo que proponen estas formaciones son prácticamente inapreciables.

Espero que mi trabajo de estos días os resulte de interés y os ayude a comprobar qué propuesta política se ajusta más a vuestros valores y principios. Y, de paso, ya tienen un primer análisis estos cuatro partidos, para cuando tengan que sentarse a conversar y negociar a partir del 27J.

Feliz solsticio de verano a todas las personas que siguen mi blog!

No os olvidéis de quienes buscan refugio.

 

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COMPARTIR O MORIR

Esta afirmación tiene hoy 20 de junio, día mundial de las personas refugiadas, especial relevancia y significado. Especial sentido.

Porque compartir el sufrimiento del otro y responsabilizarnos frente al mismo es el único camino posible de resistencia frente a la dominación.

Para ello tenemos que comprender su situación en lugar de invisibilizarles y cosificarles.

Tenemos que rehumanizar a las personas que sufren y piden socorro en lugar de criminalizarles; porque si no lo hacemos, estaremos alimentando la cultura del miedo, el odio y el desprecio a nuestros semejantes.

Vivimos en una sociedad en que prevalece la cultura del miedo y de la inseguridad, que tan útil resulta a los poderosos. Por eso nuestro desafío fundamental es ayudar a establecer las bases para una “comunicación empática”, capaz de deconstruir las realidades que desencadenan esa sensación de inseguridad y de miedo.

Tenemos que responsabilizarnos y comprometernos, porque solo de ese modo podemos avanzar en la construcción de una “ciudadanía insurgente” que sea un contrapoder sustentado en otros valores y principios. Los valores de la solidaridad, la hospitalidad, la justicia y el reconocimiento, la humanidad en definitiva. Debemos repolitizar el sufrimiento.

Hoy hay convocadas movilizaciones en cientos de pueblos y ciudades de todo el mundo, para exigir a los gobiernos nacionales y a la Unión Europea “REFUGIO POR DERECHO”. Acudir y tomar parte en alguno de esos actos es un gesto de humanidad, porque la indiferencia nos convierte automáticamente en cómplices de la violencia y el despojo más absoluto contra quienes son nuestro semejantes pidiendo socorro.

Compartir su sufrimiento haciéndolo visible y exigiendo el cumplimiento del derecho internacional, es sólo una pequeña acción al alcance de todos para no ser tan inhumanos.

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El desafío de lo grupal en la acción social

Un grupo viviente es consciente de su razón de ser, aplica todas sus fuerzas a la realización de su tarea; progresa y produce. Es, para la sociedad que le rodea, una levadura que transforma, un germen que fructifica.

Henri Johannot

 

El grupo y el trabajo social

Sin lugar a dudas, el fenómeno social de “lo grupal” ha constituido siempre un centro de interés en las ciencias sociales y en el trabajo social de manera particular.

A lo largo de la historia de nuestra profesión, y desde sus orígenes mismos, el grupo social se ha configurado como uno de los tres principales ámbitos de intervención. Llegando, incluso, a desarrollarse como un método propio de acción profesional. Las experiencias profesionales más sistematizadas en este campo datan de la década del 20.

Sin embargo, el grupo como espacio de acción profesional ha ido evolucionando con el tiempo y no siempre ha tenido la misma importancia y significación dentro del trabajo social profesional, sobre todo en el caso de España. Así, ha habido momentos en que ha tenido más auge, y otros en los que se le ha otorgado menor relieve.

También podemos constatar diferencias dependiendo de los campos profesionales. En el caso de la salud y los servicios sanitarios podemos encontrar notables diferencias según el país de que se trate. Así, por ejemplo, en América latina este campo fue uno de los primeros en contratar trabajadores sociales profesionales, siendo actualmente uno de los más importantes en razón del número de profesionales que emplea. En España, por el contrario, ha sido uno de los ámbitos de incorporación más tardía de la profesión, y actualmente ocupa a un porcentaje reducido de trabajadores sociales, en comparación relativa con otros espacios y ámbitos de desarrollo e inserción profesional.

Teniendo en cuenta estas consideraciones previas, que exigirían una mayor matización de la que haré por razones de tiempo y espacio, examinaremos brevemente algunas cuestiones clave que, en mi opinión, pueden constituir grandes desafíos en el siglo XXI.

Lo grupal en el contexto mundial: ni individualismo ni colectivismo

Asistimos desde finales del siglo XX a un conjunto de acontecimientos históricos que ponen de manifiesto la imposibilidad de construir un espacio social y unas redes sociales sobre la base de las dos grandes ideas-fuerza que han vertebrado política, social, económica y culturalmente el mundo actual. Me refiero al individualismo y al colectivismo.

El individualismo ha sido motor y concepto clave en la configuración del mundo capitalista. Su opuesto, el colectivismo, lo ha sido del mundo denominado comunista o de los socialismos históricos, según los gustos. Tanto el individualismo como el colectivismo han sufrido una fuerte crisis. No sólo en lo político y económico. Fundamentalmente en el campo de las ideas y en el ámbito de la acción social hoy parece estar claro que nada puede organizarse con visos de eficacia y capacidad de solución efectiva de los problemas sobre la base de este dualismo ya caduco.

