LAS “3C” DEL TRABAJO SOCIAL: CUIDAR, CURAR, CAMBIAR

En el marco de la celebración del #DíaMundialdelTrabajoSocial2018 tuve el placer de participar en Lleida en la conversación pública sobre “la fuerza de la palabra” en nuestra acción profesional. Me pidieron que resumiera en una sola frase final (tipo “titular de prensa”) lo que, para mí, era consustancial al uso de nuestra palabra como herramienta principal de intervención. Y lo que dije fue que la comunicación en trabajo social debe ser siempre una herramienta para realizar las tres “C” del trabajo social: Cuidar, Curar y Cambiar.

Como varias personas se hicieron eco en las redes sociales de esta afirmación final que expresé y dos colegas me han pedido que la desarrolle un poco, aquí va una breve y rápida reflexión al respecto.

  • Cuidar. El trabajo social sólo puede estar centrado en las personas, en el cuidado de cada una de ellas y en el cuidado de las relaciones que se producen entre ellas. Atender a las personas es sobre todo escuchar lo que nos quieren decir con sus mensajes (que muchas veces están detrás de una demanda, aunque demanda y mensaje suelen ser cosas muy diferentes) y establecer una relación profesional de cuidado (lo que exige un clima de confianza, el reconocimiento del otro y un diálogo profundo y auténticamente humano). Nadie pone en duda que el trabajo social es un sistema profesional que valora todo lo concerniente al bienestar de la gente, y que debe tratar de mejorar la calidad de vida de las personas atendidas en la entidad, servicio o institución de que se trate. Pero esto implica humanizar los servicios sociales, ya que no pocas veces deshumanizan, estigmatizan, victimizan, fragilizan, cronifican y hacen aún más vulnerables a las personas pretendidamente atendidas.
  • Curar. Todos sabemos del poder curativo de la palabra. El trabajo social, además de cuidar a las personas y cuidar las relaciones, debe ser utilizado también con un propósito de curación o tratamiento social de las personas que experimentan problemas en su interacción social. El trabajo social clínico incluye una gran variedad de técnicas de ayuda: desde las técnicas de consejo y asesoramiento hasta otros enfoques más especializados como el análisis transaccional, la terapia familiar, la modificación de conducta, la terapia de realidad, la intervención sistémica, la socioterapia, la terapia Gestalt, la programación neurolingüística, la terapia existencial o el psicodrama, por mencionar sólo algunos ejemplos. Es posible “curar” a las personas que sufren o han sufrido daño social y/o psicosocial través de una buena práctica de trabajo social: se requieren habilidades para diagnosticar, emitir dictámenes, conocimientos para comprometer a las personas en el proceso de ayuda, así como generar entornos adecuados para la provisión de servicios.
  • Cambiar. El cambio social siempre ha formado parte del trabajo social. Muchas de las trabajadoras sociales pioneras eran reformistas activas que trabajaron para mejorar las condiciones en suburbios y barrios pobres, hospitales, prisiones y “casas de pobres”. Actualmente, las trabajadoras sociales debemos buscar de manera activa formas y mecanismos para influir e impactar en la legislación social relativa a programas sociales y a las condiciones que mantienen o aumentan el racismo, el sexismo y la pobreza. Debemos usar la fuerza de nuestra palabra para denunciar la desigualdad, el sexismo, el racismo y la pobreza. Y debemos esforzarnos para provocar las reformas necesarias que nos permitan aumentar y mejorar los sistemas de protección existentes, tratar de reparar leyes, procedimientos y actitudes hasta que respondan más a las necesidades humanas, luchar por el reconocimiento y el ejercicio efectivo de los derechos humanos. También debemos actuar y esforzarnos en todo lo concerniente a las actitudes negativas hacia miembros y grupos sociales vulnerables, a través de acciones educativas, de potenciación y fortalecimiento de la ciudadanía de los afectados, y de defensa activa de sus intereses y derechos. Las trabajadoras sociales tenemos el deber ético y moral de contribuir al cambio social, ya sea directamente, representando y defendiendo los derechos e intereses de las personas con las que intervenimos, y/o indirectamente, preparando y apoyando a las personas y colectivos sociales para que convenzan a los responsables de tomar decisiones en los niveles local, regional y nacional, de manera que sus decisiones respondan, realmente, a las necesidades humanas de justicia social.

