Enfocando lo invisible

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Hace justo un año, en julio de 2020, Radio Albacete Cadena Ser me invitó a realizar una columna semanal de opinión en el programa “Hoy por hoy Albacete”. 

Acepté la propuesta con la condición de abordar temas sociales de mi especialidad. Porque, aunque todos opinemos sobre cualquier cosa, entiendo que opinar públicamente sólo deberíamos hacerlo si tenemos conocimiento científico suficiente sobre el tema que se trate.

Expresar en un minuto una opinión sobre un tema de actualidad, siempre fundamentada en datos, era todo un reto para mí, acostumbrada a espacios más largos en la radio y a escribir en formato de artículos más extensos. Acepté la invitación como un reto de estilo.

A finales de agosto escribí mi primera columna. Todos los lunes ininterrumpidamente hasta finales de junio de 2021 he intentado abordar temas de actualidad social que, o bien permanecen ocultos en la agenda mediática, o bien se han tratado desde perspectivas o enfoques que no son los que yo abordo.

Enfocar lo invisible es un ejercicio de estilo, pero, sobre todo, es una apuesta por iluminar lo que no se ve con facilidad. Por escuchar las voces de quienes no tienen voz. Por comprender los hechos en base a la evidencia, y no apelando a los “argumentos de autoridad”. 

Pensar críticamente consiste en escuchar lo que resiste. Sentirnos incómodos es, en este caso, señal de ir por buen camino.

Aportar un poco de luz sobre lo que permanece en la sombra cuestionando nuestro papel en ello, ha sido el hilo conductor de mis firmas semanales que ahora comparto recopiladas, a modo de crónica reflexiva de lo acontecido en este curso 2020-21 que llega a su fin.

Enfocando lo invisible. Fotografía de Maria José Aguilar
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Tres errores y cambios urgentes sobre lo rural

Los procesos y cambios sociales que suceden en el medio rural sólo se pueden comprender si cambiamos nuestra manera de entender lo rural

Lo rural, contra lo que la mayoría de la gente piensa, no se define por unos tipos de territorio o de población, sino por ser un área de especialización funcional dentro de un territorio global, en el que todo está relacionado. 

Así, por ejemplo, los desplazamientos de población del campo a la ciudad son solo una parte de otros procesos más amplios de dominación que definen la jerarquía de asentamiento humano. Una jerarquía donde el poder se concentra siempre en el pináculo urbano, denso y metropolitano.

Otro error común, fruto de visiones “urbanitas” de lo rural, es identificar lo rural con lo agrario. La producción agraria no agota lo rural: sólo lo especifica como fuente de recursos. Unos recursos que sólo tienen sentido para la sociedad global por la mediación del mercado. De este modo, lo que no tiene precio no existe y los bienes que lo rural “no vende”, no se ven. Lo rural, por tanto, es mucho más que lo agrario y lo agrario es mucho más de lo que se ve.

Otro error común que debemos abandonar con urgencia es analizar y pensar medidas para el medio rural sin perspectiva de género. Estaremos ciegos y no acertaremos jamás en las políticas, programas y servicios, si no asumimos que las posibilidades de ser para hombres y mujeres son más radicalmente injustas y desiguales en el medio rural. 

El medio rural pierde 5 personas por hora en nuestro país, y de esas 5 personas, más de 3 son mujeres. Si las mujeres, especialmente las jóvenes, abandonan el medio rural en mayor medida que los hombres es porque sus posibilidades y perspectivas de futuro son peores para ellas. Si a ello le sumamos la estrechez de los mercados laborales rurales, la falta de servicios, la falta de adaptación de los escasos servicios existentes a las particularidades del medio rural, las dobles y triples jornadas que soportan las mujeres rurales, o la invisibilidad de sus múltiples discriminaciones y opresiones, es fácil entender esa la salida selectiva de la población, que en muchos casos es una estrategia de fuga.

El despoblamiento rural, como el cambio climático, es inevitable, pero podemos y debemos mitigarlo. En el caso del rural, es imprescindible abandonar la visión agrocéntrica, androcéntrica y urbanocéntrica que hasta ahora ha sido dominante en la sociedad y en los responsables de tomar decisiones.

Son urgentes en el medio rural políticas que incidan en la corresponsabilidad de género y en respuestas para el cuidado que no sigan confinando a las mujeres rurales. Necesitamos políticas de desarrollo pensadas desde lo rural, no desde lo urbano. No podemos permitirnos como especie humana, tampoco en nuestra región, que lo rural siga siendo una especie de “vertedero” de lo urbano.

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Servicios sociales: “nos mean encima y nos dicen que llueve”

Los graves asesinatos machistas de mediados de junio y las movilizaciones sociales posteriores desaparecieron de la agenda mediática la misma semana que ocurrieron. Tres eventos políticos (elecciones internas en dos partidos políticos y una manifestación de las ultraderechas españolas), acaecidos apenas 48 horas después de las manifestaciones contra la violencia machista, volvieron invisible el hecho que más asesinatos se cobra en nuestro país. 