El desarrollo de los valores propios del individualismo, ha provocado un proceso de darwinismo social que ha generado y genera cada vez más exclusión social y mayor número de excluidos sociales. Y entre los incluidos, asistimos a la aparición de lo que Emma Fasolo llama la nueva “pobreza post-materialista”, propia de personas y sociedades que teniendo un grado de desarrollo económico y bienestar social aceptable, viven aislados, deprimidos y pobres desde el punto de vista afectivo y social. La depresión será la enfermedad que afecte a mayor número de personas del mundo desarrollado en el siglo XXI. Este dato no hace sino confirmar la existencia de nuevos tipos de problemas y de pobrezas.

En el otro extremo, podemos comprobar cómo las sociedades organizadas sobre la base del colectivismo, no sólo se han derrumbado política y económicamente, sino -lo que es más grave- fueron incapaces de eliminar totalmente la pobreza material y la desigualdad social tal como preconizaban.

En este contexto mundial de derrumbe de las formas tradicionales de organización social, vuelven a cobrar nueva fuerza antiguos valores un poco olvidados por los espejismos antes mencionados, como son el valor de lo grupal y el valor de lo comunitario.

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Lo grupal en el siglo XXI: apoyo social y redes sociales como vertebradores de la comunidad

El grupo y la comunidad, adquieren desde finales del siglo XX una nueva centralidad indiscutible. No sólo como reconceptualizaciones adaptadas a las nuevas realidades sociales (grupales y comunitarias) que existen. Estas categorías impregnarán cada vez más el discurso de las ciencias sociales y la intervención social y se convertirán en la nueva razón de ser de las diferentes metodologías y tecnologías de acción social (el trabajo social entre ellas).

De manera particular cobrarán importancia con relación al trabajo en las grandes ciudades, donde la existencia de muchedumbres solitarias -como diría Riessman- hace del grupo y de lo grupal el ámbito privilegiado para afrontar los grandes problemas sociales de nuestra época. En un mundo de comunicaciones masivas convertido en una aldea virtual, las personas que viven en las grandes ciudades, rodeadas de gentes a las que no conocen y donde los encuentros interpersonales profundos son escasos y difíciles de establecer, surge la necesidad imperiosa de formar parte de algún grupo. Grupo que se convierte en fuente de apoyo social, afectivo, que ayuda a recobrar el sentimiento de pertenencia perdido en la masa, a sentirse alguien en un mundo donde pareciera que sólo interesa ser algo.

Y en esta situación, también los servicios sociosanitarios enfrentan grandes limitaciones. La burocratización de los servicios y la despersonalización que cada vez es mayor en las relaciones ciudadano-institución, hace que los problemas humanos más profundos y las necesidades humanas menos materiales (afecto, formación, participación, libertad, creación, etc.) tengan una imposible solución y atención en el marco del Estado del Bienestar, que a veces más bien parece -parafraseando a Ramón Cotarelo- un Estado del Malestar.

La ayuda mutua y el apoyo social se convierten así, en sistemas vitales de protección social. En escudos preventivos de la exclusión social y de la nueva pobreza, la que se genera no tanto por carencias materiales sino por carencias afectivas y sociales (acompañadas o no de carencias económicas y materiales). Y esta ayuda y apoyo social sólo son posibles en el marco de los grupos primarios (familia, amigos, vecindario) y grupos de ayuda mutua, heteroayuda y autoayuda; independientemente de su grado de formalización jurídica.

En el campo de la sociología y la psicología social se han llevado a cabo numerosos estudios acerca de las relaciones sociales y su impacto en el bienestar y la salud: Durkheim, con la introducción del concepto de anomia, Thomas y Znaniecki, la escuela de Chicago con los estudios de Park, Burguess y McKenzie, etc. Estos estudios hicieron posible la consolidación del concepto de apoyo social y su relación con la salud en la década del 70. El planteamiento básico de esta perspectiva teórica es la existencia de ciertos procesos psicosociales que pueden identificarse como “protectores de la salud” (comunicación y relaciones interpersonales en los grupos primarios).

El apoyo social se define dentro de este enfoque como información que lleva al sujeto a creer que es querido y cuidado, que es estimado y valorado y que pertenece a una red de comunicación y de obligaciones mutuas (Coob, 1976). Entendido el apoyo social “como un proceso transaccional y simbólico de influencia mutua entre dos o más individuos que alteran, consecuentemente, los estados afectivos, cognitivos y comportamentales de éstos” (Musitu et al.,1993), estos tipos de relación de ayuda (a través de redes de autoayuda y ayuda mutua) constituyen un modo de interacción dinámica entre personas que se influyen mutuamente en sus comportamientos, creencias, emociones y conductas.

De acuerdo a estas conceptualizaciones, los sistemas de apoyo se definen como “contactos sociales duraderos” (Caplan, 1974) que, en épocas de crísis, ofrecen tres tipos de apoyo:

       Ayudan al individuo a movilizar sus recursos psicológicos y a dominar sus tensiones emocionales.