No quisiera terminar estas rápidas reflexiones sin agradecer la invitación al Col.legi de Treball Social de Lleida, a la Facultat de Educació, Psicología i Treball Social y al espacio Ágora de Treball Social de Lleida, la oportunidad que me brindaron de participar en un espacio dialógico tan estimulante como el que vivimos el pasado trece de marzo. Moltes gràcies!

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Tres vídeos para reflexionar en el dia internacional de las personas migrantes

Comparto con vosotros los vídeos de una mini-entrevista y tres intervenciones públicas que hice en los últimos meses, dedicadas a reflexionar y formular propuestas para:

Combatir la indiferencia social frente a la violación sistemática de derechos que sufren las personas desplazadas forzosas, creando una cultura de la hospitalidad;

Reconstruir las fronteras morales que las excluyen del espacio moral y de justicia de nuestras sociedades blindadas;

Responder a los retos de la convivencia en la diversidad; y

Construir una ciudadanía insurgente, combatiendo el racismo y la xenofobia en la mediapolis.

Espero que os gusten y resulten de interés.

Y os dejo un llamamiento para que vuestras entidades puedan adherirse y apoyar la V Marcha por la Dignidad, que se celebrará en Ceuta el 3 de febrero, con motivo del cuarto aniversario de la muerte de 15 personas en la playa del Tarajal, el 6 de febrero de 2014: una muestra más de las tanatopolíticas migratorias que padecemos, que matan y dejan morir a tantos seres humanos.

V Marcha por la Dignidad (Adhesiones)

 

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¿Puede existir un trabajo social de calidad sin calidez?

No parece posible conjugar excelencia o logro de los bienes intrínsecos del trabajo social (calidad) si no es dentro de una lógica de servicio capaz de producir significados personales. Y es que la naturaleza de los bienes internos de nuestra profesión es relacional (no prestacional).

Calidad y calidez del trabajo social son dos caras de una misma moneda, inseparables e indivisibles: no puede existir una si no existe la otra.

No puede realizarse una acción de trabajo social excelente (de calidad y calidez) sin reivindicar la centralidad del sujeto y el enfoque dialógico.

El advenimiento del sujeto introduce nuevas complejidades en la intervención social. Exige recuperar las trayectorias vitales de los intervenidos y la perspectiva empática ante la fragilidad. El sujeto regresa como persona social e histórica que se sobrepone a las estructuras y se construye como agente, actor y autor. La intervención social vive la transición hacia otras lógicas que recuperan los caminos humildes, las estrategias cooperantes, el encuentro personal, el valor de lo relacional, el poder de la participación y la existencia constante de la paradoja ante la complejidad creciente del sujeto intervenido” (García-Roca, 2007, p. 37).

Esta necesaria reivindicación del sujeto debe tener, en mi opinión, una centralidad indiscutible en el trabajo social. Las personas con las que trabajamos, y a las que pretendemos servir de ayuda, no pueden ser sino sujetos colaboradores en el marco de una relación dialógica donde el profesional es un actor más, dentro de la compleja trama de relaciones entre los diversos sistemas y subsistemas en que participa el sujeto. Esta transformación, que nos obliga imperativamente y como deber moral, a dejar de considerar a las personas como objetos de intervención (cosa que ha venido siendo harto frecuente, por desgracia), para pasar a considerarlas (y tratarlas realmente) como sujetos agentes, actores y autores, tiene importantes implicaciones éticas, gnoseológicas y metodológicas.

El trabajador social posee un conocimiento científico-técnico, que debe estar al servicio de las personas con las que trabaja y a las que pretende ayudar, pero eso no significa que posea el “saber”. Tenemos que romper el esquema perverso por el cual el experto tiene la solución y el sujeto intervenido el problema. Conocimiento y comprensión de la realidad social en general, y de la situación-problema en particular, solo serán plenamente posibles si se “escucha” al otro o, mejor dicho, si se “escucha activamente” al otro, aceptando que los efectos de la intervención no son siempre previsibles. Este tipo de abordaje nos exige intervenir desde la perspectiva interna del sujeto:

Es un compromiso con la persona, que es productora de significados y no pueden equipararse a objetos. Son autores de sus acciones, que luchan por trascender y no sucumbir a sus circunstancias. De este modo, trasciende lo que son causas, fuerzas y reacciones para comprometerse con lo real; no pretende ir de lo complejo a lo simple, sino de lo complejo a lo complejo. Sus categorías básicas no proceden del mundo de las patologías sino del mundo de las relaciones” (García-Roca, 2007, p. 43-44).

