¿Qué significa promover comunidades y entornos SOSTENIBLES desde el trabajo social?

Promover comunidades y entornos sostenibles no es asunto exclusivo del trabajo social comunitario, sino de TODO el trabajo social. Aunque se trabaje con una sola persona, el trabajo social debe intervenir en el ambiente social, de modo que las acciones, por pequeñas y personales que sean, generen sinergias que ayuden a la creación de entornos vitales humanos, donde los bienes relacionales y comunales puedan alcanzar su máxima potencia. Y todo ello debe hacerse centrado en la persona y, además, de forma sostenible.

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La sostenibilidad es un valor y un concepto que el pensamiento ecologista ha logrado incorporar en el discurso social, cultural, político y económico, pero que no siempre ha sido aplicado con rigor. Con frecuencia, lamentablemente, el concepto se ha “desvirtuado” (o empleado vacío de su verdadero contenido) para ser usado como “adorno” o una moda más. Como si añadir el vocablo “sostenible” a cualquier acción humana le diera legitimidad o la convirtiera per se en algo bueno. De esa forma, se ha utilizado torticeramente el concepto de “sostenibilidad” para justificar recortes de derechos sociales, para realizar intervenciones cada vez más burocratizadas y procedimentalizadas (lo que Dustin denomina “MacDonaldización del trabajo social”), para privatizar servicios de bienestar, eliminar programas sociales o despedir profesionales.

Por ello quiero detenerme aquí en señalar algunas críticas que el pensamiento ecologista ha formulado al concepto tradicional de bienestar, ya que si queremos desarrollar un trabajo social que contribuya a mejorar los entornos vitales de las personas y que éstos sean sostenibles desde el punto de vista del desarrollo humano (que no hay que confundir con el desarrollo económico), me parece interesante tenerlos en cuenta.

La concepción ecologista sobre el bienestar social y los servicios sociales, está enraizada con la crítica a las sociedades industriales avanzadas y a sus estructuras de producción del bienestar. La crítica ecologista a la sociedad industrial contiene inevitablemente una serie de críticas a los actuales servicios de bienestar:

  • los servicios de bienestar de estas sociedades se plantean para hacer frente a los síntomas más que a las causas de los problemas sociales,
  • implican niveles altos de tecnología asociados a un despilfarro de los recursos y a la destrucción ambiental, y
  • se basan en grandes unidades de organización que dificultan la independencia y autonomía personal y la participación de la gente.

La visión ecologista de la política y el bienestar social incluye los criterios ambientales y la idea de sostenibilidad social como un eje central de las mismas. Además, la política social –según el pensamiento ecologista- debe gestionarse localmente, reducir el gasto público no social y otorgar una mayor autonomía y participación a los ciudadanos.

Esto implica, por ejemplo, apoyar la promoción de recursos comunitarios que favorezcan la permanencia de las personas en su entorno y su participación activa en la sociedad. A nivel de servicios supone priorizar los apoyos profesionales en el entorno familiar y comunitario, los centros de día y diversos dispositivos de proximidad (apoyos domiciliarios de todo tipo, educación familiar, centros abiertos, respiro familiar no residencial, teleasistencia, etc.).

Desde el punto de vista estratégico, la sostenibilidad supone potenciar todos los programas preventivos. No sólo por el ahorro económico que supone en tratamientos y atenciones especializadas de mayor coste, sino porque constituyen el modo más efectivo de garantizar los derechos a la protección social de las personas. Se trata de apostar por el desarrollo de programas preventivos frente a las adicciones, el maltrato, la exclusión, la pobreza, el desamparo, el envejecimiento, etc. de la infancia, la adolescencia, la juventud, las mujeres, las personas mayores, y todo tipo de colectivos que pueden ser susceptibles de sufrir alguna de las problemáticas que con programas preventivos se pueden evitar con menor coste.

Crear entornos sostenibles solo puede lograrse mediante políticas sociales sostenibles, lo que significa fortalecer y fomentar la iniciativa social en el ámbito de la acción social. No se trata (como sucede a menudo) de utilizar las entidades del tercer sector para eludir la responsabilidad pública, fragilizar la protección social, precarizar el empleo en el sector social o crear redes clientelares. Tampoco se trata de fomentar la mercantilización-privatización de los bienes públicos. Se trata de todo lo contrario: trabajar para construir una sociedad civil organizada, con verdaderas organizaciones voluntarias y de la comunidad capaces de participar crítica y activamente y densificar la red social (crear y reforzar bienes comunales) y de trabajar también con las familias y el vecindario para reforzar los bienes relacionales que son tan importantes como los bienes públicos y privados en materia de protección social.

