Tejiendo redes para construir comunidad. 14 lecciones de una pandemia

Sabido es que la historia produce el presente. Así pues, las decisiones que ahora tomamos son las que darán forma al futuro. 

En este contexto de pandemia mundial y confinamiento sobrevenido, deberíamos tener mucho cuidado con el presente que construimos. Porque, como advirtió hace dos décadas el colectivo artístico Mujeres Creando, éste debe parecerse al futuro que soñamos.

Esta pandemia nos ha dejado muchas lecciones. Aprender de ellas, sin embargo, no está garantizado. Por ello, me permito escribir aquí un esbozo esquemático de 14 lecciones. Inmediatas y urgentes. De las que tendríamos mucho que aprender. Quienes trabajamos en lo social. O estamos preocupadas y comprometidas con lo social. Que es como decir todo el mundo. Aunque en diferentes (en)cargos.

TRES LECCIONES CIENTÍFICAS DEL CORONAVIRUS

1. La salud del planeta es también nuestra salud.

2. El coronavirus es lo que pasa cuando ignoras la ciencia.

3. La prevención es igual o más importante que la terapia o el tratamiento.

TRES LECCIONES DE LA SOCIOLOGÍA DE LAS CATÁSTROFES

4. Lo excepcional va a convertirse en parte de nuestra normalidad. Porque vivimos en una crisis ecosocial que nosotros mismos hemos generado. La crisis ecosocial es efecto del sistema que los humanos construímos. Un sistema de creciente proliferación de desastres ambientales y shocks socioeconómicos.

5. En las catástrofes suelen construirse “paraísos en el infierno”. Episodios de fuerte protagonismo de la sociedad civil, que muestra alta capacidad de resiliencia, creatividad, empatía y reinvención de la solidaridad y la ayuda mutua. Fugaces utopías sociales que, de ordinario, no se suelen consolidar procesos de cambio social. Los poderes económicos y financieros, en cambio, sí son siempre capaces de diseñar estrategias para aprovecharse de las catástrofes. Para profundizar sus dinámicas de mercantilización, privatización, desplazamientos forzosos, socialización de pérdidas y erosión de derechos ciudadanos.

6. Los desastres se vuelven pedagógicos cuando muestran potencialidades de la gestión humanista de lo inesperado. Evidenciando que el instinto de supervivencia es mucho más cooperativo de lo que intuíamos. Y cuando las respuestas ciudadanas ejemplares llegan a sedimentar experiencias inspiradoras en el futuro.

OCHO LECCIONES DE ESTA PANDEMIA para nuestra Inquietação Social

7. Somos vulnerables. Individual y colectivamente. Porque somos seres interdependientes. Nos necesitamos muchísimo unas a otras.

8. Vivíamos en una ficción social. Nuestros privilegios son mucho más difíciles de ver que nuestras opresiones. Y el confinamiento ha servido para darnos cuenta de algunos de esos privilegios (casa, teletrabajo, comida, etc.), que muchísimas no tienen. Debemos aprender a mirarnos con los ojos de las vulnerabilizadas, de las víctimas. No con los ojos del triunfador. Esa mezcla de prepotencia, desmesura, soberbia y orgullo que desprecia e ignora lo que nos limita. Para las profesiones sociales, esto implica tomar conciencia de nuestros privilegios no ganados y evitar nuestras prácticas de dominación. Tan frecuentes y normalizadas. Como injustas.

9. Sólo lo colectivo nos salvará. Lo común. El cuidado mutuo. No el sálvese el que pueda individual. Esto exige cuidar y cuidarnos. Asumir nuestra fragilidad/vulnerabilidad/precariedad como seres humanos y nuestra total interdependencia como seres vivos. Esa pandemia ha demostrado que, para sobrevivir, dependemos totalmente de la generosidad de los demás. La prioridad de lo esencial, frente a la insignificancia de lo accesorio. 

10. Lo que significa la vida buena. Hemos descubierto con la pandemia que la economía se enferma cuando sólo compramos lo que necesitamos. Cuando priorizamos lo esencial y necesario frente a lo innecesario. Por ello, si la vieja “normalidad” es el problema, la “nueva” normalidad no puede ser una “nueva” precariedad. La ‘vida buena’ es la vida vivible. La vida digna.  Significa poder vivir de manera autónoma, solidaria y gozosa. Que implica regirnos por la ética del cuidado, que va mucho más de la satisfacción de necesidades materiales. Porque nadie es solo un individuo. Porque las cosas importantes no son cosas. Son vínculos. Emociones. Relaciones. Aprender de la lentitud de la vida compartida. Porque podemos teletrabajar, pero no podemos telecuidar.

11. Una “democracia cuidadora” es el único antídoto eficaz frente al neoliberalismo. Una democracia capaz de identificar las necesidades de TODAS las personas. Y de repartir responsabilidades. El cuidado es tarea que nos compete a todas las personas. Sin excepción. Ni excusas históricas o individuales.

12. Para cuidar a un individuo se necesita una comunidad. No se puede curar sin cuidar. Es preciso desplegar redes de cuidado. Entendido como proximidad. Para que sea imposible la soledad no deseada. Y que ello no signifique imposición o falta de respeto a los deseos y necesidades ajenas. La comunidad es el ecosistema donde es posible ese despliegue de redes de cuidado. Redes de solidaridad primaria. Que también son responsabilidad de la solidaridad organizada. Del común y de lo público. La comunidad es un sujeto. Colectivo. No un objeto de intervención profesional. ¿Somos parte de ese ecosistema?

13. Solidaridad o derrota. Necesitamos aprender de la comunidad. La respuesta al desafío solo puede llegar de la solidaridad y la cooperación, dice Harari. Por eso es imprescindible incentivar la cooperación. A través de una nueva agregación solidaria, aconseja Edgar Morin. Habremos aprendido algo si sabemos redescubrir y cultivar los auténticos valores de la vida: el amor, la amistad, la fraternidad, la solidaridad. Valores que conocemos desde siempre. Y que siempre terminamos por olvidar. Es la hora de la solidaridad. Es la hora de sustituir el manipulable concepto de “libertad individual” por el de “autonomía relacional”. Como eje vertebrador de la vida social. La reclusión y el confinamiento nos ha aislado temporalmente. Pero también nos ha permitido crear redes nuevas, impensables hasta hace poco. Redes que desafían fronteras y podrían permitir que nos organizáramos mejor. Deberíamos, como dice Pisarello, aprovechar la tregua para tomar conciencia del reto. Asumir que los cambios que hemos experimentado en nuestras vidas podrían ser motor de transformaciones más amplias.

14. Convertir la esperanza en categoría política. Cuando el miedo parece ser la única experiencia compartida, sólo puede salvarnos la esperanza de que lo común (posible sólo a través de vínculos comunitarios) sea también una experiencia compartida. Decía un poeta que el miedo es el mayor gigante del alma. El miedo sólo engendra odio. Y el odio es el único sentimiento que jamás desaparece. Puede desaparecer el amor, pero nunca el odio. Por eso, sólo el cuidado, como experiencia social compartida, puede alejarnos de la derrota. Sólo tejiendo redes, aumentando el capital relacional y comunitario, podremos hacer frente al desafío. Precisamos convertir la esperanza en categoría política. 

La ausencia de certezas no nos libera de la responsabilidad de cuidar el mundo que compartimos.

Para aquellos que tienen miedo y no se atreven a nada, todo es audaz y peligroso. Es el miedo lo que esteriliza nuestros abrazos y cancela nuestros afectos; que prohíbe nuestros besos y siempre nos pone a este lado de la pared. Este miedo que se arraiga en el corazón del hombre le impide ver el mundo que se abre más allá del muro, como si lo nuevo fuera siempre una trampa, y lo desconocido siempre tuviera una trampa que amenazara nuestra ilusión de seguridad y certeza.(…) Hay un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas, que ya tienen la forma del cuerpo, y olvidar nuestros caminos que siempre nos llevan a los mismos lugares. Es el momento de la travesía … y si no nos atrevemos a hacerlo, habremos estado siempre al margen de nosotros mismos. Fernando Teixeira de Andrade

Si te interesa este tema, puedes ver mi conferencia, de la que este post son unos breves apuntes. Agradezco los oportunos comentarios de Rosalinda, Lourdes y Tamara, que aparecen en el tramo final del vídeo.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , , , , | 6 comentarios

Coronavirus: Acelerador del Trabajo Social Digital

Vivimos en una sociedad digital determinada por el paradigma tecnológico informacional en la que se han modificado, en muy poco tiempo y como consecuencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), los modos de aprendizaje, las relaciones interprofesionales y las interacciones profesional-usuario en todos los ámbitos de las relaciones humanas. 

El coronavirus, contrariamente a lo que muchos creen, no ha creado el Trabajo Social Digital, simplemente lo ha acelerado. El Trabajo Social Digital (TSD) ya estaba desplegado. El coronavirus ha servido para extender y/o intensificar alguno de sus ámbitos, y también para abrir otros nuevos.