No se trata, por tanto, de identificar patologías, sino de descubrir distintas expresiones de la normalidad. Esta perspectiva empática es consustancial a cualquier relación de ayuda, pues antes de ser intervenido, el sujeto necesita ser reconocido, lo que nos obliga a ponernos en su perspectiva, a “andar en sus zapatos”, meternos en su piel y aceptarlo incondicionalmente tal y como es. Es la empatía lo que permite compartir la fragilidad y vulnerabilidad que une a intervinientes e intervenidos, en un proceso de reconocimiento mutuo e implicación activa, que es el único camino cierto para generar confianza en el sujeto y para ser capaces, como profesionales, de reconocer sus capacidades y potencialidades, sus fortalezas y posibilidades de actuación.

Por otra parte, ningún cambio personal es posible, si no es decidido y asumido por el propio sujeto. En este sentido, el trabajador social es un “facilitador”, un experto que puede ayudar a clarificar, a poner en relación, a que “el otro” conozca y comprenda mejor su situación, a la vez que va descubriendo sus propias potencialidades y recursos personales. El trabajador social posee una visión, otra visión externa que puede ser de ayuda, pero que no es “la” visión real y aprehensiva de la realidad. Cada sujeto social, individual y colectivo, es portador de su propia visión, que debe ser tenida en cuenta si nos inscribimos en un paradigma de cambio y transformación. La participación de las personas es, por tanto, fundamental desde el momento mismo en que se inicia el proceso de relación y se toma contacto con el trabajador social. Porque sólo desde la relación dialógica se puede ayudar y ser ayudado. Sólo desde la relación dialógica se puede potenciar al otro, ayudándole a construir y a re-construir, a construir-se y a re-construirse.

Pero, ¿de qué hablamos cuando decimos ‘dialógico’?

La respuesta a esta pregunta será objeto de otra entrada en este blog

 arbol de vida

 GARCÍA-ROCA, J. (2007). La revancha del sujeto. Documentación Social, 145: 37-52.
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CALIDEZ DEL TRABAJO SOCIAL

¿Qué significa calidez del trabajo social?

Si calidad remite a la excelencia (para el logro de los bienes intrínsecos) del trabajo social, la calidez remite a la sensibilidad; es decir, a los afectos, las emociones y los sentimientos.

El sueño de la ingeniería social, producto de la primera modernidad y la mentalidad ilustrada, exaltó el sistema experto abriendo paso a la autorreferencialidad, dejando muy poco espacio en las profesiones sociales al mundo de las posibilidades y favoreciendo la disociación entre la cognición y la sensibilidad. El trabajo social no fue ajeno a esto y, al dejarse tentar por diversas formas de la ingeniería social (sobre todo el mecanicismo y el positivismo técnico), desplazó la sensibilidad y el mundo de los afectos; a pesar de que la tradición epistemológica del trabajo social quiso desde sus orígenes evitar ese dualismo. Como consecuencia de ello, estableció con la realidad

“una relación funcional que lo convierte todo en ‘recursos’. Nada debe sentir el técnico que pueda distraerle de sus objetivos; nada debe sentir el profesional que no pueda expresarse en técnicas de intervención; nada debe sentir el trabajador social ante el sufrimiento humano” (García-Roca, 2000, p. 318).

La habilidad profesional se convirtió así en simple posesión de saberes técnicos, esfumándose su compromiso con la innovación, la creatividad y la praxis:

“Se dotaron de planos, equipamientos y guías de recursos, pero se debilitó el ‘sentir con las entrañas’; se dejaron tentar por la dictadura de los protocolos hasta llegar a confundir la acción social con la gestión de un departamento de la Administración. Ganaron en planes, pero perdieron en proyectos” (García-Roca, 2000, p. 318).

La calidez del trabajo social implica un hermanamiento de la razón con los sentimientos, del pensamiento con los afectos. Calidez es lo que tan sabiamente Ximo García-Roca denomina “la cognición afectiva”. El trabajo social se acerca al ser humano en los momentos de dificultad y, por tanto, de intensa y peculiar humanidad. La calidez de la acción profesional ha de distanciarse de los esquemas mecanicistas en todas sus formas (desde el positivismo clínico-terapéutico hasta el pragmatismo más vulgar).