Como recuerdan George y Wilding, el ecologismo otorga un importante papel a la política social, la cual debería ser financiada y administrada según los principios de igualitarismo, satisfacción de necesidades básicas para todos, independencia comunitaria e individual, participación pública, mantenimiento y respeto por el ambiente.

Apostar por la sostenibilidad es, sobre todo, trabajar por la sostenibilidad de la vida, por ello los cuidados (en perspectiva de género) deberían ser el vector transformador de todas las políticas (no sólo de las políticas sociales) y del trabajo social. Y es que no deberíamos olvidar que el trabajo social tiene tres grandes objetivos estratégicos que podríamos sintetizar en la fórmula –por sus siglas en inglés- de las “3C”: Caring, Curing y Changing; esto es: Cuidar, Intervenir y Transformar.

 

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INDIFERENCIA, FRONTERAS MORALES Y ESTRATEGIAS DE RESISTENCIA

 

La inmovilidad y la indiferencia de parte de la sociedad europea frente a la crisis humanitaria vivida por la población desplazada forzosa, es la expresión dramática de una paradoja moral: reivindicamos valores éticos universales pero llevamos a cabo una práctica moral particularista, excluyendo de nuestro espacio moral a gran parte de la humanidad.

Es preciso disponer de algunas herramientas conceptuales para interpretar la indiferencia frente a las personas refugiadas. La indiferencia hacia los miembros de determinados grupos, lejos de ser una patología social, o una actitud individual, es un guión relacional normalizado, un dispositivo fundamental de toda biopolítica y tanatopolítica basado en el paradigma securitario. El espectador indiferente es un elemento básico de los procesos de dominación y deshumanización: los normaliza, legitima, autoriza y justifica. La indiferencia es performativa en el sentido que es un proceso activo de construcción de nuestro mapa moral: no es mera pasividad, porque para lograr la apatía es necesario un ejercicio de violencia, un borrado activo de la percepción de la humanidad de la otra persona.

En este artículo pretendemos, por una parte, analizar algunos mecanismos que están detrás de la construcción de fronteras morales: líneas abismales que separan las personas de las “no-personas”, haciendo particular hincapié en el triple proceso de negación: la negación de los hechos, la negación del significado y la negación de la responsabilidad.

Por otra parte, queremos proponer un modelo metodológico para resistir a la indiferencia a través de un doble proceso de concientización – movilización. Se trata de un modelo de intervención participativo, basado en evidencias científicas que puede contribuir a la canalización de las diferentes formas de resistencia a la indiferencia que se están articulando en la sociedad civil.

Si prefieres escuchar en lugar de leer, aquí puedes ver el vídeo de una reciente presentación del tema.

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Despido el año compartiendo contigo

En estos minutos finales del año escribo la que será mi última publicación de 2016. Después de darle vuelta a varios temas que llevo sin terminar desde hace tiempo, finalmente he decidido que lo mejor era compartir contigo alguna de las publicaciones que acabo de subir a esta weblog hace unos minutos.

Creo que reflejan bien algunas de mis principales preocupaciones intelectuales, profesionales y personales. No sólo durante este año que termina, sino durante los últimos años de mi vida.

He subido mi libro completo (en portugués, que era una tarea pendiente desde hace años) A ACÇAO SOCIAL A NÍVEL MUNICIPAL. Es un pequeño regalo a mis estudiantes de Porto que este año he recibido en Cuenca.

También quiero compartir varios trabajos que he tenido la oportunidad de realizar junto a colegas excepcionales: con Francisco Alvira, un capítulo dedicado a LA EVALUACIÓN DE INTERVENCIONES SOCIALES (en el clásico actualizado: El análisis de la realidad social); con Demetrio Casado y Mª Jesús Sanz, un diálogo en la Revista Políticas Sociales en Europa, sobre LA OPORTUNIDAD VITAL DE LA CRIANZA COMPARTIDA; con Rosa Soriano, Héctor Cebolla, Luis Die, Andreu Domingo, Blanca Garcés, J. Carlos Andreo y Estrella Gualda, UNA REFLEXIÓN SOBRE METODOLOGÍAS DE INVESTIGACIÓN EN EL CAMPO DE LAS MIGRACIONES, a raíz del diálogo colectivo que generamos en la mesa de trabajo en el congreso de migraciones de Bilbao; y con mi mejor colaborador y compañero de equipo de investigación en la última década, Daniel Buraschi, nuestro último artículo publicado en la Revista de servicios Sociales y Política Social, titulado DEL RACISMO Y LA CONSTRUCCIÓN DE FRONTERAS MORALES A LA RESISTENCIA Y EL CAMBIO SOCIAL: LA SOCIEDAD CIVIL FRENTE A LAS MIGRACIONES FORZOSAS.