En las últimas décadas, las TIC han penetrado en todas las esferas de la realidad social, dando lugar a una nueva era (la era de la información) y a nueva estructura (y morfología) social que puede denominarse con total propiedad como ‘sociedad red’. El uso generalizado de las tecnologías de la comunicación digital en la Web 2.0 (redes sociales, wikis, blogs y numerosas apps) han hecho posible la aparición de nuevas formas de socialización profesional y de gestión de las relaciones en la atención a las personas. El trabajo social no ha sido ajeno a ello, y un buen ejemplo de ello fueron las prácticas pioneras de Nacho Santas, de hace más de una década, que nos mostraron cómo el uso de estas tecnologías, permite una mejor gestión del tiempo en servicios sociales y una mejor atención comunitaria y grupal a los usuarios de servicios y a la ciudadanía en general. En su blog hay publicaciones muy útiles, prácticas y recomendables al respecto.

En esta ‘galaxia Internet’, desde el Trabajo Social Digital hemos desarrollado diversas herramientas para potenciar la interacción social y el aprendizaje colaborativo, tanto a nivel personal como profesional. Una de las más longevas en nuestro país son los blogs profesionales: aunque inicialmente los blogs fueron considerados bitácoras o diarios de vida, en el campo del Trabajo Social, la blogosfera profesional española es un sub-espacio de comunicación que se genera en la red y construye una nueva ‘textualidad’, multimodal y multidiversa, propia de una nueva generación de nativos digitales.

La interconectividad, las comunidades virtuales y la inteligencia colectiva son algunos de los principios básicos de esta cibercultura profesional, que corresponde a esta etapa de mundialización muy concreta en la que coexisten niveles locales y globales.

El Trabajo Social Digital fue caracterizado de manera muy exhaustiva por diversos investigadores (Coleman, en su tesis doctoral de 2011, hizo un trabajo muy minucioso al respecto, basado en una sistemática observación del trabajo social desarrollado en los Contact Centers británicos) llegándose a plantear como posible campo de especialización profesional. La definición que a mí me parece más adecuada, porque se ajusta mejor a la actual diversidad del Trabajo Social Digital, es la que formularon Antonio López Peláez y Héctor Díaz, en 2015:

El e-Social Work es un ámbito especializado del trabajo social cuyo objetivo es analizar, valorar e intervenir en el entorno on-line, mediante el desarrollo de estrategias para llegar a los usuarios, valorar sus necesidades y diseñar dinámicas apropiadas potenciándolas para intervenir en un contexto on-line. El fin último es proporcionar asistencia a una población que se define como nativa digital, tanto en entornos on-line como off-line (…). El e-Social Work puede ser definido como el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en el campo del trabajo social y los servicios sociales. El e-Social Work incluye la investigación on-line, el tratamiento del usuario (terapia individual, dinámica grupal y comunitaria), la capacitación/formación y enseñanza de trabajadores sociales, y la monitorización de programas de servicios sociales.

En los dos últimos meses, desde el inicio del período de confinamiento en España y en otros países latinos, el Trabajo Social Digital ha sabido aprovechar las TIC para desplegar todas sus potencialidades, con notable éxito. A modo ilustrativo, menciono aquí varios ejemplos de tal despliegue del TSD, porque considero necesario y útil aprovechar las sinergias y potencialidades que nos ofrecen:

La BlogoTSfera profesional española que tiene más de una década de vida avalada por el Consejo General del Trabajo Social, es una herramienta de reflexión individual de sus autoras, que ha ofrecido aportaciones muy significativas en el contexto de pandemia, confinamiento social y sus múltiples consecuencias de todo tipo. Además de las publicaciones personales de cada blog profesional, en la BlogoTSfera nos hemos reunido virtualmente para proponernos una reflexión colectiva de mayor calado, en relación con las nuevas realidades profesionales que la gestión del COVID-19 ha provocado. Una excelente síntesis de lo dialogado en nuestra última reunión hace unos días, la ha publicado Inma Asensio en su blog, que os recomiendo. Como ella misma nos recuerda, el próximo lunes 18 de mayo, nos auto-convocamos para avanzar en ese propósito.

Otra iniciativa, nacida e implementada en pleno confinamiento, han sido los tres encuentros virtuales de reflexión e intercambio profesional, organizados por el grupo de Trabajo Social Digital/Digital Social Work, que podéis ver aquí.

El Consejo General del Trabajo Social ha organizado semanalmente varias sesiones de webinar en las que han participado varios miles de profesionales, y que también pueden verse en su canal de youtube.

Hoy mismo se ha convocado el primer congreso temático dedicado exclusivamente al Trabajo Social Digital, que se celebrará en la UNED a finales de septiembre. Seguramente este evento marcará un hito que nos permitirá visualizar la tremenda diversidad de iniciativas y posibilidades de acción profesional y académica del TSD.

Por último, pero no menos importante, menciono una hermosa iniciativa interdisciplinar y transnacional, que con el poético nombre de Inquietação Social. e-conferenci@s, iniciamos el próximo 20 de mayo. Somos profesores y estudiantes de Portugal y España inquietos por lo que nos concierne. Organizamos de manera abierta y gratuita gracias a las TIC, diálogos con especialistas del campo social, educativo y cultural. Una experiencia de formación y reciclaje pensada con mimo para estudiantes, profesionales, profesores y activistas, interesados en la animación sociocultural, la educación social, el trabajo social y la acción transformadora. El nombre elegido está inspirado esta hermosa canción portuguesa de José Mário branco.

Nuestra idea es consolidar y desplegar la iniciativa a lo largo de todo el próximo curso, con e-conferencias en directo de especialistas, en base a la respuesta e interés que suscite esta primera experiencia piloto de tres encuentros. También queremos programar los siguientes ciclos considerando las sugerencias que nos hagáis las personas participantes en esta fase ‘experimental’. Pensamos que puede ser una actividad complementaria a la formación profesional y universitaria, además de una oportunidad de reciclaje profesional e intercambio entre personas con intereses comunes de España, Portugal y toda la Latinoamérica.
Espero que os interese, que nos ayudéis a difundirlo y que podáis hacer un hueco en vuestras agendas para participar activamente.


Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

#DesmontandoFalsificaciones /2/ UN CAMPO DE BATALLA CONTRA LA RETÓRICA INSTITUCIONAL

con motivo del #DiadelLibro

Cuando abrí el regalo vi esto en grandes letras de color rosa:

Pensé que mi madre había acertado de pleno con el regalo. Pero cuando abrí el ejemplar y leí la primera página, esa que llaman portadilla, me di cuenta que no había sido capaz de leer el título de la novela: Lectura fácil[1]. Había pasado desapercibido ante mis ojos, porque sólo me fijé en las grandes letras de la ilustración de portada.

En el campo de la intervención profesional, ya sea social o socioeducativa, que para el caso da igual como la llamemos, creo que nos ocurre lo mismo que me pasó a mí al ver el libro de Cristina Morales. Lo que yo vi nada tenía que ver con el título que la autora creó. Y hasta la página 57, no me percaté del porqué de ese título.

Podemos tener delante de nuestras narices el título y ser incapaces de verlo. Porque al fijamos en lo que nos llama la atención, dejamos de ver lo importante. Tenemos delante a la persona que es sujeto, con su historia. Pero sólo vemos al usuario que es objeto, con una demanda.

Durante un largo viaje en tren llegué a la página 389, que es el inicio del fin de la novela. A partir de ese momento, se me agolparon muchas de mis vivencias como estudiante, como trabajadora social, como profesora y como usuaria de servicios sociales. Y no pude contener el llanto. Un llanto silencioso que continuó tiempo después de terminado el libro, para asombro e inquietud del resto de viajeros.

En ese instante decidí que Lectura fácil, debía ser leída y reflexionada por mis estudiantes de “servicios sociales”. Porque hasta ahora,

Qué requetebién han asimilado la máxima asistencialista de que ayudar es actuar por el otro, es decir representarlo, es decir sustituirlo.

El trabajo social jamás podrá ser emancipatorio mientras en los servicios sociales, en los socioeducativos, o en los sociosanitarios (y yerbas afines) las personas sigan siendo y haciendo

de conejillo de Indias para la industria asistencial.

¿Qué es la industria asistencial?

las empresas e instituciones públicas que se dedican a disciplinarnos a base de medicamentos y a base de discursos que ensalzan la democracia y la igualdad de los ciudadanos, entre ellos el discurso del coaching[2].

Quedando incluidos en tan lúcida definición de industria asistencial los servicios oenegeístas de todo tipo.

Podemos darnos cuenta. O no. Eso es algo que tiene que ver con la alienación.

El yayo Karl decía que alienación es la desposesión del obrero con respecto a su manofactura. Yo digo que alienación es la identificación de nuestros deseos e intereses con los deseos e intereses del poder.

Ante esta omnipresente alienación, una de las cuatro protagonistas de la novela nos explica que pueden pasar tres cosas:

Uno, que no te des cuenta de lo obediente que eres, de modo que nunca te sentirás alienada. Segunda posibilidad: te das cuenta de lo obediente que eres pero te da igual. No te sientes alienada porque justificas la obediencia debida. Tercera posibilidad: te das cuenta de lo obediente que eres y no lo soportas. Entonces sí que estas alienada. ¡Enhorabuena!