Calidez del trabajo social significa salir del pensamiento determinista mostrando que hay salidas válidas y posibles. Significa dejar de asumir las necesidades básicas exclusivamente como carencias que generan demandas y empezar a asumirlas como potencialidades que dan lugar a la búsqueda y la participación. Significa valorar la cooperación, la ayuda mutua y la conducción participativa, por encima de la conducción jerárquica y la disciplina de las organizaciones. Significa reconocer que la importancia de los profesionales radica en la liberación de su potencial de conocimiento y creatividad.

solidaridad

“la excelencia no recae tanto sobre la profesión en sí misma cuanto sobre los profesionales, sus motivaciones y su identificación con la tarea, sobre el talante cooperativo y la confianza, sobre el apoyo mutuo y la facultad de tomar decisiones conjuntas” (p. 320).

Vivimos en una sociedad del riesgo (Beck, 2006) donde la existencia o no de relaciones (así como su tipo e intensidad), resulta determinante para situarse en la zona de integración, de vulnerabilidad o de exclusión social. Por ello, la buena práctica profesional es la que incluye dos elementos: la producción de relaciones, interacciones y vínculos sociales y el fomento de una participación que reconoce al cliente el estatuto de autor y coagente (De Leonardis, 1998, p. 123). El buen profesional no es el que produce o gestiona más prestaciones, aunque sea con costes menores, sino quien produce servicios integrados de prestaciones y significados.

Calidez del trabajo social supone, entonces, pasar de la lógica del producto a la lógica del servicio: el servicio es una relación, la prestación es un artefacto que cristaliza o sustituye una relación. Este estatuto relacional de la acción profesional impone algunas cualidades a la misma:

  • Debe ser capaz de producir significados personales (sentido de pertenencia, confianza, identidad y reconocimiento);
  • El usuario debe dejar de ser un simple cliente para ser un coproductor asumiendo el papel de actor codeterminante del proceso mismo (los servicios a las personas solo pueden ser producidos conjuntamente);
  • Frente al valor de la eficacia debe colocar el valor de la calidad y la individualización (construcción de vínculos sociales, de fórmulas de asociación) cuyo éxito se basa en el ejercicio de la solidaridad y la dignificación del actor humano (García-Roca, 2000, p. 352).

 

BECK, U. (2006). La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós.

GARCÍA-ROCA, J. (2000). “Trabajo Social”, en A. Cortina y J. Conill (dir.) 10 palabras clave en Ética de las profesiones, EVD, Estella.

DE LEONARDIS, O. (1998). In un diverso welfare. Milano: Feltrinelli.

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CALIDAD DEL TRABAJO SOCIAL

¿Puede existir un trabajo social de calidad sin calidez? Para responder a esta pregunta definiré primero en esta entrada qué significa calidad en la profesión del trabajo social. 

¿Qué significa calidad del trabajo social?

Existe un consenso generalizado en el campo de las profesiones (y más concretamente en el campo de la ética de las profesiones) que establece la calidad como lo que permite definir qué es un buen profesional. La calidad sería, por tanto, sinónimo de excelencia profesional. Y buscar la excelencia solo es posible si una profesión está inmunizada frente a los males más endémicos de las profesiones, que son la burocratización, el corporativismo y la endogamia.

Toda profesión es una actividad social que presta un servicio específico a la sociedad en que se ejerce, de forma institucionalizada, y que exige contar con unas aptitudes determinadas para su ejercicio y con un peculiar interés por la meta que esa actividad concreta persigue. Por ello, -como advierte A. Cortina-, al ingresar en su profesión, todo profesional se compromete a perseguir las metas de esa actividad social, independientemente de los móviles privados o motivaciones personales para incorporarse a ella. Estas metas sociales son las que otorgan sentido y legitimidad social al ejercicio de esa profesión, constituyéndose como bienes internos a ella. Bienes que ninguna otra profesión puede proporcionar, por lo que sólo la persecución o logro de dichos bienes puede justificar dicho ejercicio profesional. Sólo la meta da sentido a la profesión, y sólo cuando los motivos personales o privados concuerdan con esa meta se convierten en razones: los motivos individuales nunca pueden ser razones legítimas o convertirse en argumentos que justifiquen la acción profesional si no tienen por base la exigencia de la meta profesional. Porque, como señala Adela Cortina (2000), cuando los motivos desplazan a las razones, cuando la arbitrariedad impera sobre los argumentos legítimos, se corrompe una profesión y deja de ofrecer los bienes que sólo ella puede proporcionar y que son indispensables para promover una vida humana digna. Con lo cual pierde su auténtico sentido y su legitimidad social.