Y como no existe aquello que no se nombra, hoy me permito hablar lo que nunca ha sido portada ni titular de prensa en la región donde vivo: el estado de los servicios sociales públicos.

El reciente informe estatal sobre el desarrollo de los servicios sociales demuestra claramente cómo intentan “vendernos la moto”. Ningún dirigente político estatal o autonómico defiende abiertamente el retroceso en materia de protección a la dependencia. Tampoco dicen abiertamente que los ya de por sí escasos servicios de baja intensidad protectora, como la ayuda a domicilio, deben recortarse. Todos intentan hacernos creer en nuestra región que se invierte en servicios sociales porque es una prioridad presupuestaria. Pues bien, eso es falso y los datos del último Informe DEC demuestran que solo intentan vendernos una moto que no existe.

Como muestra, les dejo solo media docena de datos, sobre cómo ha sido la evolución de los servicios sociales públicos en la región:

  • Hemos descendido y estamos medio punto por debajo de lo que estábamos en 2013. El esfuerzo de la administración desciende inexorablemente todos los años, desde 2012. 
  • La ley de servicios sociales aprobada en 2010 sigue sin desarrollarse: no hay catálogo de prestaciones, tampoco planificación, ni mapa estratégico ni mapa de cobertura. Los instrumentos que la propia ley exigía que se hicieran antes de 2012.
  • La relevancia económica del Sistema Público de Servicios sociales en nuestra región pierde relevancia año tras año si lo comparamos con la media estatal.
  • El gasto por habitante y año es más bajo que en años anteriores. También sigue descendiendo año a año el porcentaje del PIB regional destinado a servicios sociales. 
  • Las Rentas Mínimas de Inserción, que ya eran las de menor cuantía en España, presentan en nuestra región unos indicadores de vergüenza: si en España las recibe el 8% de quienes viven bajo el umbral de la pobreza, aquí sólo el 2% de las personas que tendrían que recibirlas, lo consigue.
  • En cuanto a plazas de alojamiento para personas sin hogar, si la media estatal es de más de 40 plazas por cada 100mil habitantes, en Castilla La Mancha solo hay 27.

El resumen de situación regional concluye que la cobertura del sistema público está en riesgo por falta de desarrollo normativo y de planificación, por lo que no se garantiza la cobertura real de prestaciones y servicios.

Como decía aquel famoso eslogan del movimiento 15M: “nos mean encima y nos dicen que llueve”. Hoy esta afirmación tiene plena vigencia si nos referimos al sistema público de servicios sociales de Castilla-La Mancha.

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Facturas pandémicas

Creo que la mayoría de la población somos conscientes de algunas facturas que la pandemia nos ha cobrado como sociedad. Me refiero a las facturas en muertes, en hospitalizaciones más allá de las capacidades sanitarias, o en secuelas neurológicas persistentes en muchas personas que han sobrevivido a la infección de coronavirus.

Sin embargo, creo que son menos las personas conscientes de las facturas que la pandemia nos ha cobrado en términos de costos derivados de una desigualdad creciente y agudizada, de una crispación y polarización política que ha llevado -en no pocas ocasiones- a culpabilizar a los débiles y hacerles más tortuosos los escasos caminos para la supervivencia. Un laberinto burocrático que solo les ha permitido comer haciendo colas del hambre, de las que ya nos hemos olvidado. Los fuertes lo han tenido mucho más fácil y no se han visto abocados a sufrir el laberinto que se ha impuesto a los más empobrecidos.

De la factura emocional y sus costes en términos de deterioro de la salud mental, prácticamente casi nadie es consciente. Se han duplicado los trastornos mentales en niños, como la ansiedad y la depresión. Han aumento un 40% los casos de anorexia con cuadros de mayor gravedad. Y han aumentado las tendencias suicidas. Ha aumentado la conflictividad en los hogares y en la vida social, con consecuencias en la salud mental que serán crecientes en los próximos meses. España es, desde 2019, el país del mundo donde más se consumen de manera lícita ansiolíticos, hipnóticos y sedantes. Casi un 10% de la población consumió diariamente este tipo de drogas en 2020.

Los trastornos de salud mental deben ser tratados clínicamente de manera inexcusable. Pero si no queremos que aumenten y se agraven, también debemos intervenir en nuestro comportamiento social. No podemos seguir siendo esa masa inerte de cómplices que solo piensan en sí mismos, creyendo que lo que les ocurre a los demás no va con nosotros.

Nos equivocamos gravemente si pensamos que las facturas más graves de la pandemia ya se han cobrado. Las vacunas y la recuperación económica solo son respuesta al primer tipo de facturas de que les hablo. Para las otras facturas, más persistentes e invisibles, hacen falta algo más que vacunas y recuperación del empleo.