Si no queremos estar alienadas como profesionales de la acción social. Si tampoco queremos ser agentes de alienación para otras personas. Si no consideramos legítimo ni ético que nuestra práctica profesional sea un instrumento de dominación, discriminación, estigmatización u opresión. Entonces tenemos que cambiar radicalmente nuestra práctica.

Ante los envites del poder no hay que doblegarse ni deprimirse: hay que radicalizarse.

No olvidando nunca que

El placer de los dominadores reside en ejercer el dominio. Y el placer de las dominadas reside en la politización.

Podemos empezar por algo sencillo. Por aquello de que el lenguaje es lo que construye la realidad: Toda forma de nombrar y definir, conlleva una determinada forma de intervenir.

Dejar de llamar a las cosas por los nombres que les puso la ideología y empezar a nombrarlas por sus nombres reales. Así, donde el lenguaje establecido enuncie “Si no obedeces, te castigaremos” nosotras las reclusas ya hemos empezado a entender otra cosa: “Si no permites que te impongamos nuestro modo de ver el mundo, y mientras no nos lo permitas, nos estarás arrebatando el ejercicio del dominio”.

Todo compromiso emancipatorio y transformador es, inevitablemente, conflictivo. Sobre todo si somos coherentes con sus principios en nuestra cotidianeidad, en los espacios significativos, donde tenemos influencia, donde la “normalidad de la opresión” no suele cuestionarse. Es preciso reconocer, valorizar y crear sinergias entre “microprácticas de resistencia”.

Una causa minoritaria de insumisión puede llegar a ser respetable. Una causa individual, no.

Debemos apoyar la emergencia de conocimientos, prácticas, competencias y marcos interpretativos normalmente silenciados. Apoyar la ‘emergencia’ de nuevas formas de ser, de saber y de poder. Y es que el trabajo social puede ejercer un poder opresivo a través de una mirada normalizadora, una vigilancia que hace posible calificar, clasificar y castigar.

Donde existen relaciones de dominación siempre existen formas de resistencia.

Pensar críticamente no es juzgar o denunciar, sino escuchar lo que resiste.

El trabajo social anti-opresivo, es un proceso que empieza siempre con un trabajo reflexivo. Que cuestiona los propios prejuicios, los propios modelos implícitos y la posición que ocupamos en el sistema de dominación. Para así tomar conciencia de nuestro papel en la reproducción de las estructuras de discriminación y poder.

Esto conlleva un proceso continuo de cuestionamiento de nuestras prácticas y un replanteamiento dialógico de nuestras estrategias de acción. E implica la disposición a cambiar radicalmente la lógica tradicional de nuestras intervenciones y reconocer la responsabilidad política de nuestro papel.

Sobre todo esto, continuaremos nuestra reflexión próximamente.

[1] Todas las frases en cursiva que aparecen como párrafos sueltos, son citas de la novela de Cristina Morales, Lectura fácil, Anagrama, Barcelona, 2018.  Los enfatizados en negrita son míos.

[2] ¿No sabes lo que es el coaching? Una técnica fascista basada en el espíritu de superación

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | 4 comentarios

#DesmontandoFalsificaciones /1/ CONTROLANDO A LOS POBRES NO ERRADICAREMOS LA POBREZA

Son abundantes las falsificaciones históricas y “mutaciones semánticas” que nos ayudan a mantener sin inmutarnos, e incluso a justificar sin ser conscientes, no pocas contradicciones persistentes en el campo de la política social, de los servicios sociales y la intervención social.

Una de estas recurrentes contradicciones podemos identificarla fácilmente mediante una sencilla operación de contraste entre: A) los discursos emancipatorios de las numerosos definiciones profesionales oficiales o las infinitas declaraciones institucionales y, B), buena parte de las prácticas profesionales en los servicios sociales y la intervención social, en las que predomina la perspectiva tecnocrática y una falta de análisis crítico que sustente la acción profesional.

El argumento más recurrente para explicar esa contradicción, es la falta de tiempo para hacer lo importante. La ‘ineficiente microgestión’ atomizada y fragmentaria de unos recursos cada vez más residuales, destinados a la cobertura de necesidades de supervivencia, ocupa la mayor parte del tiempo de los profesionales, reduciendo energías para plantear otro tipo de acciones. Esta justificación, tranquilizadora de conciencias poco críticas, tiene mucho que ver con otro argumento explicativo: el inmovilismo, la excesiva institucionalización, la burocratización innecesaria de los procesos y una tecnificación (pseudo)profesional, suponen la normalización de la desigualdad y es una renuncia a los objetivos y principios propios del trabajo social[1].

Mientras no realicemos un intenso proceso crítico de reflexividad, sólo seremos capaces de plantear “propuestas parche” o proponer soluciones del tipo “más recursos”, que sólo permitirán seguir haciendo “más de lo mismo”, en la intervención social y en los servicios sociales. 

Y cuando lo que hacíamos en la pasada “normalidad” anterior a la pandemia era el problema, está claro que la solución no puede consistir en hacer lo mismo pero con más recursos. Debemos constatar el fracaso de un modelo, para avistar la construcción de otro nuevo que sea como el futuro que pretendemos. Si el sistema de cuidados establecido ha mostrado ser tan ineficaz como profundamente injusto y antidemocrático, es obvio que debemos organizar un nuevo sistema que sea como el futuro que deseamos. 

Que nos permita avanzar hacia una “democracia cuidadora” capaz de detectar las necesidades de todas las personas (no sólo de unas pocas) y de repartir responsabilidades entre todas también. Entre todas las esferas de producción de bienes y servicios (pública, comunitaria, privada), entre todos los agentes concernidos (redes personales, redes vecinales, iniciativa social organizada, administraciones públicas, empresas) y entre todas las personas. Incluyendo la infancia y la vejez, a quienes hemos ignorado y despreciado en esta gestión de la pandemia en España. Y pasando también por todos los hombres. Porque nadie debería tener, ni autoasignarse, ‘permisos’ para eludir sus responsabilidades de cuidado.

Primera falsificación: La historia de violencia que se oculta bajo un manto de benevolencia, desde el origen de la intervención social profesional a nuestros días.

Recientemente se ha publicado[2] un exhaustivo y pormenorizado análisis histórico de las economías morales del trabajo social y las violencias que entrañan. Este análisis crítico-reflexivo pone en evidencia y demuestra que la explicación convencional (o sea, el relato estándar de la acción profesional que hemos estudiado e internalizado todas durante generaciones), nos ha permitido a todas las profesiones de ayuda ignorar cómo participamos de la injusticia y la opresión.

 El individualismo liberal injusto sigue siendo la lógica que anima el trabajo social profesional normativo en la actualidad. El sentimiento de que escapar de la pobreza es responsabilidad de un individuo permanece como un tema recurrente de los servicios sociales contemporáneos. 

Siempre han sido los donantes quienes deciden qué necesitan los receptores, alimentando una economía moral donde quienes están en condiciones de dar son moralmente y se asumen superiores, de modo que cualquier distribución responsable de recursos debe ser determinada por ellos; no por quienes los necesitan.

Se trata de un sistemático paternalismo de clases dominantes hacia las personas pobres (en realidad son empobrecidas, pero al llamarlas pobres las construimos como inferiores y no como oprimidas) que exalta y beneficia más a las primeras mientras denigra a las últimas. Esto se aprecia fácilmente, por ejemplo, en la mayoría de los programas para personas sin hogar cuyo foco se centra en los esfuerzos de los individuos para salir de la pobreza, sin tratar problemas sistémicos. 

Los itinerarios individuales de inserción sociolaboral, que son condición habitual para acceder a los recursos, por escasos y miserables que estos sean, son otro ejemplo muy extendido en los servicios sociales. Y esta será, según las declaraciones del ministro[3], la principal condición compulsiva asociada a la percepción del Ingreso Mínimo Vital (que el gobierno de España implementará, al parecer, a mediados de año).

Desde sus inicios, la intervención en el mundo social se sustenta en el supuesto de que las clases dominantes tienen mejor idea de lo que necesitan los pobres. Los pobres lo son por su propia culpa y seguir las instrucciones de la clase dominante es su salida a la pobreza. Puede parecer estereotipado, pero esta economía moral del trabajo social, que funciona activamente exaltando a unos y denigrando a otros, radica en una aceptación de sentido común de la gran desigualdad y la opresión normalizada en el día a día.

¿Por qué deben decidir las entidades, las empresas y las trabajadores sociales qué necesitan las personas y cómo deberían vivir sus vidas? ¿Por qué las personas pobres sólo tienen voz cuando sus narraciones se alinean con las de los ricos? 

¿Por qué sólo nos preocupamos de “a dónde va el dinero” cuando se trata de darlo a los pobres? ¿Por qué no nos preguntamos “a dónde va el dinero” cuando lo gestionan entidades, empresas, servicios, gestores, directivos, profesionales, etc.? 

La segunda falsificación que debemos deconstruir es pensar la crisis como algo coyuntural, cíclico y anormal. 