“Por eso importa revitalizar las profesiones, recordando cuáles son sus fines legítimos y qué hábitos es preciso desarrollar para alcanzarlos. A esos hábitos, que llamamos ‘virtudes’, ponían los griegos por nombres ‘aretai’, ‘excelencias’. ‘Excelente’ era para el mundo griego el que destacaba por respeto a sus compañeros en el buen ejercicio de una actividad. ‘Excelente’ sería aquí el que compite consigo mismo para ofrecer un buen producto profesional, el que no se conforma con la mediocridad de quien únicamente aspira a eludir acusaciones legales de negligencia” (Cortina, 2008, p. 28).

Calidad (para blog)

Lo que permite establecer en cada momento y contexto histórico qué caracteriza un “buen” ejercicio profesional es su télos o misión (es decir, su finalidad última). El télos es la meta, el fin, el objetivo que toda actividad social se propone alcanzar, sus bienes internos. Esto supone plantearse explícitamente –tanto a nivel personal-profesional, como colectivo-profesional- la pregunta acerca de cuál es el “télos” de la actividad profesional, el fin último de lo que se hace, es decir, ¿para qué sirve el trabajo social? (¿qué pretende lograr el trabajo social con sus prácticas? ¿qué bienes intenta realizar? ¿para quién trabaja y desde dónde?).

Así pues, sólo quiénes hayan reflexionado con hondura sobre la finalidad de lo que hacen, podrán realizar un trabajo éticamente cualificado, es decir, un “buen” trabajo. Dicho en otras palabras, un buen profesional es aquél que reflexiona sobre el fin de su profesión y se propone decididamente encarnarlo en su vida profesional. Por lo que todo trabajador social debe plantearse el télos de su práctica profesional, la finalidad o misión, el servicio que pretende prestar a la sociedad al realizarla, el bien intrínseco que pretende realizar con ella.

El bien intrínseco sólo se consigue haciendo bien la práctica correspondiente, por lo que sólo se puede ser un buen profesional, ejerciendo bien la propia práctica (Bermejo, 1996). Sólo apelando a este fin puede justificarse o juzgarse si una actuación profesional merece aprobación o desaprobación ética (Hortal, 1994), y sólo quiénes son capaces de alcanzar estos bienes intrínsecos pueden ser calificados como buenos profesionales.

Considerando las diversas formulaciones que históricamente se han realizado en el campo profesional del trabajo social, así como las aspiraciones contenidas en ellas, se propone una formulación tentativa del télos específico del trabajo social:

“Todos aquéllos que se dedican a esta tarea profesionalmente buscan últimamente la construcción de una sociedad en la que cada individuo pueda dar el máximo de sí mismo como persona, de tal modo que su tarea consistirá tanto en la potenciación de las capacidades propias de los usuarios para vivir en sociedad como en el intento de remover los obstáculos sociales que impidan su realización” (Bermejo, 1996, p. 20).

Este texto es un extracto adaptado de las páginas 68 a 72, de mi libro titulado Trabajo Social. Concepto y Metodología, editado por Paraninfo y el Consejo General del Trabajo Social, en Madrid, en 2013.

 

BERMEJO, F.J. (1996). La ética en el trabajo social, en F. J. Bermejo (Coord.) Ética y trabajo social. Madrid: UPCO.

CORTINA, A. (2000). “Presentación”, en Cortina, A. y Conill, J. (dirs.). 10 palabras clave en ética de las profesiones. Estella: EVD.

HORTAL, A. (1994). La ética profesional en el contexto universitario. Madrid: Universidad Pontificia de Comillas.

 

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PRIMERAS PISTAS PARA UNA PARTICIPACIÓN TRANSFORMADORA: Enfoque Dialógico Transformativo vs. Debate Argumentativo Confrontativo (cuidando las relaciones)

Sin duda uno de los problemas o desafíos más decisivos en cualquier organización que pretenda impulsar procesos participativos para la transformación social, es tomar conciencia de que la retórica participativa y los modos clásicos de implementar tales procesos, con frecuencia han servido más para reforzar los sistemas de dominación que para empoderar a las personas.

Hay quienes, sin duda, emplean el discurso participativo de forma malintencionada, vaciándolo de contenido “a propósito” con el objetivo claro de mantener “las cosas como están”. Sin embargo, lo preocupante es cuando se reproducen viejas lógicas de dominación, pero sin esa intención expresa. Es decir, cuando se quieren impulsar procesos participativos, pero nuestros hábitos, rutinas organizativas y formas en que hemos sido socializados, no solo nos impiden lograrlo sino que refuerzan la asimetría de poder y las desigualdades, incapacitándonos para avanzar en el sentido de cambio social deseado.