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Sumisión por privatización del sufrimiento

Los multitudinarios botellones callejeros que, una vez finalizado el estado de alarma, se vivieron en las zonas de España de mayor incidencia de coronavirus pueden condensarse perfectamente en esta frase que dijo un joven en Bilbao: “tenemos que pasarlo bien, que ya hemos tenido bastante”. Hoy, un mes después, la situación no ha cambiado. Ni creo que vaya a cambiar.

Comprender el porqué de este comportamiento tiene mucho que ver con que nuestra moderna humanidad ha desarrollado fobia al dolor. Algo que también ayuda a explicar los resultados de las pasadas elecciones en Madrid.

El filósofo Byun-Chul Han nos explica en su reciente libro La sociedad paliativa, y con su claridad habitual, cómo el exceso de positividad y la imperante necesidad de estar siempre felices, nos obliga a evitar cualquier atisbo de sufrimiento y nos lleva a un estado de anestesia permanente.

La nueva fórmula de dominación se resume en el mandato “sé feliz”, donde el dolor carece completo de sentido y de utilidad. 

Y este dispositivo neoliberal de felicidad nos distrae de manera sumamente eficaz de la situación de dominio establecida: Si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático.

Y es así como el poder se las arregla muy bien, sin necesidad de hacer demasiado. Es el poder que se vuelve elegante. No necesita la represión porque logra la sumisión de manera seductora y permisiva. Como se hace pasar por libertad, es más invisible que el represivo poder disciplinario.

También la vigilancia asume una forma elegante, incitándonos a que contemos nuestra vida, deseos, necesidades y preferencias. Una comunicación total que coincide con la vigilancia total. La libertad y la vigilancia se vuelven así indiscernibles, indistinguibles una de la otra.

El sufrimiento se privatiza, considerándolo una cuestión puramente individual y psicológica. Esta es la manera más eficaz y efectiva de ocultar las injusticias sociales y de ajustarse al poder establecido de manera absolutamente sumisa y narcisista. Porque nos hace confundir la felicidad con ser complacientes con la realidad. Y así, siempre será imposible cambiarla.

La atención profesional a las personas que sufren algún malestar social suele estar orientada y atravesada por esta privatización del sufrimiento. Salvo excepciones, los muy diversos dispositivos institucionales (públicos, privados, concertados y oenegeístas) abordan los procesos de ayuda a las personas que viven una situación-problema de manera individual y psicologizante (cuando no criminalizante).

Nuestras prácticas profesionales cotidianas suelen estar al servicio de estos dispositivos, seamos o no conscientes de ello. La cuestión es la siguiente: si no somos parte de la solución, entonces es que somos parte del problema.

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#COMUNIDAD/7/ Resistir es transformar

Las acciones comunitarias siempre son colectivas. Son acciones comunitarias si, además de ser colectivas, tienen objetivos colectivos. Una acción individual que persigue un objetivo colectivo no es una acción comunitaria. Pero una acción colectiva que no promueva el empoderamiento, o que genere exclusión (por acción u omisión), o que no mejore las condiciones de vida, tampoco es una acción comunitaria. 

Solo hay dos caminos en nuestra relación con la comunidad: la impotencia que nos enjaula o la resistencia que nos libera. La resistencia siempre es inventiva. Porque resistir es ver más allá de lo que quieren que veamos. Es adquirir una visión más profunda y auténtica de lo que es la realidad, el saber y nosotros mismos. Es tener una visión de lo que todavía está por hacer. Una visión de lo que puede llegar a ser.

Advierte Silvia Navarro que crear comunidad tejiendo redes sociales solo es posible desde metodologías constructivas, colectivas y participativas capaces de captar y gestionar la energía comunitaria, de sacar el máximo partido a la incertidumbre, convirtiéndola en nuevas y potentes posibilidades. Nos referimos a redes que no son meros contactos, sino también importantes fuentes generadoras de normas de conducta cívico-solidaria y de reciprocidad que configuran lo comunitario real. 

Para ello, el trabajo social puede desplegar estrategias diversas: En función del tipo de actores participantes pueden ser estrategias destinadas a modificar los dispositivos institucionales, o a sostener los abordajes colectivos de problemas compartidos. En función de los objetivos para defender los intereses colectivos, podemos utilizar la incidencia (para condicionar las políticas de manera que beneficien a la colectividad), la resistencia (para no perder derechos o posicionamiento social) y la disidencia (para salir de un sistema del que no se quiere ser partícipe). Según el punto de partida profesional, podemos promover procesos colectivos a partir de personas individuales o familias que viven una misma situación-problema o que comparten vulnerabilidades; a partir de necesidades detectadas en el contexto comunitario; o dando soporte y acompañando a experiencias comunitarias en marcha. 

No se trata de liderar, se trata de acompañar, facilitar, de apoyar, de crear condiciones para la autoestima, de disponer de espacios, estructuras y competencias profesionales para que las personas se empoderen realmente. No debemos olvidar que el empoderamiento de alguien, implica que quien detenta el poder sobre ese alguien se desempodere en la misma medida. Por eso es válida cualquier estrategia de resistencia que rompa con las lógicas dominantes permitiendo la creación de alianzas, el diálogo crítico-transformativo, la gestión creativa de conflictos y la organización colectiva de los desposeídos.