En el Norte-Global, llevamos viviendo en crisis más de medio siglo. Una crisis que es resultado de políticas de gobiernos que navegan hacia el abismo y nos llevan a la autodestrucción recortando progresivamente el gasto público y reduciendo la progresividad fiscal[4]. El problema más grave es que la política social, los servicios sociales y el trabajo social, llevamos adaptándonos a esa crisis sistémica todos estos años de manera notable. Y esas adaptaciones contribuyen a un cambio social cada vez más contrario a la emancipación/liberación de las personas (que es, por cierto, nuestra misión profesional según la definición internacional del trabajo social). Las adaptaciones a la crisis nos están llevando al aumento del autoritarismo, la desigualdad, la injusticia y la exclusión bajo formas de austericidio.

Estos cambios han estimulado y promovido un estilo autoritario de trabajo social, en la primera línea de atención y aplicación de las políticas, convirtiéndose en un instrumento de nuevos métodos de control social de la población empobrecida, vulnerabilizada, marginada, relegada o en desventaja. Es decir, oprimida desde múltiples ejes y sistemas de dominación. 

A medida que las prestaciones y servicios se reducen y racionan cada vez más, las trabajadoras sociales filtramos a los solicitantes, asesorando u orientando hacia apoyos cada vez más caritativos y estigmatizados socialmente. La senda recorrida en este último medio siglo es cada vez más lamentable y nos aleja cada vez más de la igualdad democrática y la justicia social. Porque a medida que los ingresos y la seguridad en el empleo han ido cayendo, los Estados han aumentado el carácter condicional de las prestaciones para exigir a los perceptores que se sometan a una detallada preparación para el trabajo[5]. Al mismo tiempo, a medida que se obliga a los ciudadanos a pagar más tasas y copagos por los servicios, se envía a las trabajadoras sociales a seleccionar a las personas en el acceso a los servicios públicos y a intervenir de forma autoritaria con aquellos a quienes se define como ‘desviados’. Se altera de facto, la función que nos otorga legitimidad social como profesión, desde unas tan bienintencionadas como nefastas decisiones políticas, que nos consideran y prescriben como ‘certificadoras de pobreza’, a la vez que nos obligan a ejercer un rol de control compulsivo en procesos de (ilusoria) inclusión laboral.

Pero, no nos engañemos, esta imposición de condiciones de trabajo estrictas en las prestaciones formaron parte de la tradición política socialdemócrata mucho antes de que se incorporaran al repertorio de gobiernos neoliberales y neoconservadores en los años ochenta. E incluso siglos antes de la aparición del Estado Social y del trabajo social como profesión. 

El trabajo social ha servido a regímenes reaccionarios y opresivos, a fines políticos dudosos y utilizado métodos que combinaban principios admirables y rechazables. Humphries[6] afirma que el trabajo social adopta la visión reaccionaria y a-crítica de la política social, funcionando siempre como un instrumento de control y dominación de determinadas poblaciones, ejerciendo siempre un papel de “vigilancia de los límites del bienestar”. 

Un papel que, bajo el Nuevo Laborismo británico (en cabeza de las socialdemocracias europeas), experimentó un cambio decisivo hacia prácticas cada vez más negativas, interviniendo como profesión cómplice en la implementación de políticas sociales degradantes e inhumanas. Volvemos a desplegar nuevamente, esta vez en el siglo XXI, una suerte de versión 2.0 del Derecho de Pobres: porque las políticas de servicios sociales y las prácticas profesionales que las implementan, están basadas en la coerción, sin opciones, ni protección incondicional contra la desposesión.

En el trabajo social, a lo largo de su historia, ha habido -y aún existen- muchas culturas y contextos diferentes para su práctica (desde el control social más opresivo, a la asistencia para el mantenimiento de la dignidad, desde el conservadurismo a las trabajadoras sociales radicales fuera de la práctica oficial). Cada una de estas prácticas tiene su propia relación con el estado de bienestar y la política en general. Pero casi todas ellas, salvo honrosas y escasas excepciones (minoritarias en el contexto global y ciertamente excepcionales en contexto español), se han visto atrapadas y afectadas por el modo de gestión pública y de sociedad económico-empresarial. 

Casi todo el sector voluntario se ha visto inmerso en el proceso de contratación pública para la “prestación de servicios”. Y así, en Reino Unido, los Países Bajos, Alemania, Italia o España, por poner algunos ejemplos, estas organizaciones también han sucumbido a la nueva gestión pública al depender de la financiación del Estado. Por eso es muy difícil para el trabajo social romper con el modo ortodoxo de pensar acerca de la actual crisis.

Este ‘nuevo gerencialismo’ produce y necesita una ‘policialización’ de los servicios sociales, que nos mantiene atrapados en los aspectos autoritarios del control social, en especial en la compulsión al empleo. Pero el trabajo social, al estar en la “primera línea de fuego”, corre mucho más riesgos que otros profesionales de poner en marcha procesos de asesoramiento individual para llevar a los perceptores de prestaciones a la formación o al empleo, aún a sabiendas que no sirve de nada[7]. O de ser utilizados para racionar servicios y derivar a las personas hacia formas de protección inferiores, residuales y de mera subsistencia. Esta será, según declaraciones en sede parlamentaria del ministro del ramo, la principal condición compulsiva asociada a la percepción del Ingreso Mínimo Vital.

Ante estas constataciones y la evidencia de estas realidades, la cuestión sería preguntarnos si, como profesionales, sucumbiremos definitivamente a la vigilancia y el control de “los nadies” (que diría Galeano). O, si existen posibilidades reales de que recuperemos un sentido transformador del trabajo social, que es lo que constituye el bien interno o intrínseco que nos otorga sentido y legitimidad social como profesión de ayuda. En no pocas ocasiones hemos desarrollado funciones para vigilar y castigar, en lugar de escuchar para emancipar y comprender para transformar. 

Es en esa tensión entre el control y la emancipación, entre la dominación (sutil o manifiesta) y la acción crítico-transformadora, donde nos jugamos hoy el presente y el futuro de los servicios sociales y el trabajo social. En el mundo y en nuestro país. Esta crisis de la pandemia nos ha colocado en una encrucijada vital como trabajadoras sociales: podemos aprovecharla como ventana de oportunidad para hacer contribuciones relevantes al desarrollo de una ‘democracia cuidadora’. O, por el contrario, podemos permanecer encerradas en la misma habitación, atrapadas en una cómoda jaula de opresión, siendo responsables del retroceso sin precedentes que hoy implicaría mantener el statu quo

¿Qué haremos?

[1] Judit Font (2014). Trabajo comunitario y movimientos sociales; una relación necesaria y poco existente. Revista de Treball Social, 203, 36-49.

[2] Chris Chapman y A.J. Withers (2019). A Violent History of Benevolence: Interlooking Opression in the Moral Economies of Social Work. Toronto: University of Toronto Press.

[3] El 15 de abril de 2020, en Comisión Parlamentaria, el ministro José Luis Escrivá expresó claramente la condicionalidad del Ingreso Mínimo Vital: https://youtu.be/OQgRyNAkgK8 (A partir del minuto 2:47:00 hasta el minuto 2:55:00).

[4] Carlos Sánchez Mato ¿Dónde está la bolita?. Publicado el 16 de abril de 2020 en eldiario.eshttps://m.eldiario.es/tribunaabierta/bolita_6_1017058294.html#click=https://t.co/cJT3zvRGvj

[5] Llegados a este punto, quienes no sepan de qué estoy hablando deberían ver, por ejemplo, la película de Ken Loach, Yo, Daniel Blake (2016), antes de seguir leyendo. Puedes verla completa aquí.

[6] Beth Humphries (2004). An Unacceptable Role for Social Work: Implementing Immigration Policy. British Journal of Social Work, 34, 93-107. DOI: 10.1093/bjsw/bch007

[7] Guy Standing (2010). Work after Globalisation: Building Occupational Citizenship. Cheltenham: Edward Elgar.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , | 3 comentarios

#TrabajoSocial en tiempos de pandemia /8/ CUIDADOS: LA CRISIS GLOBAL QUE AFECTA SERIAMENTE LA SALUD DE LAS MUJERES

Vivimos un cambio de época caracterizado por una crisis de los cuidados que es el resultado de dos hechos: uno, la transición demográfica relacionada con el aumento de la esperanza de vida y envejecimiento de la población (con el consecuente aumento de las enfermedades crónicas y las limitaciones funcionales). Dos: la progresiva superación (que no eliminación) de ciertas formas de división sexual del trabajo (que reconfigura estructuras, dinámicas, tamaños, valores y modalidades de convivencia) y que tiene, entre otras consecuencias, una importante disminución de la disponibilidad familiar y comunitaria en general, y de las mujeres en particular, para el cuidado.

Estas nuevas necesidades socio-familiares relacionadas con el cuidado de personas muy dependientes sólo pueden satisfacerse mediante dos acciones simultáneas (en el ámbito privado y en el público): un reparto igualitario y efectivo de las tareas de cuidado en el seno del hogar, y unas políticas públicas suficientes para posibilitar la conciliación efectiva entre la vida familiar, laboral y personal. 