       Comparten sus tareas.

       Proporcionan ayuda material, instrumental y estratégica, y actúan como una guía cognitiva que mejora el manejo de la situación (Gottlieb, 1988).

Estas formas de apoyo se pueden desarrollar desde servicios institucionales (centros de salud, servicios sociales, etc.) aunque habitualmente se configuran como formas más o menos espontáneas en la misma comunidad (asociaciones de enfermos, grupos de apoyo informales, grupos de autoayuda, grupos de ayuda mutua, asociaciones de heteroayuda, etc.).

Existen actualmente numerosas definiciones del apoyo social, que hacen hincapié en determinados componentes y funciones del concepto: control y dominio; auto-aceptación; e interacción social. Desde el punto de vista funcional de la calidad de las relaciones de la persona, son seis las principales funciones del apoyo social:

        Instrumental: apoyo tangible, apoyo material.

        Emocional: afectivo, expresivo, sustento emocional.

       De estima: valoración, reconocimiento, afirmación.

       Informativa: enseñar, guiar, orientar, aconsejar.

       De compañía: proximidad, disposición, interacción social positiva.

       Motivacional: animar, estimular, reafirmar.

Los componentes básicos de los sistemas de ayuda mutua que se han detectado en estudios realizados, coinciden bastante con los aspectos o ingredientes esenciales del concepto que Sanchez Vidal (1991) extrae de los principales análisis realizados hasta ahora de los grupos de ayuda mutua:

       Mutualidad (y reciprocidad). Expresado en el helper therapy principle, implica que la mejor forma de ayudarse a sí mismo no es recibiendo graciablemente esa ayuda o mediante del pago de un servicio profesional, sino ayudando a los demás y, para ser ayudado (o recibir algo de otros) hay que estar dispuesto a darlo uno mismo a los demás. La relación en los grupos de ayuda mutua se basa en intercambios igualitarios entre personas mutuamente independientes. Según la teoría del “Helper Therapy Principle” de Riessman (1965), este “principio terapeútico del ayudador” quiere decir que ayudar a otros es -en sí mismo- terapeútico para la persona que ayuda (y no sólo para el ayudado). La explicación de Killilea (1976) del funcionamiento de este principio (por qué se auto-ayuda el ayudador) reside en la producción o generación de:

         *    Un aumento del nivel de competencia del ayudador, al mostrar que puede mejorar la vida de los otros.

         *   Sentimientos de igualdad e intercambio entre el ayudador y otras personas, lo que contribuye a su “normalización social”.

         *   Aprendizaje experiencial y personalizado, distinto -y valioso per se– del adquirido a partir de los libros.

         *   Aprobación social de los ayudados.

         *   Sentimientos de utilidad social y de valía como persona, en el que ayuda.

       Experiencia común de los miembros, como criterio de pertenencia al grupo. Tanto prestadores como receptores de ayuda tienen el mismo problema de salud (alcoholismo, diabetes, baja autoestima personal, etc.); pueden -por tanto- intercambiar roles, basados en la experiencia y “autoridad” del igual; se produce un reconocimiento de la “universalidad” social del problema, y -en ciertos casos- una asociación diferencial.

    Compromiso individual de cambio, estando dispuesto a involucrarse como igual en el grupo y de hacer de modelo de rol para otros.

    Autogestión del grupo, que se traduce en la auto-responsabilidad de los miembros del grupo y la autogestión de sus actividades.

    Control social del grupo, como elemento facilitador del cambio actitudinal y conductual mediante la presión grupal, la conformidad individual y el liderazgo carismático.

         Importancia de la acción, además de la información y apoyo.

Desde el punto de vista estructural, la caracterización de estos sistemas de apoyo social es básicamente de red social (Aguilar, 2001 y 2013). La modalidad en que las personas operan dentro de una comunidad son las redes de comunicación. Este es un concepto y un instrumento sumamente útil para el trabajo grupal y comunitario. Cada persona de la comunidad mantiene relaciones de comunicación con otras personas pertenecientes a la misma comunidad, y puede -además- ampliar tanto el número como el tipo de relaciones. Precisamente es esta posibilidad de ampliación y utilización de las redes sociales, lo que constituye -a mi juicio- uno de los  núcleos fundamental del trabajo social en atención primaria de salud. Tanto es así que, en algunos países -como es el caso de Italia-, denominan a esta modalidad de intervención profesional como “trabajo social de red” (lavoro sociale di rete). La principal función de este tipo de intervención profesional es el estímulo y sostén de la autoayuda y la ayuda mutua.

La existencia de redes -formales e informales- es lo que protege socialmente a las personas, familias y grupos; evitando o disminuyendo los riesgos de exclusión social. Es decir, la creación y el fortalecimiento de las diversas redes sociales (y especialmente las de apoyo social) constituye el mejor antídoto preventivo frente a problemas sociales que derivan en marginación, desintegración y exclusión social.