Publico también hoy en esta weblog otros artículos, escritos en solitario, en los que reflexiono sobre temas que llevan acompañándome y preocupándome en las últimas décadas: uno sobre TRABAJO SOCIAL SANITARIO: POTENCIAR LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y COMUNITARIA. COMUNIDADES SALUDABLES, editado en la Revista Trabajo Social y Salud; y otro publicado en la Revista Barataria, sobre DISCRIMINACIONES MÚLTIPLES DE LOS MIGRANTES EN PERSPECTIVA DE DERECHOS, que es el tema con el que inicié una serie de 5 post en mi blog en este año que ahora se termina.

Sólo deseo que este nuevo año 2017 sea más justo, más fraterno y mucho menos inhumano de lo que ha sido 2016, y que en este nuevo año, el dolor de los otros no nos siga dejando indiferentes.

 

 

 

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La importancia de las REDES de apoyo

“La salud es una manera de vivir autónoma, solidaria y gozosa” (Jordi Gol, 1976)

 

Las redes sociales son un poderoso agente de bienestar y salud de las personas, que l@s profesionales debemos saber fortalecer (o generar, si no existen). Tienen una importancia capital en cualquier tipo de proceso tendente al bienestar y el desarrollo humano pleno.

Ring of many hands team

Desde el punto de vista estructural, la caracterización de los sistemas de apoyo social es básicamente de red social. La modalidad en que las personas operan dentro de una comunidad son las redes de comunicación. Este es un concepto y un instrumento sumamente útil para el trabajo comunitario. Cada persona de la comunidad mantiene relaciones de comunicación con otras personas pertenecientes a la misma comunidad, y puede -además- ampliar tanto el número como el tipo de relaciones. Precisamente es esta posibilidad de ampliación y utilización de las redes sociales, lo que constituye -a mi juicio- uno de los núcleos fundamental del trabajo profesional en atención primaria (ya sea en el ámbito de la salud, los servicios sociales, etc.). La principal función de este tipo de intervención profesional es el estímulo y sostén de la autoayuda y la ayuda mutua. La existencia de redes -formales e informales- es lo que protege socialmente a las personas, familias y grupos; evitando o disminuyendo los riesgos de exclusión social y, por ende, el empeoramiento de su estado de salud (entendida en el sentido que aparece al inicio de este post). Es decir, la creación y el fortalecimiento de las diversas redes sociales (y especialmente las de apoyo social) constituye el mejor antídoto preventivo frente a problemas sociales que derivan en marginación, desintegración y exclusión social, falta de salud en definitiva.

De acuerdo a este enfoque operativo, cada persona puede ser equivalente a un punto del cual parten líneas (relaciones de comunicación) hacia otros puntos (persona o personas con las que se relaciona), convirtiéndose en centro de una red. Así, una red social está formada por las series de relaciones que cada persona configura en torno suyo. Cada una de estas relaciones puede tener cualidades muy diversas: distinta frecuencia, distintos contenidos (utilitarios o emocionales), y dependiendo de las mismas se pueden identificar distintos niveles de densidad según el sector de la red de que se trate. De este modo, podemos identificar áreas donde se refuerzan valores o normas, y nuestra intervención en ellas nos puede permitir una mayor capacidad de acción. Cada persona participa en varias redes, pudiendo existir superposiciones e interconexiones entre ellas.