La experiencia de los últimos años nos enseña que los procesos participativos en los que no se transforman las relaciones devienen en procesos de legitimación de la dinámica tradicional de dominación. La intervención comunitaria y el desarrollo participativo pueden reproducir dinámicas asimétricas de poder cuando la creación de nuevos espacios participativos no está acompañada de una transformación de la lógica de las relaciones. No es suficiente reunir a las personas y comprometerlas en un proceso participativo, no es suficiente ni siquiera trabajar desde la base y partir de los movimientos sociales, es necesario repensar las formas tradicionales de participación para no continuar descuidando las relaciones.

La experiencia social acumulada en diversos contextos y la investigación científica orientada a la transformación social, nos ofrecen herramientas muy valiosas y eficaces para evitar muchos de los males que aquejan en este ámbito a no pocas organizaciones de nuestro entorno (ya sean nuevos partidos políticos, asociaciones, ONG, sindicatos, plataformas cívicas, etc.).

En primer lugar tenemos que partir de un hecho: la existencia de fuertes asimetrías de poder y desigualdad en el seno mismo de las organizaciones sociales, que hacen que las personas no estén empoderadas del mismo modo. De hecho, dentro de una misma organización puede haber personas con mucho poder y otras con prácticamente ninguno. Conviene pues, abandonar la ilusión de que compartir un mismo discurso y una misma organización nos coloca a todos en igualdad de condiciones para poder participar y crear algo desde la inteligencia colectiva.

debatimos-dialogamos

La mayor parte de la experiencia comunitaria se continúa desarrollando sobre la base de un paradigma participativo anticuado, un enfoque que pone en el centro el debate como principal estrategia comunicativa. El debate viene acríticamente aceptado como columna vertebral de los procesos de decisión (derecho de palabra y réplica, voto de la mayoría, etc.) sin ser conscientes de las implicaciones que tiene en el proceso y en las relaciones.

En un debate la persona participa pensando que se trata de un juego de suma cero: si uno vence el otro pierde y viceversa. Cada cual se repliega sobre su propia posición, la defiende y difícilmente está dispuesto a abrirse y explorar nuevos puntos de vista; en realidad no es una comunicación auténtica, sino un monólogo paralelo. Los debates en los procesos participativos se transforman en experiencias frustrantes. Las personas que tienen menos poder son silenciadas, marginadas por las personas “expertas”, o por las personas con mayor estatus que monopolizan la palabra. La frustración de quien siente que no tiene voz se traduce en el abandono del proceso y esto conlleva una lenta e inexorable deslegitimación del mismo. Además, el voto según el criterio de la mayoría, genera una minoría insatisfecha que se siente excluida, marginada. El debate se centra en las posiciones de cada participante o grupo de participantes haciendo que las personas se identifiquen con sus posiciones. De este modo una crítica a sus posiciones se transforma fácilmente en un ataque personal.

En el debate, además de no considerar la importancia del cuidado de las relaciones personales, se da por descontado que las personas comparten a priori los mismos marcos de referencia y que, a priori, existe igualdad entre los participantes. En realidad, los procesos participativos a menudo implican a personas con horizontes de referencia diferentes y se desarrollan en espacios caracterizados por una fuerte asimetría de poder en los que se entrecruzan diferentes líneas de dominación y desigualdad: género, clase, raza, capacidad, etc.

Frente al objetivo del debate que es convencer y llegar a conclusiones que confirmen nuestras posiciones, el objetivo del diálogo es multiplicar las posibilidades sin tener prisa por llegar a las conclusiones. El objetivo del diálogo no es defender un argumento, sino indagar y explorar.

El punto de partida del debate son las posiciones y, además, atacar las posiciones significa atacar a las personas. El diálogo separa a las personas de los problemas y se centra en los intereses y en las necesidades que están en la base de los posicionamientos. El estilo del debate es combativo y argumentativo, se persigue ganar el debate, se escucha para identificar la debilidad del argumento del interlocutor. En un diálogo, por el contrario, no se puede vencer porque es cooperativo. En el debate se da por descontado un marco de referencia, mientras en el diálogo se hacen explícitos los valores latentes de nuestro marco de referencia y se construye un sentido común compartido.