Frente a los cuatro principales procesos de la exclusión que la crisis global reactiva e intensifica con virulencia, Roni Strier nos propone cuatro principios estratégicos para guiar una Práctica Inclusiva del Trabajo Social (ISWP): resistir y enfrentar el aislamiento social extremo a través de una práctica involucrada/comprometida; resistir y enfrentar la dependencia creciente mediante la asociación igualitaria; resistir y enfrentar la deprivación múltiple con abogacía social; resistir y enfrentar la opresión internalizada con la reflexividad.

Para finalizar, quiero recordar algo que una vez nos dijo Paulo Freire: para transformar la realidad solo hacen faltan “2C”: Coherencia y Competencia. Ser coherente significa que nuestros valores, nuestro pensamiento, nuestra palabra y nuestro comportamiento no sean contradictorios. Ser competente significa saber hacer bien lo que pretendemos lograr. Por ello, como nos recuerda Silvia Navarro, construir la propia vida como algo valioso es un compromiso ético que legitima el rechazo de cualquier trabajo social rendido al poder y el orden social. Se trata, simplemente, de entender nuestra práctica no sólo como la posibilidad técnica de probar métodos para que cambie la realidad y los otros, sino como el desafío ético y humano de estar dispuestos a cambiar nosotros mismos con ellos. 

No es algo cómodo. Es algo imprescindible.

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#PonUnaEtiquetaPositiva

Hoy, 11 de abril, es el Día Mundial del Párkinson.

El Párkinson es el segundo trastorno neurodegenerativo más prevalente a nivel mundial[1]. Se trata de un trastorno crónico de naturaleza neurodegenerativa que afecta al estado físico, social, funcional y emocional de quiénes lo padecen. En las fases avanzadas se requiere de cuidado permanente, vigilancia constante y personal especializado, cuando el paciente ya no es capaz de valerse por sí mismo.

En España, la prevalencia entre los mayores de 65 años se sitúa en 1,5%[2], pero es una enfermedad que afecta cada vez más a personas jóvenes: 1 de cada 5 diagnósticos de párkinson se da a personas menores de 50 años. Otro mito social erróneo es el que lo asocia a los temblores: un 30% de las personas afectadas nunca desarrollan temblor. En España son más de 160.000 las familias que conviven con el párkinson (7.500 en Castilla-La Mancha).

La Federación Española de Párkinson lanza hoy a la sociedad una mensaje para eliminar la percepción social estigmatizada que existe sobre la enfermedad, poniendo en valor la fortaleza, las capacidades y la resiliencia de las personas que afrontan esta enfermedad. Bajo el lema #PON UNA ETIQUETA POSITIVA, la campaña de este año pretende cambiar la percepción y estereotipos sobre el párkinson, mostrando la realidad de muchas personas que afrontan con optimismo y positividad su proceso vital conviviendo con la enfermedad. Un mensaje que nos brinda la posibilidad de cambiar nuestra mirada, y que os invito a ver aquí.

Pero no debemos olvidar que la pandemia por Covid-19 ha supuesto un duro golpe para el colectivo de personas con párkinson y sus familias. Hoy, ellas nos dicen esto:

“Nos hemos enfrentado a una crisis sanitaria sin precedentes que ha supuesto la interrupción de las consultas de neurología y de las terapias rehabilitadoras. A consecuencia de lo anterior, muchas personas con párkinson están experimentando un grave deterioro de sus síntomas, tanto a nivel motor como a nivel psicológico y cognitivo.

Lo mismo respecto a la grave crisis social y económica que las asociaciones de párkinson están sufriendo. El impacto de la Covid-19 ha provocado que todos los servicios ofrecidos por las asociaciones se hayan visto afectados significativamente. Esta situación prolongada en el tiempo está generando graves dificultades para la reactivación de los servicios ofrecidos por las asociaciones, tanto en lo referente a la atención individual como en las actividades grupales. 

Hace ya 5 años de la aprobación de la Estrategia en Enfermedades Neurodegenerativas del SNS, la cual contemplaba en su segunda fase la publicación de un Abordaje de la enfermedad de Parkinson y los Parkinsonismos. Este documento lleva más de 2 años pendiente de publicación por parte del Ministerio de Sanidad y su consecuente implementación por parte de las Comunidades Autónomas”. 

Está en riesgo la continuidad asistencial de las personas con párkinson y la sostenibilidad del movimiento asociativo a causa de la pandemia. 