De acuerdo a este enfoque operativo, cada persona puede ser equivalente a un punto del cual parten líneas (relaciones de comunicación) hacia otros puntos (persona o personas con las que se relaciona), convirtiéndose en centro de una red. Así, una red social está formada por las series de relaciones que cada persona configura en torno suyo. Cada una de estas relaciones puede tener cualidades muy diversas: distinta frecuencia, distintos contenidos (utilitarios o emocionales), y dependiendo de las mismas se pueden identificar distintos niveles de densidad según el sector de la red de que se trate. De este modo, podemos identificar áreas donde se refuerzan valores o normas, y nuestra intervención en ellas nos puede permitir una mayor capacidad de acción. Cada persona participa en varias redes, pudiendo existir superposiciones e interconexiones entre ellas.

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Es importante que el trabajador social identifique las redes de comunicación más importantes de su comunidad, y que sepa en torno a qué personas se producen más intercambios. Esto nos indicaría cuáles son las personas de mayor influencia y a través de las cuáles podemos llegar a otras a las que nos sería difícil llegar nosotros directamente. Saber cuáles son estas redes sociales es algo que podemos ir conociendo a medida que vayamos trabajando con la gente, siempre y cuando tengamos una actitud receptiva y seamos buenos observadores. Algunas redes de apoyo social podemos identificarlas con relativa facilidad si existen grupos de ayuda mutua u otro tipo de asociaciones sociales. Otras, por su carácter más informal puede ser más dificultoso. En cualquier caso, siempre es útil preguntar a las personas que llevan más tiempo en la comunidad y a otros agentes externos que puedan conocerlas con mayor profundidad. Si no somos capaces de identificar esas redes y de introducirnos en ellas (contactando con personas que aparezcan en las zonas de mayor densidad de la red), difícilmente podamos tener una verdadera influencia y estimular los cambios necesarios en esos grupos.

Por otra parte, el conocimiento de las redes de apoyo social específicamente, nos puede permitir realizar un trabajo de apoyo y refuerzo que complemente acciones de la propia población. Dicho en otras palabras, nuestra acción en estos casos no debe ser sustituir sino apoyar, ayudar y reforzar a aquellas personas y grupos que -como parte de dichas redes-, ya cumplen una función social en el seno de la comunidad.

El trabajo social en atención primaria (de salud y de servicios sociales) enfrenta un gran reto si quiere potenciarse y desarrollar el rol que puede llegar a jugar, y si quiere demostrar su importancia y significación en la sociedad contemporánea: la acción de grupo será la clave en el futuro y de su potenciación dependerá el futuro de la profesión en nuestro actual sistema sanitario y de servicios profesionales para cuidar la salud de las personas. Sólo si somos capaces como profesionales de lograr que la gente se ayude a sí misma -y esto sólo puede hacerse a través del grupo y el apoyo social que éste genera-, actuando como catalizadores del proceso, estimulando y asesorando, nunca sustituyendo la acción de las propias personas, haremos que el trabajo social en salud tenga sentido. Si nos conformamos con ser meros proveedores o intermediarios de servicios y prestaciones ¿qué sentido puede tener un trabajo social específico en el campo de la salud?.

Porque en el siglo XXI, el trabajo social será grupal y comunitario, o no será tal.


BIBLIOGRAFÍA CITADA

– AGUILAR, Mª.J. (1995). “Participación comunitaria en salud y ayuda mutua”, en Boletín de Ayuda Mutua y Salud, 1:28-33.

– AGUILAR, Mª.J. (2001). La participación comunitaria en salud: ¿Mito o realidad?, Diaz de Santos, Madrid.

– AGUILAR, Mª.J. (2013). Trabajo social: concepto y metodología, Paraninfo, Madrid. 

– CAPLAN, G. (1974). Support systems and community mental health, Nueva York, Behavioral Publications.

– COBB, S. (1976). “Social support and helath through the life course”, en M. White (Ed.). Aging from brith to death: Interdisciplinary perspectives, Boulder, Westview.

– GOTTLIEB, B.J. (1988). Marshaling social support: Formats, processes and effects, Newbury Park, Sage.

– KILLILEA, M. (1976). “Mutual-help organizations: Interpretations in the literature”, en G. Caplan y M. Killilea (Eds.) Support Systems and mutual help: Multidiciplinary explorations, , Nueva York, Grune & Stratton.

– MUSITU, G. et al. (1993). Psicología de la comunicación humana, Buenos Aires, ICSA.

– RIESSMAN, F. (1965). “The ‘helper’ therapy principle”, en Social Work, 10:27-32.

– SANCHEZ VIDAL, A. (1991). Psicología comunitaria. Bases conceptuales y operativas. Métodos de intervención, Barcelona, PPU.