Pero como ninguna de estas acciones efectivas se han desarrollado o articulado adecuada ni suficientemente en nuestro país, la respuesta a la crisis de los cuidados no ha sido otra que la externalización generizada del cuidado, porque siempre se produce entre mujeres: ya sean abuelas o mujeres extranjeras, principalmente. 

Y es que los hogares sin esposa-ama-de-casa han abierto nichos de empleo de trabajo doméstico y de cuidados que atraen a mujeres de países empobrecidos (aunque a costa de elevadísimos costes de conciliación y cuidado en las propias familias de origen de las mujeres extranjeras empleadas de hogar). 

Las clases medias y altas resuelven individualmente esa crisis de cuidados contratando a mujeres más pobres de países empobrecidos, conformando las denominadas cadenas globales de cuidados; mientras que las clases bajas la afrontan mediante la solidaridad vertical(generalmente abuelas que cuidan nietos/as). 

En todos los casos se trata de trasvases generizados del cuidado, que, en el caso de las mujeres extranjeras, implica un trasvase de desigualdades de clase y etnia entre las propias mujeres. Un trasvase que enmascara el mito del “nuevo igualitarismo en la pareja” y hace que permanezca subyacente e inalterado el patriarcado detrás de las estructuras domésticas y de empleo remunerado.

Esta crisis de los cuidados, adquiere carácter transnacional (implica a numerosas mujeres de diferentes países), por lo que debería denominarse crisis global de los cuidados. Una crisis que afecta de forma diferente según los países, la clase social, el género, la diversidad funcional o la procedencia étnica, produciendo siempre discriminaciones múltiples interseccionales de forma compleja en las mujeres cuidadoras extranjeras. La existencia de, al menos, una triple discriminación (como mujeres, como trabajadoras domésticas y como extranjeras), configura un complejo entramado de relaciones de poder que dificultan la integración plena de las mujeres cuidadoras extranjeras en la sociedad de acogida, y las mantienen en situaciones de explotación y vulnerabilidad mucho más complejas que la simple agregación de discriminaciones múltiples. 

Las mujeres extranjeras cuidadoras sufren el solapamiento e intersección simultánea de varios sistemas de dominación, opresión y discriminación; como son el género, la nacionalidad, la etnia, la clase social y hasta la ocupación. No debemos olvidar que el servicio doméstico es el más bajo en la escala sociolaboral y que, por reproducir la posición de subordinación de género históricamente asignada a las mujeres, así como por su cercanía con las tareas y relaciones de servidumbre, es el sector de ocupación con menor reconocimiento y valoración social de todas las ocupaciones legalizadas. Estos ejes de identidad interaccionan en múltiples y simultáneos niveles, configurando una identidad propia y diferente de la suma de discriminaciones múltiples, de forma que cada rasgo está unido inextricablemente a todos los demás, produciendo una injusticia sistemática y una desigualdad social multidimensional. Y es que todos los prejuicios basados en la intolerancia, no actúan de forma independiente, sino interrelacionada, creando formas de exclusión y sistemas de opresión propios de esa intersección entre múltiples formas de discriminación. Las distintas formas de violencia que sufren las mujeres extranjeras empleadas de hogar (incluida la violencia estructural), son el resultado de procesos de estratificación social, a través de mecanismos cuya consecuencia es que el acceso, reparto o posibilidad de uso de los recursos es resuelto sistemáticamente a favor de la población autóctona. Y estas condiciones estructurales condicionan y limitan sus pretensiones de libertad, independencia y autorrealización.

Ellas viven situaciones de dominación, racializadas y generizadas, imposibles en otras mujeres cuidadoras españolas o de la propia familia. Ellas se han visto obligadas a dejar sus propios hogares para garantizar una vida digna a sus hijos/as, a miles de kilómetros. Siendo el trabajo como empleadas de hogar en España, el primero de ese tipo que realizan en su vida. Las relaciones entre empleadoras y empleadas, lejos de contribuir a la disminución del sexismo, lo que hacen es reforzarlo a través de una relación profundamente asimétrica entre mujeres trabajadoras (empleada y empleadora) que refuerzan la división sexual del trabajo y contribuyen a la invisibilización de las tareas y el valor de los cuidados.

Que las tareas de cuidado de las personas dependientes estén a cargo de una mujer extranjera, es una situación que podría –al menos potencialmente- enriquecer culturalmente el proceso de cuidar. Sin embargo, en la mayoría de las familias nativas, esta “diversidad” en el modo de concebir y gestionar el cuidado, en lugar de valorizarse, suele generar conflictos entre saberes/sentires/haceres, que terminan resolviéndose siempre a favor de la mujer-empleadora mediante una acomodación-aprendizaje a los saberes/haceres autóctonos por parte de la cuidadora extranjera. En este ámbito, tampoco el sistema sanitario ayuda, ya que no valoriza los saberes relacionados con el cuidado, que no coincidan con las “prescripciones establecidas”.

Como escribí aquí, la crisis de los cuidados nos enfrenta al reto de reformular el contrato social entre clases sociales, el contrato de género entre hombres y mujeres, el contrato intergeneracional, el contrato entre regiones del mundo y el contrato entre el presente y el futuro. Y es que la crisis de los cuidados ayuda a colocar la sostenibilidad (global) de la vida (buena) en el centro de todo. En este contexto, como expliqué aquí, tenemos el deber moral insoslayable de colocar la fraternidad como valor central de nuestras sociedades: tenemos el deber de cuidarnos mutuamente, porque todos tenemos que ser cuidados y porque todas las personas somos cuidadas a lo largo de la vida. El valor del cuidado nos compete a todos, a diferencia de la justicia que es un valor que compete al Estado. Debemos responder al reto de construir una “democracia cuidadora” capaz de detectar necesidades y repartir responsabilidades. Porque las formas tradicionales de cuidar a las personas, en la familia y a cargo de las mujeres, ya no son posibles ni tampoco deseables.

No todo el cuidado puede estar profesionalizado, y eso implica que toda la ciudadanía (no solo las mujeres) debe hacerse responsable de determinados cuidados. Pero todo el cuidado que debe estar profesionalizado, debe proporcionarse como un derecho y debe realizarse en condiciones de trabajo decente y no de cuasi-servidumbre, precariedad y explotación como ahora sucede.

En un post anterior, decía que cuidado y sexismo van de la mano: la eliminación del sexismo y la socialización del cuidado también son inseparables. Por eso, la externalización del cuidado hacia otras mujeres no resuelve la crisis global de los cuidados, sino que la reproduce y diversifica, introduciendo nuevos aspectos y dimensiones en las relaciones de dominación.

La externalización del cuidado en nuestras comunidades recae siempre sobre otras mujeres, ya sean de la propia familia o empleadas de hogar (en su mayoría de origen extranjero). 

Desde el punto de vista de la salud comunitaria, es muy importante considerar las repercusiones que esta externalización produce en las mujeres cuidadoras: porque el cuidado es un bien relacional, aunque dicha relación pueda estar mercantilizada en muchas ocasiones (ya sea a través del mercado de proveedores individuales o de agentes organizados –públicos y privados-).

Llegados este punto podemos preguntarnos por el reto que todo esto supone para la salud comunitaria, y acerca de lo que debemos hacer para promover la salud y el cuidado de quienes cuidan a otros.

Las mujeres extranjeras que trabajan como empleadas de hogar en régimen de internas, sin duda deberían ser consideradas un grupo de acción prioritaria en los centros de salud, porque al elevado desgaste personal que suponen las tareas intensivas de cuidado, en ellas se añaden sufrimientos derivados de sus múltiples discriminaciones (como mujeres, como extranjeras, como trabajadoras y como cuidadoras). Hay quienes consideramos, en base a la evidencia de los resultados de numerosas investigaciones en nuestro país, que el trabajo de empleada de hogar en régimen de interna debería estar prohibido. Mientras eso no suceda, la prevención y la promoción de la salud con este grupo específico de población debería ser una prioridad insoslayable en los servicios de salud.

De acuerdo al valor de la fraternidad, el Estado debe proveer condiciones para la autoestima (entendida como capacidad para proponerse un plan de vida), lo que necesariamente conlleva una importante responsabilidad profesional por parte de los equipos de salud y de todos los profesionales encargados de prestar servicios sociosanitarios. 

La externalización generizada del cuidado no puede funcionar como tapadera que oculte los efectos perversos de un sistema de dominación que condena a las mujeres en general, y a las extranjeras en particular, a hacerse cargo de forma invisible y sin reconocimiento alguno, de las tareas de cuidado que resultan imprescindibles para garantizar la sostenibilidad de la vida. De nuestra vida, y de nuestras vidas.


Para saber más:

Aguilar-Idáñez, María-José (2010). Las ‘otras’ cuidadoras: mujeres inmigrantes en el servicio doméstico y trasvases generizados en el ámbito territorial del bienestarAlternativas, 17, 201-220.

Aguilar-Idáñez, María-José (dir.) (2010). Mujeres inmigrantes en el servicio doméstico: acceso al empleo y contratación, problemática ocupacional y condiciones de vida. GIEMIC-UCLM, Albacete.