Es hora de actuar, y una vez más, es preciso exigir un espacio prioritario para la enfermedad de Parkinson dentro de la agenda política e institucional, con el objetivo de acelerar los procesos. Por eso, junto con la Federación Española de Párkinson, debemos exigir al menos dos cosas urgentes:

  • Que se publique de forma urgente el documento de Abordaje de la enfermedad de Parkinson y los Parkinsonismos contemplado en la Estrategia Nacional de Enfermedades Neurodegenerativas.
  • Que se apueste por la implementación del Abordaje en las Comunidades Autónomas, destinando los recursos y financiación que sean necesarios, con el objetivo de asegurar una atención sociosanitaria efectiva, ecuánime y equitativa, de las personas con párkinson

Hoy no se trata solamente de promover etiquetas positivas y de visibilizar las capacidades y posibilidades de las personas con párkinson, debemos pasar a la acción, dando al párkinson la posición que se merece en la agenda política, mediática y social.  

Podemos empezar viendo este vídeo de solo 4 minutos (y darlo a conocer entre nuestros contactos). Si quieres profundizar y conocer mejor la realidad, entonces mira este otro vídeo (algo más largo), del evento que hoy se ha retransmitido en directo y en el que participan personas afectadas de las que yo he aprendido muchísimo.

Por último, quiero dar las gracias a Victoria López Cuesta, una muy querida antigua alumna de trabajo social, por hacerme llegar el Manifiesto y los vídeos de la campaña de 2021, de la Federación, que por supuesto os invito a seguir.


[1] Tolosa E, Wenning G,  Poewe W. (2006). The diagnosis of Parkinson’s disease. Lancet Neurol, 5, 75-86. https://doi.org/10.1016/S1474-4422(05)70285-4

[2] Benito-León J, Bermejo- Pareja F, Rodriguez J, Molina JA, Gabriel R, Morales JM, et al. (2003). Prevalence of PD and other types of parkinsonism in three elderly populations of central Spain. Mov Disord, 18, 267-74.https://doi.org/10.1002/mds.10362

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#COMUNIDAD/6/ Re-aprendiendo de la comunidad

Hacer un trabajo social comunitario que responda al desafío ético y político que nos corresponde como profesión, exige un profundo replanteo de nuestras prácticas y un aprendizaje intensivo de los nuevos movimientos sociales. 

Movimientos que brotaron a raíz del movimiento de los indignados, surgido en España el 15 de mayo de 2011, con las movilizaciones sociales masivas que dieron lugar al conocido como movimiento 15M. Llamado entonces por la prensa internacional como Spanish Revolution, este movimiento social de indignación inmediatamente se extendió en otros países como Estados Unidos, por ejemplo, con el movimiento Occupy Wall Street. El movimiento 15M terminó su recorrido hace años, pero fue semilla de nuevos movimientos ciudadanos de defensa de derechos sociales vulnerados o eliminados. 

Las movilizaciones sociales de las diferentes ‘mareas’ en España, son un ejemplo de ello. La marea verde, contra la vulneración del derecho a la educación pública, fue una vulneración de derechos que concretó mediante brutales recortes en la educación pública, paralelos al aumento de recursos para la educación privada. La marea blanca, contra la vulneración del derecho a la salud. Una vulneración que se materializó en la eliminación de recursos sanitarios públicos –despidos masivos de personal sanitario, eliminación de camas hospitalarias públicas, recortes presupuestarios brutales en el sector sanitario público-, acompañados del correspondiente trasvase y aumento de recursos para las grandes empresas sanitarias privadas. En el caso de la vulneración del derecho a la salud, se excluyó del sistema sanitario a sectores sociales como migrantes en situación administrativa irregular, jóvenes españoles en el extranjero, o personas extranjeras en situación regular que habían llegado a España mediante procesos legales de reagrupación familiar. Con ello, el sistema sanitario español dejó de ser universal (situación que persiste en la actualidad) y ello dio lugar al movimiento de resistencia sanitaria conocido como ‘Yosisanidaduniversal’. La marea naranja, contra los recortes en el sector de los servicios sociales, fue un intento de movilización social promovido y organizado desde sectores profesionales, aunque tuvo menor impacto social que las otras dos mareas ciudadanas.

Lo que acomuna a todos estos movimientos sociales, es que son movimientos de víctimas afectadas por la acumulación por desposesión. David Harvey[1] denomina ‘acumulación por desposesión’ a los cambios neoliberales producidos en los países occidentales desde los años 70 hasta la actualidad que están guiados por cuatro prácticas, principalmente: la privatización, la financiarización, la gestión y manipulación de las crisis y redistribuciones estatales de la renta. Estos cambios se manifiestan, entre otros, en la privatización de empresas y servicios públicos y tienen por objetivo mantener el sistema actual, repercutiendo en los sectores empobrecidos la crisis de sobreacumulación del capital, mercantilizando ámbitos hasta entonces cerrados al mercado. En España, el movimiento conocido como PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) es el mejor exponente de este tipo de movimientos sociales de víctimas de la acumulación por desposesión. 