Es importante que l@s profesionales sociales y sanitarios identifiquen las redes de comunicación más importantes de su comunidad, y que sepan en torno a qué personas se producen más intercambios. Esto nos indicaría cuáles son las personas de mayor influencia y a través de las cuáles podemos llegar a otras a las que nos sería difícil llegar nosotros directamente. Saber cuáles son estas redes sociales es algo que podemos ir conociendo a medida que vayamos trabajando con la gente, siempre y cuando tengamos una actitud receptiva y seamos buenos observadores. Algunas redes de apoyo social podemos identificarlas con relativa facilidad si existen grupos de ayuda mutua u otro tipo de asociaciones sociales. Otras, por su carácter más informal puede ser más dificultoso. En cualquier caso, siempre es útil preguntar a las personas que llevan más tiempo en la comunidad y a otros agentes externos que puedan conocerlas con mayor profundidad. Si no somos capaces de identificar esas redes y de introducirnos en ellas (contactando con personas que aparezcan en las zonas de mayor densidad de la red), difícilmente podamos tener una verdadera influencia y estimular los cambios necesarios para la transformación. Por otra parte, el conocimiento de las redes de apoyo social específicamente, nos puede permitir realizar un trabajo de apoyo y refuerzo que complemente acciones de la propia población. Dicho en otras palabras, nuestra acción en estos casos no debe ser sustituir sino apoyar, ayudar y reforzar a aquellas personas y grupos que -como parte de dichas redes- ya cumplen una función social en el seno de la comunidad.

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El trabajo en atención primaria, de salud y de servicios sociales, enfrenta un gran reto si quiere potenciarse y desarrollar el rol que puede llegar a jugar, y si quiere demostrar su importancia y significación en la sociedad contemporánea: la acción de grupo será la clave en el futuro y de su potenciación dependerá que en el futuro nuestro actual sistema sanitario tenga una orientación comunitaria para cuidar la salud de las personas. Sólo si somos capaces como profesionales de lograr que la gente se ayude a sí misma -y esto sólo puede hacerse a través del grupo y el apoyo social que éste genera-, actuando como catalizadores del proceso, estimulando y asesorando, nunca sustituyendo la acción de las propias personas, haremos que el trabajo comunitario en salud tenga sentido. No podemos conformamos con ser meros proveedores o intermediarios de servicios y prestaciones sanitarias, la atención primaria no va de eso.

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¿La educación social como garante de los derechos de la ciudadanía?

carnavaldeblogs_castAcepto el reto de escribir este post, sin apenas tiempo y “de un tirón”, porque desde CEESC han querido que nos sumemos a este “carnaval” algunas profesionales de disciplinas afines y cercanas a la educación social. En mi caso, desde el Trabajo Social. Gracias, en primer lugar, por esta invitación a la reflexión.

He puesto entre signos de interrogación el título (y tema global del carnaval) porque -como decía Paulo Freire-, mucho más interesante que dar respuestas, es formular preguntas.

Para responder a la pregunta que da título a esta breve reflexión, es preciso aclarar primero ¿qué entendemos por ciudadanía? O, mejor, ¿qué significa ser ciudadano/a?.

 Según el Consejo de Europa, ciudadano/a es cualquier “persona titular de derechos y obligaciones en una sociedad democrática”. Es decir, la ciudadanía nos remite necesariamente a un contexto político. Y si la ciudadanía -como indica Marshall-, es el estatus que se concede a los miembros de una comunidad política, cualquier exclusión de la ciudadanía significa una disminución de derechos. Parece obvio, entonces, que no puede haber ciudadanía PLENA sin el reconocimiento (y su consecuente posibilidad de ejercicio) de TODOS los derechos (humanos, sociales, económicos, civiles y culturales). Dicho en otras palabras: el no reconocimiento, o la limitación en el ejercicio, de algún derecho, significa una devaluación-eliminación del estatuto de ciudadana/o.

En una sociedad democrática, y sobre todo si esa sociedad se configura políticamente como un Estado Social de Derecho (que es lo que pone –al menos por escrito- en la Constitución Española actual), ¿se pueden exigir unos deberes como ciudadano y una integración social plena a quien no tiene los derechos básicos reconocidos?

La integración social pasa por una integración política plena y unos mínimos niveles de integración socio-económica. Por lo tanto, la premisa fundamental para la integración social de cualquier persona (incluidas todas las personas migrantes) ha de basarse en su reconocimiento como ciudadano, con derechos y deberes, y no en su identidad. Como tan acertadamente ha señalado Javier de Lucas, el reconocimiento de derechos es una condición previa y necesaria (aunque no suficiente) para que haya una política y una realidad social de integración. La integración es un proceso enormemente complejo, en el que intervienen factores psicológicos, sociológicos, políticos, económicos y culturales. Pero sin el reconocimiento previo de derechos y su posibilidad de ejercicio, solo cabe hablar de políticas de integración parcial. Integrar es, primeramente, equiparar en derechos, y todo lo que sean reformas legislativas que recortan derechos de las personas (inmigradas o con cualquier diversidad funcional, etaria, de género, etc.) son actuaciones en contra de su integración social. Hay que procurar, por tanto, una amplia equiparación de derechos desde el principio: los derechos son condición previa, jamás deben concebirse como un resultado final a modo de premio por el “buen comportamiento” o la superación de una carrera de obstáculos vitales.