 

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DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE (5)

Discriminación por procedencia nacional

El término discriminación por procedencia nacional hace referencia a dar un trato de inferioridad, diferente y desfavorable, a unas personas con respecto a otras, en razón de su origen o procedencia nacional. Como cualquier otro tipo de discriminación ésta también va en contra de uno de los principios fundamentales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que indica que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos (Art. 1). La discriminación por procedencia nacional, además de su manifestación directa, con frecuencia toma una forma sutil (discriminación indirecta) que, frecuentemente, se expresa, y pretende justificarse socialmente, en el discurso de la “preferencia nacional”, en el que subyace un tipo de lógica “nacionalista”.

mafalda_DDHHEsta forma de discriminación, que conlleva un trato menos favorable a una persona o grupo de personas, en función de su nacionalidad de origen, ha sido incluida en la mayor parte de la legislación internacional y europea dentro de la discriminación por motivos de raza u origen étnico. No obstante, existe legislación específica que protege contra este tipo de discriminación, como es el caso del Convenio Marco para la protección de las Minorías Nacionales, del Consejo de Europa, de 1 de febrero de 1995.

En el artículo 2(a) del Convenio sobre nacionalidad del Consejo de Europa, de 1996, se define ésta como “el vínculo legal entre una persona y el estado”. Aunque este tratado no ha sido objeto de una ratificación generalizada, tal definición se basa en normas aceptadas del derecho internacional público y ha sido avalada además por la Comisión Europea contra al racismo y la Intolerancia (ECRI). Puede considerarse que el “origen nacional” denota la nacionalidad anterior de una persona, que puede haber perdido, o adquirido mediante naturalización, o que alude a la vinculación a una “nación” dentro de un Estado (como Escocia en el Reino Unido).

Aunque el CEDH ofrece una mayor protección que el derecho comunitario en lo que respecta a la característica de la nacionalidad, acepta abiertamente que la ausencia de un vínculo legal de nacionalidad suele verse acompañada por la falta de conexiones objetivas con el Estado de que se trate, lo que, a su vez, impide que la presunta víctima pueda afirmar que se encuentra en una situación comparable a la de los ciudadanos de dicho Estado. La esencia del planteamiento del TJUE consiste en que, cuanto más próximo sea el vínculo objetivo de una persona con un determinado Estado, sobre todo en lo que se refiere al pago de impuestos, menor será la probabilidad de que el Tribunal concluya que el trato diferenciado por razón de nacionalidad está justificado.

stop_discriminaciónComo ya se indicó en el epígrafe “discriminación por motivos étnicos o raciales”, el derecho comunitario prohíbe la discriminación por motivo de nacionalidad únicamente en el contexto específico de la libre circulación de personas. En particular, la normativa de la UE sobre libre circulación otorga derechos limitados a ciudadanos de terceros países. En cualquier caso, el CEDH sí impone a todos los Estados miembros del Consejo de Europa (entre los figuran todos los estados miembros de la UE) la obligación de garantizar los derechos consignados en el Convenio a todas las personas bajo su jurisdicción (incluidos los que no posean la nacionalidad del Estado en cuestión). El TEDJ ha mantenido un equilibrio entre el derecho del Estado a controlar las prestaciones que puede ofrecer a los que disfrutan del vínculo legal de la nacionalidad, y la necesidad de impedir que las Administraciones discriminen a aquellos que han establecido vínculos objetivos sustanciales con el Estado. El TEDH ha seguido muy atentamente los asuntos relacionados con la seguridad social, si las personas interesadas pueden demostrar la existencia de un vínculo sólido y objetivo con el Estado de que se trate.

El derecho de los Estados a regular los movimientos de entrada y salida en sus fronteras por parte de ciudadanos no nacionales se encuentra ampliamente reconocido en el derecho internacional público, y aceptado por el TEDH. En este sentido, el TEDH ha intervenido fundamentalmente en las denuncias relativas a la deportación de personas cuando éstas se ven sometidas a un trato inhumano o degradante, o a castigos y tortura en el Estado de destino (conforme al artículo 3), o han establecido fuertes vínculos familiares en el Estado anfitrión que se romperán si se ven obligados a abandonar el país (con arreglo al artículo 8). Estos asuntos deben compararse a situaciones en las que el demandante ha desarrollado vínculos objetivos estrechos con el estado anfitrión, durante un período prolongado de residencia, o mediante la contribución al mismo mediante el pago de impuestos.

CronicaTVDe acuerdo al CEDH, la característica protegida referida a raza y etnia incluye elementos como el color, la ascendencia, la nacionalidad, la lengua o la religión. Sin embargo, la aclaración del alcance real de esta característica protegida en el derecho comunitario sigue pendiente, a la espera de la jurisprudencia del TJUE. El alcance de la característica de “origen racial o étnico” parece diferir ligeramente entre la UE y el CEDH, en cuanto que, en la Directiva sobre igualdad racial, se excluye expresamente la “nacionalidad” del concepto de raza o etnia, mientras que el CEDH se alude a la “nacionalidad” o el “origen nacional” como una característica específica. Existe jurisprudencia que pone de relieve que la nacionalidad puede entenderse como un elemento constitutivo de la etnia, pero la exclusión no obedece a que la discriminación por motivos de nacionalidad se permita en el derecho comunitario, sino a que se regula en el marco de la UE en el contexto de la legislación sobre libre circulación de personas. Ahora bien, aparte de excluir la nacionalidad, la Directiva citada no contiene ninguna definición de “origen racial o étnico”. Resumiendo, la nacionalidad como motivo de discriminación figura como característica protegida en el CEDH. Este tipo de discriminación sólo se prohíbe en el derecho comunitario en el contexto de la Ley sobre la libre circulación de las personas.