Aguilar-Idáñez, María-José (2013). Condiciones de trabajo y percepciones de discriminación de las mujeres inmigrantes empleadas en el servicio doméstico en Castilla-La Mancha. En Martha J. Sánchez e Inmaculada Serra (eds.). Ellas se van. Mujeres migrantes en Estados Unidos y España (pp. 325-362). México, Instituto de Investigación Social de la UNAM, México.

Fantova, Fernando (2015). Crisis de los cuidados y servicios socialesZerbitzuan, 60, 47-62.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , | 2 comentarios

#TrabajoSocial en tiempos de pandemia /7/ SÓLO CUIDARNOS NOS CAMBIARÁ

Queremos disfrutar de nosotros mismos, de nuestras amistades y familia, queremos compartir las tragedias y placeres de la vida con quienes tenemos cerca y lejos. Queremos democracia: y eso significa compartir entre todas y todos, de manera igual y justa, las penas y las alegrías que implican los cuidados. Joan Tronto, 2017

El neoliberalismo ofrece una forma de comprender el mundo social que se basa principalmente en el mercado. Ese punto de vista tiene fallos, pero los neoliberales los resuelven refiriéndose al mercado como solución a dichos problemas. Frente a esto, ni los partidos de la izquierda ni los de la derecha han centrado correctamente su enfoque en las limitaciones reales del fundamentalismo de mercado. Como advierten Hoppania y Vaittinen, “siempre que los políticos o los responsables arreglan el caos causado por una crisis del sector asistencial, el orden se reorganiza y se reforma ligeramente. Obviamente, resulta poco probable que el resultado sea un orden económico totalmente nuevo”. Si queremos construir un marco alternativo necesitamos modificar nuestras formas de pensar respecto a la sociedad.

En entradas anteriores proponía, siguiendo las aportaciones de Gilligan y Tronto, el valor del cuidado como el eje central de ese marco alternativo necesario, que trata de dar respuesta a las nuevas direcciones que las necesidades y riesgos plantean a la sociedad democrática, que precisa ser “cuidadora” y “cuidada”.

En esta entrada, me centraré en algunas propuestas de Joan Tronto, que me parecen fundamentales para salir de esta crisis, cambiando algo más que la superficialidad de nuestros modos de relacionarnos, de prestar servicios y desarrollar las políticas sociales tradicionales.

El cuidado es entendido erróneamente todavía como una práctica particular y personal, que permanece invisible. Pero el cuidado es sobre todo social y político, porque tiene que ver con el poder. Veamos:

El cuidado, como señalan Fisher y Tronto, es “una actividad genérica que comprende todo lo que hacemos para mantener, perpetuar, reparar nuestro ‘mundo’ de manera que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo comprende nuestro cuerpo, nosotros mismos, nuestro entorno y los elementos que buscamos enlazar en una red compleja de apoyo a la vida”.

El cuidado, así entendido, se compone de cinco elementos operacionales o fases:

  1. ATENCIÓN: implica la necesidad de interesarse por una situación, ya que si alguien no identifica una necesidad, no se inicia ningún proceso de cuidado.
  2. RESPONSABILIDAD: una vez identificada una necesidad, alguien o alguna entidad tiene que encargarse de ella, es decir, asumir la responsabilidad.
  3. COMPETENCIA: es el trabajo real del cuidado, para cubrir, responder o satisfacer la necesidad.
  4. RECEPCIÓN: es la respuesta de quien recibe el cuidado, exige sensibilidad o capacidad de respuesta como cualidad moral.
  5. CUIDAR CON: mientras se produce el cuidado, las personas tienden a confiar en la provisión continuada de dicho cuidado. La confianza y la solidaridad son las cualidades morales de este componente del proceso de cuidado.

Este proceso, que es holístico, con frecuencia se encuentra atomizado, dividido y fragmentado entre actores, entidades y personas diferentes. Que realizan prácticas igualmente atomizadas, fragmentadas y, con frecuencia, incompletas y terriblemente insuficientes.

Una de las ventajas de usar el cuidado para construir un marco alternativo al orden dominante, es que la existencia de personas cuidadoras y receptoras de cuidados en diversas situaciones, tienen diferentes niveles de poder. El poder relativo de las personas cuidadoras o receptoras de cuidados, nos dice Joan Tronto, depende de la naturaleza de las necesidades. Cuando estas son precisas, la persona receptora del cuidado se encuentra en desventaja relativa en términos de poder (imaginemos que en un momento dado necesitamos las habilidades de una cirujana, por ejemplo). Otras veces, la necesidad puede colocar a la persona cuidadora en posición de decidir hacerlo por sí misma o encontrar a otra persona que lo haga. En todos los casos, “las situaciones de cuidados son siempre situaciones de poder, es decir, son inevitablemente políticas”.

Las responsabilidades de cuidado se pueden aceptar o rechazar de muchas formas. La tarea es encontrar la forma democrática de planificar el cuidado. De ahí la importancia de una ética democrática del cuidado, que es un enfoque que requiere entender la democracia como la asignación de responsabilidades entre todos los miembros de la comunidad política, así como el método democrático mediante el cual todas las personas tienen voz para dichas asignaciones.

La calidad de vida y la satisfacción de las necesidades para vivir una vida (buena) son entonces las preocupaciones centrales de la democracia. Al servicio de las cuales debe estar la economía (y no al revés como ocurre ahora).

En el pasado se han usado dos mecanismos para evitar que la gente acepte sus responsabilidades de cuidado: el primero es la “irresponsabilidad privilegiada”, que utilizan personas en posición de poder que pueden evitar sus responsabilidades de cuidado reasignándolas a otras personas. Históricamente se ha excluido de la toma de decisiones a la mayor parte de las personas a las que se ha obligado a realizar el trabajo de cuidados (la esclavitud o el colonialismo, son ejemplos de ello).

Otra forma no democrática de repartir responsabilidades consiste en “ausentarse” de la discusión: algunas personas reciben “permisos” para saltarse el debate sobre la responsabilidad. Justifican su evasión de responsabilidad  con argumentos tales como “estoy ocupado/a produciendo en el mercado”, “ya cuido a mi propia familia”, “ya hago donaciones a entidades que me gustan”, etc.

Las razones por las que algunos miembros de la sociedad han recibido “permisos” para evadir sus responsabilidades de cuidado deben responderse sin demora para que el cuidado pueda ser verdaderamente democrático.

El cuidado democrático requiere que mantengamos siempre en el centro de nuestro análisis las dinámicas de poder existentes en las relaciones del cuidado, ya sea a nivel individual, institucional, social o global. Requiere que entendamos la dinámica de la dominación y los efectos de las injusticias pasadas.

El cuidado democrático requiere que apreciemos la interdependencia humana: las relaciones son el centro de nuestro mundo y lo único que puede asegurar la vida (no la codicia de unos pocos).

Estudiar el poder en las relaciones de cuidados nos ayuda a descubrir las injusticias pasadas y presentes, nos permite percibir los patrones de dominación que subyacen y permanecen en las decisiones relacionadas con los cuidados. Nos permite identificar las diversas formas de interdependencia y encontrar mejores maneras de tratar las diferencias.

Esta es la mejor manera de reformular las políticas democráticas y de devolver a la economía el lugar que le corresponde, poniendo en el centro la interdependencia y el derecho a una vida buena, vivible y digna, de todas las personas (sin excepción).

Estos días de pandemia global y confinamiento forzado, son una ocasión propicia para reflexionar críticamente sobre nuestra experiencia vital y social en clave de relaciones y procesos de cuidado, de manera que esta experiencia individual y colectiva nos sirva para, entre otras cosas: reorganizar la jornada laboral (trabajando menos horas para cuidar mejor a la familia); dialogar sobre cuáles son las necesidades humanas reales y prioritarias; qué inversiones en salud deberían priorizarse para garantizar el cuidado de todos (y no el enriquecimiento de unos pocos); apreciar la importancia de cuidar el mundo natural para nuestra supervivencia, etc.

Cuando la política se desconecta de la vida de las personas surge el desencanto. Cuando la política trate sobre lo que de verdad importa, la gente volverá a interesarse por la política.

Entrada basada en los textos de Joan C. Tronto:

(1993). Moral Boundaries: A Policitcal Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge.

(2010). Creating Caring Institutions: Politics, Plurality, and Purpose. Ethics and Social Welfare, 4(2): 158-171.

(2013). Caring Democracy: Markets, Equaly and Justice. Nueva York: NYU  Press.

(2017). There is an alternative: homines curans and the limits of neoliberalism. International of Care and Caring, 1(1): 27-43.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | 2 comentarios

#TrabajoSocial en tiempos de pandemia /6/ SIN REPARTO DE CUIDADOS NO HAY DEMOCRACIA

De los tres valores que fundamentan las democracias modernas, sólo la Libertad y la Igualdad hemos conseguido que se traduzcan en Derechos: civiles y políticos (libertad individual), y sociales y económicos (igualdad), respectivamente.

Sólo en condiciones de igualdad pueden ejercer realmente su libertad todos los miembros de una comunidad política. Y esas condiciones de equidad sólo puede proveerlas el Estado. Mediante la Justicia, que es un valor que le compete en exclusiva.