Teniendo en cuenta la reflexiones previas, cabe preguntarse ahora lo siguiente: ¿puede una profesión social –como la educación social, por ejemplo- no ser garante de los derechos de ciudadanía?

 En mi opinión, cualquier profesión de ayuda (ya sea la educación social, el trabajo social, la psicología, la pedagogía, el magisterio, etc.), sólo puede alcanzar sus bienes intrínsecos, y por tanto ser útil para la sociedad, cumpliendo una función social positiva para el desarrollo de la misma. Y esto sólo es posible si las personas que ejercemos dichas profesiones ayudamos a los demás a alcanzar el máximo de sus potencialidades y a lograr su pleno desarrollo personal y social; lo que implica remover y luchar contra los obstáculos que muchas veces impiden o dificultan dicho desarrollo potencial.

Así pues, yo formularía la pregunta inicial al revés para todas las profesiones de ayuda, pero hoy especialmente para las y los educadores/as sociales: ¿puede la Educación Social no ser garante de los derechos de ciudadanía? Obviamente no. Y si alguien que no trabaje activamente por ese reconocimiento y ese ejercicio pleno de tales derechos, llama a su quehacer profesional como “educación social”, debe saber que no merece reconocimiento alguno, ni por parte del cuerpo profesional, ni por parte del resto de la sociedad. Y más valdría que se dedicara a otro menester.

¡Feliz Día Mundial de la Educación Social, y felicidades a tod@s mis estudiantes del grado de Educación Social en la UCLM, por haber elegido esta profesión tan apasionante!

edusocday

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2 RECOMENDACIONES para trabajador@s sociales (y estudiantes)

Una para quienes desean iniciarse en la investigación en Trabajo Social y otra para profesionales que llevan trabajando mucho tiempo.

Cierro con este tercer post la serie dedicada a las preguntas que me formularon las colegas de Navarra el pasado mes de mayo. Espero que os guste tanto como las anteriores.

  1. ¿Qué recomendarías a los jóvenes que quieren estudiar Trabajo Social y realizar investigación de campo?

Que se aseguren de tener una buena formación previa en métodos y técnicas de investigación social. Una de las principales debilidades con que me encuentro cuando evalúo proyectos de investigación, monografías y estudios, artículos para revistas científicas, contribuciones a congresos, tesis o informes de investigación en el campo de las ciencias sociales (sobre todo en España), es que una buena parte de los realizados por trabajadores sociales, tienen debilidades metodológicas evidentes. Las ideas de partida de la investigación pueden ser buenas e interesantes, pero lamentablemente muchas veces los resultados son endebles, inútiles, poco creíbles, o directamente irrelevantes. Y esto ocurre porque el diseño metodológico no es adecuado, ni potente; o porque las técnicas de recogida de datos no son apropiadas al objetivo de la investigación; o porque los sujetos a estudiar no están adecuadamente definidos ni correctamente seleccionados; o porque no se saben traducir los conceptos a investigar en las variables a indicadores pertinentes; o porque la validación no ha sido bien realizada, etc. Todos estos problemas, son de naturaleza metodológica, y fácilmente solucionables con una buena formación metodológica en investigación social.

Luego, hay que tener “olfato” y dedicarse a investigar algo que sea de verdadero interés y que tenga utilidad para alguien. No tiene sentido investigar para descubrir la pólvora. En este sentido, les recomendaría que se adentraran en caminos inexplorados, que son mucho más interesantes que estudiar lo ya estudiado.

Una última recomendación sería que se atreviesen (aunque esto requiere de bastante bagaje teórico y conceptual, no sólo metodológico) a pasar de los estudios e investigaciones meramente descriptivas (que son la mayoría de las que se hacen) y se adentraran en el intento de pasar a un nivel clasificatorio y explicativo. Esas son las investigaciones que tienen valor a medio y lago plazo, las que pueden ser de utilidad para otros profesionales y otros investigadores de otros tiempos y otros lugares. Son las investigaciones que generan conocimiento científico relevante.