En la definición de racismo y xenofobia de la Decisión marco del Consejo de la UE relativa a la lucha contra determinadas formas y manifestaciones de racismo y xenofobia mediante el Derecho penal se incluye la violencia y el odio dirigidos a determinados grupos mediante la referencia a la “raza, el color, la religión, la ascendencia o al origen nacional o étnico”. La Comisión contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI) del Consejo de Europa ha adoptado asimismo un amplio enfoque respecto a la definición de “discriminación racial”, en la que se incluyen las características de “raza, color, lengua, religión, nacionalidad y origen nacional o étnico”. Del mismo modo, en el artículo 1 de la Convención Internacional de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, de 1996 (de la que todos los Estados miembros de la de UE y el Consejo de Europa son parte) se define la discriminación racial con la inclusión de las características de “raza, color, linaje u origen nacional o étnico” (666 UNTS 195). El Comité para la Eliminación de la Discriminación racial, responsable de interpretar y de vigilar el cumplimiento del tratado, ha declarado asimismo que, salvo que exista justificación para lo contrario, la determinación de si una persona es miembro o no de un grupo racial o étnico, “se basará en la autoidentificación del individuo en cuestión”, evitando así que el Estado excluya de la protección a grupos étnicos a los que no reconozca. Aunque en el derecho comunitario no se alude expresamente a la lengua, el color o la ascendencia como características protegidas, tal omisión no significa que éstas no puedan protegerse como parte de la raza o del origen étnico, en la medida en que la lengua, el color y la ascendencia se encuentran vinculadas intrínsecamente a la raza o a la etnia. Parecería asimismo que, en la medida en que los factores que conforman la nacionalidad también a atañen a la raza y a la etnia, la primera características podría englobarse, bajo las circunstancias apropiadas, en el marco de las segundas.

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Para explicar los conceptos de raza y etnia, el TEDH ha dictaminado que la lengua, la religión, la nacionalidad y la cultura pueden ser factores indisociables de la raza. En lo que atañe a los aspectos probatorios en la legislación contra la discriminación, el motivo subyacente al trato menos favorable es irrelevante, lo importante es su repercusión. La legislación de la UE no exige acreditar la existencia de una víctima identificable. La carga inicial de la prueba de la existencia de discriminación corresponde al reclamante, pudiéndose emplear pruebas estadísticas para ayudar a establecer una presunción de discriminación. A continuación, la carga de la prueba pasa al supuesto autor, quien debe acreditar que el trato menos favorable no se basa en uno de los motivos protegidos.

Los discursos que pretenden justificar la discriminación por procedencia nacional, como se afirma inicialmente, se construyen desde una lógica “nacionalista”, ya sea en sus versiones progresistas o proteccionistas. Ambas posiciones comparten una misma simbología-fetiche común: el estado-nación. Esta pertenencia nacional queda “naturalizada” como un dato de partida incuestionable ­­­­que adscribe a las poblaciones a un estatus de ciudadanía, determinado por su lugar de nacimiento. El Estado (que otorga la ciudadanía) no es una construcción social e histórica­mente condicionada, sino la expresión de una realidad “esencial” (la nación /nacionalidad) y el ente encar­gado de defender a este cuerpo social. Lo normal, por tanto, es que cada población resida en su espacio estatal-nacional y que las migracio­nes interna­cionales se consideren una anomalía en este orden. Este discurso no alude a posibles diferencias raciales, étnicas o culturales; en principio es compatible con una postura “anti-racista”, siempre que se mantenga el principio de que la prioridad en el acceso a los recursos corresponde a los naciona­les (ideología de la “preferencia nacional”). Dentro de la ideología nacionalista surgen dos posturas ­diferenciadas, en función del estatus social: 1) Los “nacionalistas progresistas” proponen acoger a los inmigrantes y darles derechos, pero siempre subordinados a la situación económica del país. Este discurso es desplegado por algunos asalariados y empresarios que no se sienten especialmente afectados por la inmigración extranjera. Por una parte, defienden la preferencia de los nacionales sobre los extranjeros a la hora de definir las grandes líneas de la política migratoria; por otra, adoptan una actitud progresista hacia los inmigrantes mediante cupos anuales controlados, medidas de integración social de los que ya están en España, etc. Desde la confianza en el papel integrador del Estado, se defiende la solidaridad internacional pero supeditada a ser solidarios en primer lugar con “los de casa”. 2) Los “nacionalistas proteccionistas” se encuentran en situación de subordinación y, en al­gunos casos, de precariedad, lo que les lleva a producir un reclamo urgente de protección que excluye a los inmigrantes extranjeros e impide el desarrollo de discursos solidarios o tolerantes. Desde la ideología de la preferencia nacional (prioridad de los autóctonos, deber del Estado de asegurar su protección, etc.), se quejan del constante deterioro de su posición en el mercado de trabajo debido, entre otros factores, a la presencia de los inmigrantes y del capital extranjero, a los que consideran competidores suyos que les comen el terreno. Los trabajadores se quejan, especialmente, de aquellos inmigrantes que están en situación ilegal y que se prestan a trabajar en condiciones muy por debajo de las que aceptan los españoles: sin contrato, salarios más bajos, prolongación no pagada del horario laboral, etc. Por su parte, los pequeños empresarios autóctonos protestan de la competencia que les hacen tanto las grandes empresas extranjeras como las pequeñas empresas (de hostelería, construcción, comercio, etc.) gestionadas por personas inmigrantes. Ambos tipos de discursos pretenden justificar la discriminación por procedencia nacional, lo que es contrario a algunos principios fundamentales de los Derechos Humanos.