Estos movimientos ciudadanos, nos recuerda Judit Font, “aparecen como formas colectivas de resistencia y apoyo mutuo, y proponen otras formas de autodeterminación y de toma de decisiones frente al modelo representativo, reivindicando nuevas soberanías, democracia directa, etc.”[2]. Y, sin duda, constituyen una excelente fuente de aprendizaje social para recuperar y replantearnos, un trabajo social comunitario que responda al desafío ético y político que nos corresponde como profesión.

Son numerosas las herramientas de aprendizaje que pueden ayudar al trabajo social a recuperar una relación profesional genuina con ese sujeto colectivo que es la comunidad

  • Aproximarnos siempre a las situaciones-problema de las personas, de manera no individualizante, sino comunitaria. La mirada del trabajo social, como explicaba en otro post anterior, siempre debe ser comunitaria, porque las personas vivimos en ecosistemas sociales comunitarios, nadie vive aislado, todos somos interdependientes. Una mirada individualizante de los problemas, no por frecuente, deja de ser un grave error.
  • Para ello tenemos que aprender a trabajar y crear espacios verdaderamente relacionales. Donde la radicalidad del diálogo humano sea verdadera y profunda. Habremos de crear espacios de reconocimiento, confianza e igualdad.
  • No hay transformación posible, de las personas ni del entorno, sin participación corresponsable de todas las personas. Una participación que no tiene nada que ver con el “paternalismo persuasivo” y el protagonismo institucional, que con frecuencia se despliega y encubre bajo discursos aparentemente participativos.
  • Por ello las personas han de tener poder de decisión, de autogestión y autodeterminación. No habrá trabajo social comunitario si no somos capaces de crear espacios de soberanía, allá donde -con frecuencia- hay espacios de control.
  • La ayuda mutua es un eje clave para sostener la vida en cualquier comunidad humana. Es algo que la pandemia y el confinamiento han mostrado de golpe. El trabajo social comunitario tiene que propiciar, consolidar y fortalecer el enorme potencial de ayuda mutua de nuestras comunidades.
  • Ello exige ser humildes y dejar de ejercer el poder. Los nuevos movimientos sociales nos enseñan que el empoderamiento es una conquista de poder. Y eso implica que debemos reaprender y reeducarnos, porque el saber no es solo nuestro, es siempre plural y colectivo.
  • Debemos tomar conciencia de que nuestra manera de ver el mundo no el mundo. Debemos ser capaces de repolitizar el sufrimiento y convertir la esperanza en categoría política.
  • Canalizando del malestar mediante la organización y la movilización. Como dice María Galindo: solo cuando somos capaces de convertir el dolor en alegría, la pérdida en rabia, cuando podemos convertir la sumisión en desobediencia, es cuando podemos revertir en favor de una colectividad la extrema presión a la que estamos sometidas. 
  • Construir interpretaciones comunes y relatos compartidos. 
  • Convertirse en sujeto colectivo, explorando y desplegando todas las posibilidades de resistencia y negociación posibles. 
  • Traduciendo la visión y las ideas en formas concretas de lucha que pueden ser tangibles y verificables, útiles. Y que por ello necesariamente habrán de ser pequeñas, porque son concretas, pero vitales.

Debemos estar vigilantes y huir del peligro “de que lo voluntarioso/caritativo en la provisión del bienestar suponga el traslado de las funciones públicas a la comunidad y el desistimiento del Estado. En este sentido, la adopción de los lenguajes, reivindicaciones y mensajes de los movimientos sociales son una obligación ético-profesional de un trabajo comunitario ubicado y posicionado. Que rompa con las lógicas y discursos de la política social actual y trabaje hacia la creación de alianzas, diálogo y organización colectiva con las poblaciones despojadas, desde una cierta desinstitucionalización y a partir de un posicionamiento crítico en la defensa de lo público y de la noción de derecho”.[3]

Debemos tomar conciencia de que sólo de la comunidad pueden emerger muchas de las respuestas a los actuales retos sociales, porque sólo ella es la verdadera protagonista, sujeto y escenario privilegiado en la búsqueda de nuevas alternativas sociales. Debemos asumir urgentemente que nuestra competencia es la competencia de la comunidad, y que nuestra identidad profesional viene tramitada y legitimada por ésta[4]. Tenemos mucho que aprender de la gestión comunitaria autogestionada de recursos colectivos. Recursos comunales creados colectivamente y que se sostienen y controlan también colectivamente (a pesar del acoso institucional que muchos de esos recursos comunales padecen). Que se gestionan bajo formas operativas donde el control es de la ciudadanía. Que son espacios de autodeterminación y autogestión respecto de lo público y lo común. Que muestran alternativas viables. Que son espacios de resistencia frente al poder. 

Un próximo post, sobre resistencia y transformación, cerrará esta serie de reflexiones sobre trabajo social y comunidad.


[1] Harvey, D. (2003). El nuevo imperialismo. Madrid: Akal.

[2] Font, J. (2014). Trabajo comunitario y movimientos sociales; una relación necesaria y poco existente. Revista de Treball Social, 203: 36-49.