El diálogo es un proceso de interacción genuina en el cual las personas se escuchan y se reconocen recíprocamente. El compromiso de reciprocidad encarna el espíritu radical del diálogo: el ofrecimiento mutuo a la palabra, a la escucha atenta de la otra persona, es aquello que hace posible una transformación basada en el reconocimiento.

Esta apertura auténtica al otro comporta una triple transformación: una transformación personal, una transformación relacional y una transformación social. Esta transformación es posible gracias a un doble proceso de empoderamiento y de reconocimiento de las otras personas.

La transformación de los conflictos y el cuidado de las relaciones, a través del este doble proceso, conduce a la recuperación de la percepción de la propia competencia, reconstruye la conexión con los otros y restablece una interacción positiva. Si no se cuidan las relaciones, los conflictos que se generan en los procesos participativos, lejos de propiciar una gestión creativa de los mismos activan una espiral de desempoderamiento de la capacidad propia y de demonización de las otras personas.

Cuando se toma conciencia de los límites del debate, se invoca a menudo el diálogo como solución, pero no como estrategia o como enfoque práctico, sistemático y coherente, sino simplemente como un principio abstracto o como una actitud. Se cae a menudo en el error de considerar el diálogo como una conversación gentil, educada y tolerante que evita el conflicto. Se cree que para dialogar no son necesarias competencias específicas, sino solo la intención y la voluntad de dialogar y cierto conocimiento del tema de conversación. La experiencia nos enseña que, al contrario, si bien el diálogo responde a las necesidades humanas más esenciales (y es también por esto por lo que es eficaz), no es un estilo comunicativo que usamos espontáneamente. Hemos sido educados y socializados en ambientes antidialógicos, estamos constantemente inmersos en situaciones que alimentan la competición, la actitud acrítica, el repliegue narcisista y tenemos la necesidad de redescubrir y reaprender el diálogo. Dialogar no es fácil, no nos resulta espontáneo e implica un esfuerzo constante, el desarrollo de nuevas competencias, el descubrimiento y revalorización de prácticas y experiencias; pero cuando se arriesga realmente ser fiel al diálogo, los resultados son extraordinarios, porque el diálogo es esencialmente un proceso de construcción y transformación de las relaciones.

El Enfoque Dialógico Transformativo (EDT) es un conjunto de principios e instrumentos metodológicos que da un sostén y una estructura a la capacidad y a la potencialidad humana de transformación a través del diálogo. Resumiendo, podemos decir que el EDT se preocupa de crear estructuras y desarrollar competencias que facilitan el diálogo, la creatividad y la inteligencia colectiva.

En los últimos años, a través de una intensa labor de investigación-acción participativa en el GIEMIC (UCLM) y la Asociación Mosaico Canarias, hemos identificado cinco elementos que estructuran este espacio dialógico: la confianza, la igualdad, la diversidad, el interés común y la corresponsabilidad. Estos cinco elementos son indispensables para el desarrollo de un diálogo auténtico, y pueden concretarse en diferentes formas y en diferentes momentos del proceso: cuidando la logística de una actividad comunitaria, promoviendo la comunicación no violenta, a través de dinámicas participativas o mediante la configuración del espacio de una reunión.

Si te interesa conocer algo más sobre este enfoque y modo de trabajar la comunicación y las relaciones en el seno de las organizaciones, para impulsar verdaderamente la participación de todas las personas, te invitamos a ver este breve vídeo.

Contacta si quieres que te enviemos alguna de nuestras publicaciones sobre este tema.
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¿Qué significa promover comunidades y entornos SOSTENIBLES desde el trabajo social?

Promover comunidades y entornos sostenibles no es asunto exclusivo del trabajo social comunitario, sino de TODO el trabajo social. Aunque se trabaje con una sola persona, el trabajo social debe intervenir en el ambiente social, de modo que las acciones, por pequeñas y personales que sean, generen sinergias que ayuden a la creación de entornos vitales humanos, donde los bienes relacionales y comunales puedan alcanzar su máxima potencia. Y todo ello debe hacerse centrado en la persona y, además, de forma sostenible.

Cartel festival de blogs TS

 

La sostenibilidad es un valor y un concepto que el pensamiento ecologista ha logrado incorporar en el discurso social, cultural, político y económico, pero que no siempre ha sido aplicado con rigor. Con frecuencia, lamentablemente, el concepto se ha “desvirtuado” (o empleado vacío de su verdadero contenido) para ser usado como “adorno” o una moda más. Como si añadir el vocablo “sostenible” a cualquier acción humana le diera legitimidad o la convirtiera per se en algo bueno. De esa forma, se ha utilizado torticeramente el concepto de “sostenibilidad” para justificar recortes de derechos sociales, para realizar intervenciones cada vez más burocratizadas y procedimentalizadas (lo que Dustin denomina “MacDonaldización del trabajo social”), para privatizar servicios de bienestar, eliminar programas sociales o despedir profesionales.