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COMUNICACIÓN SOCIAL: LA GRAN AUSENTE EN LA FORMACIÓN SOCIAL

En el campo de la intervención social en general, y del trabajo social y la educación social en particular, es preciso conocer, comprender y saber actuar de acuerdo a las nuevas situaciones sociales que la “sociedad mediática” nos plantea. No sólo nuevos problemas, también nuevas posibilidades, y junto a ellas, nuevas formas de entender la acción profesional, así como la formación de los futuros profesionales.

La comunicación es una palabra a la vez mágica e inquietante. Mágica, porque sugiere, por su etimología misma (del latín comunicare, “entrar en relación con”, “poner en común”) la idea de un encuentro entre las personas. Comunicar es crear puentes entre los mundos, los pueblos, los grupos, los individuos… Comunicar es también transmitir informaciones, y además ayudar a la difusión de conocimientos, al despertar de los espíritus.

Pero la comunicación es también perversa, pues ella toma igualmente el rostro de una “sociedad mediática” avasalladora y manipuladora. Avasalladora cuando se introduce en los espacios más privados de nuestras vidas. Manipuladora a veces, con ciertas formas de comunicación política o de publicidad… Pero antes de estremecerse o de maravillarse frente a un fenómeno, es importante examinarlo en su exacta medida.

Hemos entrado en la era de la comunicación por la confluencia de diversos fenómenos:

–     El auge considerable tanto de los medios audiovisuales clásicos (radio y televisión, y el desarrollo paralelo de la publicidad y el marketing), como de los medios audiovisuales vinculados a la existencia de Internet y la Web 2.0 (Youtube, Vimeo, Pinterest, Slideshare, Flickr, etc.) y,

–     La proliferación de instrumentos de comunicación portátiles (smartphones, tabletas, microordenadores, etc.) que han permitido el desarrollo y expensión acelerada de numertosas redes sociales (Youtube, Twitter, Facebook, Pinterest, Slideshare, Flickr, Linkedin, G+, etc.).

logos web 2.0

Como consecuencia y a la par de todo ello, la comunicación interpersonal también se inscribe en el marco de una mutación de las costumbres: la del declive de la autoridad tradicional (en la pareja, en la familia, en la escuela, en la empresa) en beneficio de prácticas que dejan lugar a la escucha, la negociación, la discusión, el intercambio, es decir, a la “comunicación”.

Las prácticas sociales cambian y se modifican, y también como consecuencia de la existencia de los mass media, ciertos problemas sociales antaño ocultados, salen a la luz y permiten una cierta toma de conciencia sobre los mismos por parte de la ciudadanía (como ejemplo de este fenómeno podemos mencionar el problema de la violencia doméstica y el maltrato dentro de la propia familia). Es decir, los medios masivos de comunicación pueden contribuir a que una conducta antes socialmente aceptada, sea rechazada, y incluso motiven la adopción de ciertas medidas de política social. En otros casos, permiten dar a conocer las dimensiones mundiales de ciertos problemas sociales, pudiendo contribuir al surgimiento de sentimientos y relaciones de solidaridad internacional (la explotación infantil en los países del llamado Tercer Mundo, o los riesgos de una catástrofe ecológica a escala planetaria, se convierten así en asuntos conocidos por la mayoría de la población). Sin embargo, al mismo tiempo, surgen nuevos problemas sociales derivados de los efectos, a veces no totalmente positivos para la socialización, de estos nuevos medios.

Por ello, y desde el punto de vista de la intervención social, es necesario conocer los procesos y efectos de los diferentes medios de comunicación social, sobre todo de aquellos que inciden en el proceso de socialización, a la vez que es necesario disponer de herramientas de análisis crítico de la realidad y de destrezas y habilidades en el uso y producción de diversos medios de comunicación en los procesos de intervención social.

Así, por ejemplo, desde el punto de vista del trabajo social y la educación social, podemos afirmar que la televisión constituye un poderoso medio de educación no formal, más allá de la bondad o adecuación de sus contenidos y formas de transmisión. Dicho en otras palabras, la televisión puede divulgar por sí misma, pero, sobre todo, puede educar dependiendo de lo que se haga con ella y cómo se enseñe a verla. Esta afirmación que resume nuestro planteamiento sobre el tema, puede aplicarse al resto de los medios de comunicación social existentes.