[3] Font, J. (2014). Trabajo comunitario y movimientos sociales; una relación necesaria y poco existente. Revista de Treball Social, 203: 36-49.

[4] Navarro, S. (2004). Redes sociales y construcción comunitaria. Creando (con)textos para una acción social ecológica. Madrid: CCS.

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#8Marzo DIA DE LAS LUCHAS DE LAS MUJERES

Hoy celebramos, recordamos y renovamos las luchas de las mujeres por despatriarcalizar el mundo, abrazando con un brazo la utopía y con el otro las urgencias.

Lo que hoy celebramos es el Día de las Luchas de las Mujeres.

¿Por qué el 8 de marzo? Porque este día conmemoramos la lucha de las obreras textiles que en Estados Unidos hicieron una huelga, fueron encerradas en la fábrica por su dueño y muchas de ellas murieron por el incendio de esa fábrica. No sabemos si provocado o no, pero el color del humo que salía de ese incendio era morado a causa de los tintes que había en la fábrica. También conmemoramos las luchas de las obreras y amas de casa que se rebelaron y movilizaron en Rusia en los meses previos a la revolución. Algo que muy pocos recuerdan.

Por eso hoy celebramos el Dia internacional de las luchas de las mujeres. Para recordar a las que pelearon para que todas tengamos hoy los mismos derechos: a la educación, a la salud, al voto, a decidir por nosotras mismas.

Pero también es un día para recordarnos a nosotras mismas que del mismo modo que los derechos que hoy tenemos son gracias a las luchas y las vidas de otras mujeres que se rebelaron para conseguirlos, hoy nosotras tenemos la responsabilidad, como mínimo, de seguir luchando para que todas las personas y todos los cuerpos tengamos los mismos derechos.

Hoy es un día, por tanto, de reivindicación política. Porque hoy es más necesario que nunca despatriarcalizar el mundo. Porque no podemos asumir ni permitir que la nueva normalidad sea la vieja sumisión. 

En estos tiempos en que vivimos una estrecha relación con la pérdida y la muerte, debemos rebelarnos. Nos recuerda María Galindo que rebelarse es cuando puedes convertir el dolor en alegría. Cuando puedes convertir la pérdida en rabia. Cuando puedes convertir la sumisión en desobediencia. Cuando puedes revertir a favor de una colectividad la extrema presión a la que estamos sometidas.

Esto nos obliga a hacer una “política concreta”: abrazando con un brazo la utopía y abrazando con el otro las urgencias.

Hoy nuestras urgencias tienen que ver con la lucha contra las violencias de género. Con la lucha por el reparto de cuidados y la dignificación y el reconocimiento de derechos de las cuidadoras. Con la lucha contra el racismo estructural y contra el racismo institucional que sufren, más que nadie, las mujeres.

Por eso hoy no quiero que me lleguen felicitaciones por ser mujer. Quiero que me feliciten por mi contribución a las luchas de las mujeres.

Porque esas luchas son las que hoy celebramos.

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#COMUNIDAD/5/ El eclipse del trabajo social comunitario

La creciente vulnerabilidad y exclusión de sectores cada vez mayores de población, implica un riesgo serio para el trabajo social en sus relaciones con la comunidad. En contextos de precariedad creciente, producida sistemáticamente por políticas ‘austericidas’, el trabajo social sucumbe a prácticas asistencialistas, paliativas y de control. También en la acción comunitaria del trabajo social. El riesgo de que las comunidades acaben supliendo lo que se no hace desde la administración pública, es un hecho. En no pocas ocasiones se ha utilizado el discurso de la participación social para legitimar procesos de privatización y precarización de los servicios sociales. 

La tentación de cargar sobre la comunidad y las familias (o, mejor dicho, sobre las mujeres) las tareas de cuidado, es una realidad de muy vieja data. Las tendencias de las últimas décadas en las políticas de salud y de servicios sociales muestran la intensificación de tres procesos[i]refamiliarización (permanencia y refuerzo de la familia como protagonista en primera instancia del cuidado y la protección); refeminización(permanencia y refuerzo de la mujer en las funciones de cuidado); y remercantilización (los servicios mercantiles y de seguros complementarios adelantan a la administración pública como prestadores de servicios). Frente a ello, “el reto es cómo conectar el abordaje de las situaciones de vulnerabilidad y exclusión y las consecuencias que tienen en la vida cotidiana de las personas, con la reivindicación política y la construcción como sujetos políticos dentro de movimientos sociales más amplios”[ii]. Porque nuestro modelo de servicios sociales siempre se ha caracterizado por la excesiva institucionalización y una estructura organizativa altamente burocratizada que ha fomentado la gestión puramente administrativa de los problemas sociales[iii]. Esto ha llevado a un trabajo social que responsabiliza a los individuos de sus problemas y centra la práctica profesional en el trabajo individual y familiar, abandonando lo comunitario.