  1. ¿Qué le dirías a los profesionales del Trabajo Social?

Que la diferencia entre ser una trabajadora social “correcta” y una trabajadora social “excelente” está en la dimensión ética de la profesión. Y que eso implica ser capaz de encarnar en la vida personal los valores de la profesión. Tenemos que revisar de vez en cuando (para no olvidarlos) cuáles son esos valores y principios que constituyen la misión (el télos) de nuestra profesión. No deberíamos olvidar nunca cuáles son los bienes internos intrínsecos del trabajo social, porque son esos bienes los que hacen que nuestra profesión sea útil a la sociedad. Es esta dimensión axiológica o valorativa la que da todo el sentido a la acción profesional. Todas las personas que nos dedicamos profesionalmente al trabajo social hemos de buscar la construcción de una sociedad en la que cada sujeto pueda dar el máximo de sí mismo como persona, de modo tal que nuestra tarea consistirá tanto en la potenciación de las capacidades propias de las personas para vivir en sociedad como en el intento de remover los obstáculos que impidan su realización. Nunca deberíamos olvidar en nuestro quehacer profesional esta misión que otorga el sentido último y el valor social al trabajo social (tanto en lo profesional como en lo disciplinar).

La nuestra es una profesión no exenta de tensiones, dilemas y paradojas, pero eso es lo que la hace tan interesante de ejercer. Y siempre que tengamos presente en nuestras acciones cuál es la misión del trabajo social, estaremos –a pesar de las dificultades- haciendo avanzar los procesos de desarrollo humano. Aunque a veces ni-love-tsos parezca que no avanzamos o que lo hacemos muy lentamente.

Ser trabajadora social es todo un reto, un desafío permanente si nos tomamos en serio nuestro accionar en la vida. Pero un reto y un desafío que, en mi humilde opinión, merece la pena ser vivido y dedicar toda una vida a ese empeño.

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3 RESPUESTAS SOBRE EL TRABAJO SOCIAL

Mi visión hoy sobre los estudios, la profesión y lo comunitario.

Comparto aquí una segunda parte de la entrevista sobre Trabajo Social que me hicieron las colegas del Colegio de Trabajo Social de Navarra el pasado mes de junio.

  1. ¿Cuál es tu visión acerca de la evolución experimentada por los estudios de Trabajo Social en los últimos años?

Haciendo un balance de mayor alcance histórico, creo que la incorporación de los estudios al ámbito universitario hace casi tres décadas, supuso un avance en normalización administrativa y académica que abrió posibilidades de legitimación profesional y disciplinar. Posibilidades que fueron mejor aprovechadas en el ámbito profesional que en el disciplinar, al menos durante las dos primeras décadas. Los avances en el ámbito disciplinar han ido apareciendo más tardíamente, seguramente lastrados por dinámicas de poder en el seno de las universidades y por el importante déficit de estudios de posgrado y doctorado, propios y específicos de trabajo social en nuestro país, que aún hoy existe en la mayor parte de las universidades. Este déficit de formación para la investigación de excelencia no se ha resuelto aún, ni se resolverá creando cada facultad “su” postgrado: es preciso articular unas ofertas sólidas y de calidad que sólo mediante las sinergias adecuadas entre distintas universidades puedan asegurar la masa crítica suficiente y de calidad para hacer avances significativos en el conocimiento. Y me temo que en el país de “cada maestrillo tiene su librillo” o del “yo me lo guiso, yo me lo como”, donde hay demasiado afán de protagonismo por parte de los centros y poca generosidad institucional, el camino será más lento y dificultoso de lo deseable.

Pero volviendo a la pregunta: si consideramos la evolución más reciente de los últimos años, a partir de la implantación del sistema de “Bolonia”, me parece a mí que el aumento de un año de estudios para alcanzar el grado en trabajo social ha supuesto la consecución automática de una aspiración (la licenciatura) que no se había logrado antes, pero tengo serias dudas de que esa ampliación en un año más de estudios haya sido bien aprovechada para mejorar la formación de manera significativa. Soy bastante crítica con respecto a algunos “viejos vicios” que el “nuevo sistema” ha perpetuado o no ha contribuido a resolver adecuadamente. Así, por ejemplo, creo que hay una excesiva fragmentación en mini-asignaturas que no ayuda a generar más ni mejores saberes, ni contribuye al desarrollo de un pensamiento crítico, tan necesario en nuestro ámbito. A veces tengo la sensación de que se ha producido una cierta “banalización” de la formación universitaria en general, y en las ciencias sociales en particular.