Para que libertad e igualdad funcionen a la par, sin que la primacía de uno anule al otro (que es lo que viene ocurriendo), es imprescindible la concurrencia del tercer valor: la Fraternidad. Pero, como dijimos, se trata de un valor eclipsado que no se ha llegado a concretar en un conjunto de derechos garantizados (como lo son otros derechos).

La fraternidad tiene que ver con el cuidado. El valor del cuidado nos compete a todos, a diferencia de la justicia que compete al Estado.

El cuidado es un valor nuevo que se ha puesto de manifiesto como un valor básico de las mujeres. Carol Gilligan fue quien primero lo analizó en la evolución de la conciencia moral. Ella llamó la atención sobre el cuidado de las personas (de unas a otras) como valor relegado de la vida pública, como valor asociado a la vida doméstica, privada, desempeñado sólo por mujeres, al habérsenos adjudicado a nosotras -histórica y culturalmente- el cuidado de hijos, enfermos, ancianos, padres, etc. Dice Gilligan que la justicia, al ser un valor asociado a la vida pública, es en cierto modo un valor “masculino”, regulado mediante un contrato (leyes y obligaciones mutuas) entre el Estado y los individuos. Un contrato por el que cedemos parte de nuestra libertad al Estado, a cambio de que éste nos proteja.

Pero el cuidado, a diferencia de la justicia, no es un valor que sólo compete al Estado. El cuidado es un valor igual de importante que la justicia, pero que nos compete a todos. ¿Por qué? Pues porque todas las personas, sin excepción, necesitamos cuidar y ser cuidadas para poder, simplemente, vivir. Todas las personas, para no morir, necesitamos ser cuidadas por otras en periodos largos de nuestras vidas. Todos nacemos (y morimos) dependiendo del cuidado de los demás. Desde que nacemos necesitamos el cuidado de otros durante bastantes años para sobrevivir. Lo mismo cuando enfermamos, cuando perdemos capacidad funcional y autonomía (ya sea de forma temporal o permanente), cuando envejecemos. Dicho brevemente: todas las personas, a lo largo de nuestra vida necesitamos cuidados. Tenemos que cuidar a otros y ser cuidadas por otros, como condición absolutamente necesaria para el desarrollo de la vida.

Por eso debemos tomar conciencia de la necesidad de construir y organizar lo que Joan Tronto llama una “democracia cuidadora”, una democracia capaz de detectar las necesidades de TODOS sus miembros y de repartir responsabilidades. Porque el valor del cuidado nos compete a todos.

Detectar necesidades implica desarrollar sensibilidad para captar nuevos problemas, riesgos, necesidades de cuidado que a lo mejor antes no existían o se expresaban socialmente de otros modos. Desarrollar la empatía social y estar atentos a lo que otro requiere para que la vida sea sostenible. Para que la vida puede ser vivible, es decir, digna, merecedora de ser vivida. Eso implica la capacidad de dar y recibir cuidados. Cuidarnos es la nueva revolución, dice Marina Garcés. Un tema clave del feminismo, la acción barrial, la autodefensa local o el trabajo social; aunque a veces se parezcan demasiado a los cuidados paliativos.

Repartir responsabilidades significa establecer qué le compete al Estado (a las administraciones públicas) y qué nos compete a las personas, a las familias, al voluntariado. Nadie puede escapar de las responsabilidades del cuidado. Los hombres tampoco. Como dice Fernando Fantova, la crisis de los cuidados nos enfrenta al reto de reformular el contrato social, el contrato de género entre hombres y mujeres, el contrato intergeneracional, el contrato entre regiones del mundo y el contrato entre el presente y el futuro. Y es que, la crisis de los cuidados (que en estos días de pandemia y confinamiento global se muestra con toda su crudeza) “ayuda a colocar la sostenibilidad (global) de la vida (buena) en el centro del diagnóstico y las propuestas” (p. 54).

No todo el cuidado debe ser provisto por el Estado. Ni todo el cuidado debe estar profesionalizado. La ciudadanía debe hacerse responsable de determinados cuidados (lo estamos comprobando estos días también). Para un adecuado reparto de responsabilidades en una democracia cuidadora, conviene diferenciar el autocuidado (personal) y el cuidado primario (familiar, comunitario), del cuidado como “bien que debe ser producido por las políticas sociales”. Es decir, el cuidado que deben recibir las personas que no pueden cuidarse a sí mismas. Como tan acertadamente explica Fantova: el cuidado adquiere el carácter de bien público cuando se reconoce el Derecho a recibir determinados cuidados en determinadas situaciones o circunstancias. Las relaciones de cuidado son fundamentales para el desarrollo humano, pero cuando los vínculos familiares y comunitarios para proveerlos no existen o son insuficientes, es responsabilidad pública que debe ser ejercida, procurando las acciones de cuidado que aseguren el desarrollo humano y la sostenibilidad de la vida. Hablamos entonces de cuidados profesionales. De cuidado formal. Ya sean temporales o “cuidados de larga duración” (p. 51).

No olvidemos que cuidado y sexismo van de la mano. La eliminación del sexismo y la socialización del cuidado también.

Para saber más cuidados y sevicios sociales os invito a leer el artículo completo de Fernando Fantova.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | 5 comentarios

#TrabajoSocial en tiempo de pandemia /5/ EL DESAFÍO ANTIRRACISTA DEL TRABAJO SOCIAL

En un orden social injusto las estructuras de dominación son fuentes permanentes de la “falsa generosidad”, que es funcionalmente domesticadora. Esta constatación de Paulo Freire, plantea que la solidaridad es una actitud radical, por lo que declarar que las personas son libres pero no hacer nada para que esta afirmación sea concreta y objetiva, es una farsa. 

En el marco del trabajo social antiopresivo, Lena Dominelli analiza los procesos de definición de la alteridad por parte de los/as profesionales de la acción social. Poniendo en evidencia cómo las mismas profesiones que deberíamos luchar contra el racismo reproducimos relaciones de dominación basadas en la etnificación y la racialización de las diferencias sociales. La solidaridad, en este contexto, se transforma en un dispositivo más de dominación. 

Una tarea primordial de quienes trabajamos en la acción antirracista es contribuir a la deconstrucción de la lógica racista que en muchos casos reproducen nuestros principales agentes de socialización: instituciones educativas, familias, amigos, medios de comunicación. Y, sobre todo, debemos reflexionar críticamente sobre los modelos implícitos y los privilegios que condicionan nuestra acción (profesional y no profesional), ya que son el reflejo de los elementos racistas integrados en nuestro horizonte cultural.

Debemos ser conscientes desde dónde teorizamos. Evitar el etnocentrismo y el falso universalismo, teniendo siempre en cuenta la particularidad de nuestras propuestas y la importancia de las epistemologías del sur en los procesos de resistencia a la dominación. No podemos contribuir al antirracismo sin admitir la colonialidad de nuestro saber, sin deconstruir los modelos implícitos que subyacen a nuestra forma de intervenir. Se trata, antes de todo, de dar espacio a prácticas antirracistas que se desarrollan “desde los márgenes”, de reconocer la capacidad de autodefinición de los grupos subalternos, lo cual significa, inevitablemente, redefinir nuestra identidad. 

La redefinición de una cultura antirracista necesita crear espacios de diálogo y colaboración entre las teorizaciones y las prácticas que se desarrollan en el norte y en el sur, entre personas que pertenecen a los grupos dominantes, pero que quieren romper con el sistema de opresión, y los grupos subalternos. Decolonización de nuestro marco de referencia, diálogo y reconocimiento son los tres elementos básicos a partir de los cuales el antirracismo europeo puede reconstruir su legitimación.

El antirracismo tiene que ser entonces, esencialmente reflexivo, incluyendo siempre la dimensión del poder. La reflexividad es la consideración continua de cómo los valores, la diferencia social y el poder afectan las interacciones entre individuos. Estas interacciones deben entenderse no solo en términos psicológicos, sino también como una cuestión de sociología, historia, ética y política. 

El antirracismo critico y transformador, como práctica antiopresiva, es un proceso que empieza siempre con un trabajo reflexivo que cuestiona los propios prejuicios, los propios modelos implícitos y la posición que ocupamos en el sistema de dominación para así tomar conciencia de nuestro papel en la reproducción de las estructuras de discriminación y poder. 

Esto implica un proceso continuo de cuestionamiento de nuestras prácticas y un replanteamiento dialógico de nuestras estrategias de acción. Implica la disposición a cambiar radicalmente la lógica tradicional de nuestras intervenciones y reconocer la responsabilidad política de nuestro papel. 

Descripción: Macintosh HD:Users:mariajose.aguilar:Desktop:Captura de pantalla 2020-03-22 a las 12.47.12.png

Esta es una invitación a la lectura del último capítulo de nuestro libro, de libre acceso: Buraschi, D. y Aguilar, Mª J. (2019). Racismo y antirracismo. Comprender para transformarEl texto de este post es una adaptación de párrafos escritos en las páginas 123 y 133 del libro. 