Al menos son cuatro los vectores principales que han eclipsado el trabajo comunitario en nuestra profesión: la preeminencia de la intervención individualizada; la configuración de los servicios sociales a partir de la lógica de la demanda; el desarrollo de un sistema de servicios sociales parcelado, fragmentado y sectorizado; y la aplicación de sistemas de gestión de servicios que burocratizan la práctica profesional[iv]. Estos vectores han ido diluyendo la naturaleza axiológica (y por tanto ético-política) de nuestra profesión, pseudotecnificando una práctica cada vez más estereotipada y burocratizada, que se atrinchera en los despachos. 

Todo esto se traduce en un tipo de práctica profesional comunitaria residual, con frecuencia focalizada en la coordinación de recursos (generalmente entre organizaciones formales con presencia en la comunidad), desde el protagonismo profesional o institucional, a fin de asegurar que las ‘ayudas’ se distribuyan a ‘quienes de verdad las necesitan’. Se ejerce así una función utilitarista e instrumental que responde a una lógica de merecimiento y control autoritario, que instala a priori la sospecha sobre el pobre. 

Por eso es urgente repensar la rigidez de los servicios sociales, las funciones que hemos estado desarrollando en los últimos años, y sobre todo, hay que salir de la visión del servicio como dispensador de prestaciones exclusivamente. Este cambio afecta a las instituciones, pero también nos obliga a un profundo replanteamiento de la profesión de trabajo social[v]. Somos, en general, profesionales poco predispuestos a cambiar nosotros mismos. Somos, al menos en España, un colectivo profesional bastante poco participativo, a la vez que no dejamos de dar lecciones a la gente con la que trabajamos sobre la importancia de su participación y su necesaria implicación. ¿Cómo vamos a ser capaces de hacer cambiar a los demás si no somos capaces de cambiar nosotros mismos? A veces (no tantas como sería deseable o esperable) nos posicionamos frente a las injusticias globales, pero silenciamos las del propio sistema de protección social del que solemos ser partícipes y ejecutores. Nos quejamos de nuestros servicios cuando nos sentimos objetos de poder (cuando sentimos la opresión ejercida desde arriba), pero nuestro silencio es atronador cuando somos nosotros los sujetos de poder (cuando nosotras oprimimos hacia abajo).

Los servicios sociales, configurados en España como sistema subsidiario de las deficiencias de otros sistemas, son también un sistema que expulsa, culpabiliza, revictimiza, minoriza, estigmatiza y controla. Todo esto provoca en la población “la percepción de los servicios sociales no como aliado sino como amenaza/ausencia; significa que los servicios públicos no son parte de la solución, sino que son parte del problema”[vi]. El trabajo social tiene una importante ‘asignatura pendiente’ con los movimientos sociales: una relación tan necesaria como prácticamente inexistente, como tan acertadamente señala Judit Font:

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Los discursos dominantes sobre la exclusión y sus narrativas que criminalizan la pobreza legitiman la dominación y normalizan la desigualdad. Se invisibilizan las contradicciones de un sistema que produce pobreza y genera desigualdades cada vez más abismales:

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Este proceso discursivo hace que la práctica profesional transite de la lógica del derecho a la lógica de la oportunidad; instala el merecimiento como criterio de provisión de prestaciones; infantiliza la relación profesional (que es una forma, particularmente insidiosa, de minorización, dominación y ejercicio de poder profesional); normaliza y legitima la pobreza, culpabilizando a los pobres de su situación a la vez que exime absolutamente al sistema.

En este contexto de cambio y conflicto surgen, especialmente a partir de 2011, nuevos movimientos ciudadanos que constituyen una excelente fuente de aprendizaje social para recuperar y replantearnos, un trabajo social comunitario que responda al desafío ético y político que nos corresponde como profesión.

Continuará…

Foto: Marek Ocon

[i] Subirats, J. y Vilá, A. (2015). ¿Es la salud un tema estrictamente sanitario? Curar, cuidar y condicionantes sociales de salud. Revista de Treball Social, 206, 8-22.

[ii] Comissió de Treball Social Comunitari (2018). Treball Social Comunitari a debat. Reflexions i propostes en el context actual.Barcelona: Col.legi Oficial de Treball Social de Catalunya.

[iii] Cortés, F. (2003). Una aproximación a los planes comunitarios: una forma de organizar la comunidad para promover procesos de desarrollo social en el ámbito local social. Revista de Treball Social, 172: 6-40.

[iv] Ginesta, M. (2014). La intervención comunitaria desde los servicios sociales locales: de la pérdida al deseo; del deseo a la acción. Revista de Treball Social, 203, 50-62.

[v] Avilés, M., Rovira, M. y Bàrbara, B. (2014). El trabajo comunitario. Un reto para los servicios sociales básicos. Revista de Treball Social, 203: 63-75.

[vi] Font, J. (2014). Trabajo comunitario y movimientos sociales; una relación necesaria y poco existente. Revista de Treball Social, 203, 36-49.

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