Por ello quiero detenerme aquí en señalar algunas críticas que el pensamiento ecologista ha formulado al concepto tradicional de bienestar, ya que si queremos desarrollar un trabajo social que contribuya a mejorar los entornos vitales de las personas y que éstos sean sostenibles desde el punto de vista del desarrollo humano (que no hay que confundir con el desarrollo económico), me parece interesante tenerlos en cuenta.

La concepción ecologista sobre el bienestar social y los servicios sociales, está enraizada con la crítica a las sociedades industriales avanzadas y a sus estructuras de producción del bienestar. La crítica ecologista a la sociedad industrial contiene inevitablemente una serie de críticas a los actuales servicios de bienestar:

  • los servicios de bienestar de estas sociedades se plantean para hacer frente a los síntomas más que a las causas de los problemas sociales,
  • implican niveles altos de tecnología asociados a un despilfarro de los recursos y a la destrucción ambiental, y
  • se basan en grandes unidades de organización que dificultan la independencia y autonomía personal y la participación de la gente.

La visión ecologista de la política y el bienestar social incluye los criterios ambientales y la idea de sostenibilidad social como un eje central de las mismas. Además, la política social –según el pensamiento ecologista- debe gestionarse localmente, reducir el gasto público no social y otorgar una mayor autonomía y participación a los ciudadanos.

Esto implica, por ejemplo, apoyar la promoción de recursos comunitarios que favorezcan la permanencia de las personas en su entorno y su participación activa en la sociedad. A nivel de servicios supone priorizar los apoyos profesionales en el entorno familiar y comunitario, los centros de día y diversos dispositivos de proximidad (apoyos domiciliarios de todo tipo, educación familiar, centros abiertos, respiro familiar no residencial, teleasistencia, etc.).

Desde el punto de vista estratégico, la sostenibilidad supone potenciar todos los programas preventivos. No sólo por el ahorro económico que supone en tratamientos y atenciones especializadas de mayor coste, sino porque constituyen el modo más efectivo de garantizar los derechos a la protección social de las personas. Se trata de apostar por el desarrollo de programas preventivos frente a las adicciones, el maltrato, la exclusión, la pobreza, el desamparo, el envejecimiento, etc. de la infancia, la adolescencia, la juventud, las mujeres, las personas mayores, y todo tipo de colectivos que pueden ser susceptibles de sufrir alguna de las problemáticas que con programas preventivos se pueden evitar con menor coste.

Crear entornos sostenibles solo puede lograrse mediante políticas sociales sostenibles, lo que significa fortalecer y fomentar la iniciativa social en el ámbito de la acción social. No se trata (como sucede a menudo) de utilizar las entidades del tercer sector para eludir la responsabilidad pública, fragilizar la protección social, precarizar el empleo en el sector social o crear redes clientelares. Tampoco se trata de fomentar la mercantilización-privatización de los bienes públicos. Se trata de todo lo contrario: trabajar para construir una sociedad civil organizada, con verdaderas organizaciones voluntarias y de la comunidad capaces de participar crítica y activamente y densificar la red social (crear y reforzar bienes comunales) y de trabajar también con las familias y el vecindario para reforzar los bienes relacionales que son tan importantes como los bienes públicos y privados en materia de protección social.

Como recuerdan George y Wilding, el ecologismo otorga un importante papel a la política social, la cual debería ser financiada y administrada según los principios de igualitarismo, satisfacción de necesidades básicas para todos, independencia comunitaria e individual, participación pública, mantenimiento y respeto por el ambiente.

Apostar por la sostenibilidad es, sobre todo, trabajar por la sostenibilidad de la vida, por ello los cuidados (en perspectiva de género) deberían ser el vector transformador de todas las políticas (no sólo de las políticas sociales) y del trabajo social. Y es que no deberíamos olvidar que el trabajo social tiene tres grandes objetivos estratégicos que podríamos sintetizar en la fórmula –por sus siglas en inglés- de las “3C”: Caring, Curing y Changing; esto es: Cuidar, Intervenir y Transformar.

 

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