En próximas entradas desarrollaré algunos de los aspectos fundamentales para realizar un trabajo social emancipatorio. O, al menos, antiopresivo.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

#TrabajoSocial en tiempos de pandemia /4/ RACISMO CONTEMPORÁNEO: decálogo para un antirracismo eficaz

Justo hace 60 años la policía de Sharpeville (Sudáfrica) abrió fuego en una manifestación pacífica. Mataron a 69 personas. Seis años después, la ONU proclamó el 21 de marzo como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, pidiendo a los países y a la comunidad internacional que eliminaran toda forma de racismo. El sistema del apartheid en Sudáfrica se desmanteló y en muchos países se suprimieron leyes racistas. Pero la discriminación racial no ha desparecido, más bien se ha modernizado, adaptándose a los contextos actuales. El enfoque securitario y el discurso del miedo son algunas de las expresiones más comunes de las nuevas formas de racismo contemporáneo.

La historia del racismo nos enseña que se trata de un fenómeno que ha sabido adaptarse y transformarse según las circunstancias y los contextos históricos, sociales, culturales y políticos. Un aspecto clave de las dinámicas racistas contemporáneas es la existencia de un círculo vicioso, entre racismo institucional, racismo social y medios de comunicación, en el sentido que el discurso del miedo, característico del enfoque securitario, se retroalimente y se desarrolla gracias a la interacción entre el discurso institucional, la opinión pública y los medios de comunicación.

Son numerosas las manifestaciones en Europa de racismo contemporáneo que se pueden inscribir en este enfoque securitario: la existencia de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), los controles policiales arbitrarios en las calles por fenotipo, las expulsiones ilegales del territorio nacional, el surgir de nuevos movimientos políticos islamófobos como PEGIDA, el auge de los partidos de extrema derecha y las políticas cada vez más restrictivas en materia de asilo. 

De la unión del racismo institucional con el racismo social nace lo que se denomina racismo “democrático”: un racismo que evita la acusación de “racismo” porque evita hablar de razas y se basa en dos principios aceptados socialmente: la autodefensa y la preferencia nacional. Es decir, el discurso racista se alimenta del miedo y justifica el rechazo de las personas migrantes y que solicitan asilo así como la violencia hacia ellas. Pero no en nombre de una supuesta diferencia racial, sino porque considera que es legítimo defenderse frente la amenaza que representan estas personas y porque, en una época de crisis, hay que dar prioridad a “los nuestros” (preferencia nacional).

Pero en este contexto ¿es todavía oportuno hablar de racismo?  Aunque no se haga explícitamente referencia a las razas, es importante tener en cuenta que el enfoque securitario y el discurso de miedo se pueden comprender y combatir solamente si se interpretan como nuevas formas de racismo.  

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de racismo? Podemos identificar dos elementos fundamentales del racismo: la dominación y la inferiorización. Dominación en tanto que el racismo es un principio estructurador del sistema y una manifestación concreta del poder y la opresión de un grupo sobre otros. El mecanismo de inferiorización del otro opera mediante una diferenciación radical; es decir, las diferencias se racializan. Racialización significa que las diferencias fenotípicas, sociales, culturales, religiosas etc. se piensan como si fueran naturales, esenciales, como si fueran marcadores de una supuesta raza. El racismo implica una diferenciación esencial y radical entre grupos humanos, el reduccionismo de la complejidad de las personas a pocas características vinculadas con un grupo (identidad cultural, fenotipo, pertenencia étnica, religión, idioma) y una relación determinista entre estas características y la forma de ser de una persona.

Definimos el racismo como “un sistema de dominación e inferiorización de un grupo sobre otro basado en la racialización de las diferencias, en el que se articulan las dimensiones interpersonal, institucional y cultural. Se expresa a través de un conjunto de ideas, discursos y prácticas de invisibilización, estigmatización, discriminación, exclusión, explotación, agresión y despojo” (Aguilar y Buraschi, 2016, p. 34).

¿Podemos hacer algo realmente eficaz desde lo comunitario y lo personal para combatir el racismo?

La respuesta es, rotundamente, SI.

Puedes descargar esta breve guía práctica que usan numerosos grupos de todo el Estado. En ella encontrarás las herramientas para realizar este DECÁLOGO:

En esta entrevista en vídeo explico algunos contenidos de la guía.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , | 1 Comentario

#TrabajoSocial en tiempos de pandemia /3/ VALORES Y DEMOCRACIA CUIDADORA

Hasta ahora hemos vivido y construido sociedades atomizadas y fragmentadas, donde cada uno va a lo suyo, y donde los intereses personales priman sobre los intereses sociales. Una de las oportunidades que esta crisis encierra, es que puede permitirnos avanzar significativamente hacia la construcción de eso que llamamos “bien común”.

Algo que no significa lo mismo para según qué personas, y que ahora tendríamos que tener mucho más claro. Sobre todo porque estamos experimentando las consecuencias de lo que no es el bien común: cuando perseguimos intereses corporativos, cuando lo que prima son los intereses económicos, los intereses de los más poderosos, que no tienen nada que ver con lo que debería ser el bien común. Vivimos en un vacío moral, del que nos habla Tony Judt, en su célebre libro Algo va mal.

Pero ese vacío moral no es resultado de valores y principios no compartidos. Es una falta de Ethos, como señala Victoria Camps. La ética es la voluntad de aplicar unos valores. De hacer “lo que se debe hacer” en coherencia con esos valores. No nos faltan valores, nos faltan maneras de ser, de comportarnos de manera coherente con los valores y principios que todos defendemos. Con los valores democráticos y con los principios propios de un Estado de Derecho que todos sabemos muy bien cuáles son. Tenemos muy clara la teoría, pero hemos sido incapaces de llevar esos valores y principios a la práctica. Son valores y principios reconocidos desde la modernidad: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Son la base de los Derechos Fundamentales, que dan lugar a los Derechos Civiles y Políticos (derechos de la libertad) y a los Derechos Sociales (derechos de la igualdad). Los derechos de la fraternidad, en cambio, no han sido desarrollados.

El valor de la Fraternidad ha sido eclipsado, por falta de voluntad para priorizar estos valores de la modernidad. La Fraternidad es el único valor que puede permitir que Libertad e Igualdad funcionen a la par. Porque no puede haber libertad sin igualdad. Dicho de otro modo: los menos iguales no pueden elegir, tienen menos libertad.

Para que haya más igualdad (derechos sociales) tiene que haber más intervención pública, porque sólo el Estado puede hacer que una sociedad desigual sea más equitativa. Las personas no podemos hacerlo (podemos hacer caridad o ayudar al vecino) sólo al Estado compete la posibilidad de la justicia y la equidad (redistribución).

La redistribución de riqueza es difícil por el triunfo de la ideología liberal que da absoluta primacía a la libertad individual, anteponiendo el interés individual al bien común. Por eso es tan difícil redistribuir la riqueza. Pero la crisis financiera ha hecho crecer las desigualdades y agrandado más aún la brecha social. Por lo tanto, lo que esta en crisis es la igualdad, es la justicia redistributiva. Las necesidades crecen, aparecen nuevos problemas sociales, las democracias de extienden (mejor o peor) y los gobiernos han tenido cada vez menos disposición para hacer frente a esas necesidades.

Por eso, debemos tener muy claro que la desigualdad afecta a la libertad, a la capacidad de escoger, afecta a la capacidad de hacer uso de las oportunidades que el Estado llega a ofrecer a todos. Eso se ve muy claramente en la educación y el fracaso escolar de los niños de familias más desfavorecidas, que no es que no sepan, es que no pueden aprovechar las oportunidades de educación porque tienen que atender otras necesidades más básicas.

La desigualdad afecta, por tanto, a la libertad, pero afecta también a algo aún más importante: a las condiciones sociales para la autoestima. Algo que, como dice John Rawls, es uno de los bienes básicos que el Estado debe proveer a los individuos. La autoestima es la capacidad para proponerse un plan de vida y tener posibilidades de perseguir ese plan de vida. Cuando los individuos pierden la autoestima lo pierden casi todo. Porque la autoestima es el móvil, es la motivación fundamental para seguir actuando. Lo que tiene una base material importante. Y cuando las condiciones materiales no se dan, todos los demás derechos quedan en papel mojado. La libertad no es real sino ficticia. Por eso hay que poner en el centro las exigencias éticas de la justicia. Y la justicia solo se vehicula a través de políticas públicas. A través de políticas que quieran llevar a cabo esa exigencia.

Habíamos señalado antes que sólo la Fraternidad puede asegurar y permitir que Libertad e Igualdad funcionen simultáneamente. Pues bien, la Fraternidad tiene que ver con el cuidado. Un valor nuevo de igual importancia que la justicia, pero que hasta hace poco no ha sido considerado ni desarrollado como derecho.

El valor de la justicia compete al Estado. El valor del cuidado nos compete a todos. Para que el cuidado (la Fraternidad) se lleve a la política, es preciso construir lo que Joan Tronto llama una “democracia cuidadora”: una democracia que sabe detectar necesidades y repartir responsabilidades.

De democracia cuidadora, hablaremos en unos días.

Puerta hacia la democracia cuidadora, que está por abrir
Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , , , , | 3 comentarios