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Un profesional de la acción social del siglo XXI, no puede desconocer la sociología de los medios de comunicación de masas, la etnografía de la comunicación, el análisis conversacional, la semiología o el análisis de la comunicación no verbal… Éstas son herramientas teóricas y prácticas imprescindibles si se pretende actuar con eficacia en el campo de la intervención social, ya sea interviniendo en procesos de comunicación interpersonal, grupal, institucional o social. Asimismo, las estrategias de intervención profesional deben considerar la utilización de todos estos medios y nuevas tecnologías de la información y la comunicación, si queremos influir verdaderamente en los procesos sociales (tanto a nivel micro como a nivel macrosocial).

Para ello, la formación de los trabajadores sociales y educadores sociales debería contemplar como uno de sus ejes teóricos, metodológicos y prácticos, el conocimiento, la comprensión y la utilización de los diferentes lenguajes y medios de comunicación social. Y todo ello, sin perder de vista que no se trata de formar a pseudo-comunicadores o pequeños periodistas, sino de formar profesionales sociales que –con sentido crítico- sean capaces de identificar y analizar los diferentes medios y sus complejos efectos, comprender los fenómenos y problemas sociales que presentan y producen, y sepan actuar con eficacia, desarrollando estrategias de comunicación social sobre la base del conocimiento técnico de estos procesos y formas de acción/comunicación.

La civilización de la imagen nos cerca y es un hecho que forma parte de nuestro habitual sistema comunicativo. Esto constituye un auténtico reto para todos aquellos que quieren propiciar el surgimiento de jóvenes y profesionales más conscientes y menos dominados. Sin embargo, y a modo de ejemplo, sólo un 6.2% de las actividades de expresión realizadas en la escuela tiene algún tipo de relación con la imagen. Y si nos centramos sólo en el ámbito universitario, el porcentaje es todavía más bajo. Es decir, los jóvenes de hoy crecen en el absurdo -como decía McLuhan- porque viven en dos mundos y ninguno de ellos les ayuda a crecer. Dicho en otras palabras, los niños, adolescentes, jóvenes y futuros profesionales viven entre dos culturas: la que transmite el sistema educativo y la familia, y la que llega a través de los medios de comunicación de forma mucho más sugestiva.

Es necesario, pues, tener capacidad para captar plenamente lo que una imagen dice o sugiere, y, para ello, como bien señala Luis Matilla, es preciso “poseer fluidez ideativa, flexibilidad, originalidad y un acusado desarrollo de las cualidades perceptivas”… “Es preciso vincular la educación de la imagen a la escuela desde una concepción distinta a la empleada para impartir las asignaturas tradicionales”. Se trata de integrar lo audiovisual en la educación tanto como materia de estudio como recurso para el proceso de enseñanza/aprendizaje, porque -como dice Joan Ferrés, 1994)-, “en la sociedad de los noventa (hoy ya diríamos del año 2000), una escuela que no educa a ver televisión es una escuela que no educa”. Hay que educar en lo audiovisual (conocer el funcionamiento de la TV, la publicidad o el cine y además conocerlos para que sepan aplicarlos en su didáctica) y con lo audiovisual (saber integrar técnicas y recursos audiovisuales en todas las áreas y niveles educativos, incluyendo la universidad).

Es preciso desarrollar la lectura de imágenes como una estrategia educativa: “leer imágenes es una destreza sintáctico-semántica y una actividad cognoscitiva cuyo objetivo desde una perspectiva educativa es capacitar a los alumnos y alumnas para establecer relaciones entre un contenido y su expresión y presupone una competencia textual del lector entendida como dominio de las reglas de uso que rigen los mensajes visuales en cuanto sistemas de representación inscritos en contextos culturales muy precisos”… De lo que se trata es de generar desde el aula “un aprendizaje significativo en el campo de la lectura de imágenes” (Lomas, 1992). No debemos olvidar que el 80% de las informaciones que recibe un habitante de una ciudad desarrollada se reciben y procesan a través de mecanismos de percepción visual. La escuela y el sistema educativo, deben alfabetizar no sólo en el sentido tradicional del término, también existe una alfabetidad visual que supone una “cualificación para observar los signos mínimos que configuran una imagen así como las relaciones establecidas entre ellos y en consecuencia una clara conciencia de las estrategias discursivas puestas en juego” (Lomas, 1992)[1]. Es aquí donde la educación y el trabajo social pueden constituirse como un espacio propicio para desarrollar estas habilidades que conduzcan a un ciudadano más consciente y por tanto más libre.

Las estrategias de intervención social y de formación para el trabajo profesional en este campo, deben estar orientadas básicamente a lograr dos objetivos: capacitar para una lectura crítica de los diferentes medios de comunicación social (clásicos y modernos) y, formar en el manejo y creación cultural con los propios medios.

Referencias:
Ferrés, J. (1994) Televisión y educación, Paidós, Barcelona.
Lomas, C. (1992). Imagen: instrucciones de uso para un itinerario de la mirada, en Signos, 1:14-27.
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