  1. ¿Cómo ves el Trabajo Social en la actualidad?

Lo veo con luces y sombras. Luces porque tenemos ante nosotras retos y desafíos que pueden permitirnos dar un salto cualitativo importante como profesión y como disciplina, siempre que sepamos identificarlos y elaborar las respuestas adecuadas a dichos desafíos (como son la globalización, la crisis del patriarcalismo, el ascenso de la conciencia ecológica, los nuevos movimientos sociales, las redes de resistencia transformadora, el reconocimiento y la apuesta por los bienes comunes, la acción comunitaria participativa, etc.). Pero también sombras, porque el trabajo social (como todas las ciencias sociales y disciplinas profesionales de ayuda) tenemos nuestros “propios muertos en el armario” y hemos contribuido no pocas veces a la vigilancia y el control de los cuerpos y las mentes de los excluidos y de “los nadies” (que diría Galeano). En no pocas ocasiones hemos desarrollado funciones para vigilar y castigar (Foucault), en lugar de escuchar para emancipar y comprender para transformar. Es en esa tensión entre el control y la emancipación, entre la dominación (sutil o manifiesta) y la acción crítico-transformadora, donde se juega hoy la arena del trabajo social, en el mundo y en nuestro país. Estamos en una verdadera encrucijada vital como trabajadoras sociales: esto es emocionante porque nos permite la posibilidad de hacer contribuciones relevantes al desarrollo humano y la justicia social; pero también es amenazante porque podemos no estar a la altura de lo que las personas necesitamos, y terminar siendo responsables de un retroceso sin precedentes (que es lo que hoy representaría, a mi juicio, el mantenimiento del statu quo).

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  1. ¿Qué aportaciones al Trabajo Social puede hacer desde lo comunitario hoy?

El trabajo social tiene, en primer lugar, que volver a creerse la acción comunitaria. Tristemente, este tipo de intervención profesional, que es la más eficaz a medio y largo plazo, apenas si tuvo desarrollo en nuestro país y cuando se crearon los servicios sociales municipales apenas se le dio importancia (más allá de algunos ayuntamientos concretos). Las labores de dinamización comunitaria, trabajo con colectivos sociales, el desarrollo de procesos participativos de base comunitaria, etc. fueron campos y ámbitos abandonados por la profesión en un momento histórico en que seguramente nos dedicamos a ganar otros espacios. Y claro, aparecieron otras figuras profesionales que entraron a desarrollar esas labores de acción comunitaria que ahora nos vemos obligadas a “redescubrir” y a “reimplementar”. Creo que no somos conscientes de los aportes tan relevantes que nuestra profesión ha hecho al campo comunitario a escala planetaria y lo largo de la historia. Esos aportes del trabajo social son hoy la fuente que nutre a todo tipo de profesionales cuando hacen actuaciones con y desde la comunidad: desde médicos y enfermeras de atención primaria, maestras y educadores, monitores de ocio y tiempo libre, animadores socioculturales, agentes de desarrollo local, psicólogos sociales, etc. No tenemos que inventarnos nada nuevo, es suficiente con conocer y saber utilizar bien los saberes propios de nuestra profesión. Y es preciso darles a esos saberes la importancia que merecen en la formación profesional (que la veo muy débil en ese aspecto en nuestro país). Por eso creo que hay potenciar más y mejor la acción comunitaria en la formación profesional, en las reuniones y congresos profesionales, en actividades de formación y reciclaje, en intercambios, etc. Me apena mucho comprobar cómo, en bastantes lugares, a veces saben hacer mejor un diagnóstico comunitario o diseñar un proyecto participativo otros profesionales, en lugar de los trabajadores sociales. Por eso insisto en la importancia de la formación, la práctica profesional y del reconocimiento a este tipo de intervenciones. Por otra parte, en el trabajo individualizado (familiar o “de caso”, según los gustos) muy raramente se ha utilizado el enfoque comunitario (como sí ha ocurrido en otros países europeos), y ese es otro “talón de Aquiles” que tenemos que resolver más pronto que tarde.

En el siguiente post publicaré las recomendaciones que yo haría a estudiantes que quieren investigar y las profesionales en ejercicio (que fueron las últimas preguntas de la entrevista).

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