RACISMO Y ANTIRRACISMO: comprender para transformar

El racismo es un fenómeno que nos involucra a todos y a todas en primera persona: todos somos al mismo tiempo potenciales verdugos y posibles víctimas. Somos potenciales verdugos porque los prejuicios y las conductas racistas no son exclusivos ni propios solamente de individuos ignorantes o declaradamente racistas, sino que son elementos latentes en nuestro horizonte cultural y pueden resurgir fácilmente en momentos de crisis, miedo o incertidumbre. Somos posibles víctimas puesto que el racismo es un fenómeno que ha sabido adaptarse a las contingencias históricas y sociales: hoy los discriminados pueden ser los “otros”, pero mañana podríamos ser nosotras las personas cuyos derechos fueran sistemáticamente violados por pertenecer o ser asignadas a un determinado grupo.

Si el racismo nos involucra en primera persona, las ciencias sociales y la acción social no pueden mantener una postura neutral: no es suficiente denunciar los actos racistas más explícitos o lamentar la indiferencia generalizada frente a la violación de los derechos de las personas migrantes o racializadas. Es necesario renovar las herramientas conceptuales para identificar las nuevas formas de racismo y plantear metodologías y estrategias de acción capaces de combatirlo eficazmente.

Acabamos de publicar este libro, que se enmarca, precisamente, en esa necesidad urgente de renovación (conceptual, analítica, estratégica, metodológica y práctica) de la reflexión sobre el racismo, para construir un antirracismo realmente eficaz, crítico y transformador.

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Se trata de un texto que ha sido escrito con múltiple vocación de servicio: en primer lugar hemos querido que sea un instrumento útil para la transformación, a la vez que riguroso en sus planteamientos. Además, hemos procurado el máximo rigor académico y científico, de modo que también constituya una herramienta de estudio y formación para estudiosos, profesionales, expertos y activistas, que necesitan disponer de una revisión del “estado del arte” y que, con frecuencia, carecen del tiempo y los recursos para poder llevar a cabo con éxito una revisión exhaustiva y sistemática de ese tipo. En este sentido, nuestro libro pretende ser una contribución significativa al desarrollo, actualización y renovación del pensamiento sobre el racismo y el antirracismo en el siglo XXI. Una tercera vocación del texto, ha sido siempre poner en diálogo el conocimiento teórico y las aportaciones intelectuales más serias, con las prácticas de acción transformadoras, propias y ajenas. Es decir, intentamos que todas las ideas y reflexiones que el texto contiene, tengan aplicación y sean útiles para la transformación social.

Nuestro libro pretende ser un instrumento que abra el diálogo y no que lo cierre. Porque, -parafraseando a uno de los grandes maestros del siglo XX como es Paulo Freire-, debemos transitar de una “pedagogía de la respuesta”, a una “pedagogía de la pregunta”. Porque lo importante no es expresar ideas discutibles, sino suscitar cuestiones vitales. Y en nuestro caso, aportando a esas cuestiones vitales los fundamentos que posibiliten el cambio y la transformación de un orden social profundamente injusto. Tan injusto como inhumano.

Desde la tierra del Quijote y las Islas Canarias, como autores de este libro que te ofrecemos gratuitamente, esperamos y deseamos que el resultado de nuestro esfuerzo sirva para renovar tus compromisos, mejorar tus estrategias y ampliar la mirada, para no perder nunca de vista el horizonte hacia la construcción de un mundo menos injusto y menos inhumano.

 

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El enfoque dialógico en los procesos de participación comunitaria

La acción comunitaria participativa y sus límites, pero -sobre todo- cómo superarlos, es el objeto de este texto. Unas reflexiones realizadas, junto con Daniel Buraschi y Natalia Oldano, a partir de nuestras prácticas comunitarias de los últimos años en diversos contextos sociales en diferentes países. Se trata de un texto con vocación aplicada y didáctica, que sintetiza otras publicaciones más extensas que profundizan en determinados aspectos de la acción comunitaria participativa.

El enfoque dialógico en los procesos de participación comunitaria (pdf).

El texto se complementa con una entrevista en vídeo que, a partir del artículo, me hizo Mario Viché (director de la revista Quaderns d’animació), el pasado 11 de julio.

Ver entrevista

Espero que os resulten de interés.

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Por un trabajo social radicalmente dialógico

Es la empatía lo que permite compartir la fragilidad y vulnerabilidad que une a intervinientes e intervenidos, en un proceso de reconocimiento mutuo e implicación activa, que es el único camino cierto para generar confianza en el sujeto y para ser capaces, como profesionales, de reconocer sus capacidades y potencialidades, sus fortalezas y posibilidades de actuación.

Ningún cambio personal es posible, si no es decidido y asumido por el propio sujeto. En este sentido, el trabajador social es un “facilitador”, un experto que puede ayudar a clarificar, a poner en relación, a que “el otro” conozca y comprenda mejor su situación, a la vez que va descubriendo sus propias potencialidades y recursos personales. El trabajador social posee una visión, otra visión externa que puede ser de ayuda, pero que no es “la” visión real y aprehensiva de la realidad. Cada sujeto social, individual y colectivo, es portador de su propia visión, que debe ser tenida en cuenta si nos inscribimos en un paradigma de cambio y transformación. La participación de las personas es, por tanto, fundamental desde el momento mismo en que se inicia el proceso de relación y se toma contacto con el trabajador social. Porque sólo desde la relación dialógica se puede ayudar y ser ayudado. Sólo desde la relación dialógica se puede potenciar al otro, ayudándole a construir y a re-construir, a construir-se y a re-construirse.

Pero, ¿de qué hablo cuando digo ‘dialógico’?

La naturaleza relacional de la acción profesional y el servicio a las personas no es reducible a una prestación ni a un objeto reproducible mecánicamente, ya que no existe antes del intercambio, sino que se genera en el proceso mismo de intercambio. En este sentido, tiene siempre una alta intensidad relacional y el tipo de bienes que produce pertenecen al género de la acción comunicativa. Ya decía Saul Alinsky, hace casi un siglo, que un trabajador social ha de ser, ante todo, un buen comunicador; y es que la comunicación –como paradigma de los bienes relacionales-, permite comprender la acción profesional en el ámbito social: lo dicho y lo solicitado, la demanda y el mensaje. Como acertadamente señala Rosenberg (2007), “dependiendo de cómo se estructure, la interacción comunicativa puede promover empatía, reciprocidad y auto-reflexión, o puede producir indiferencia, desprecio o agresión. En suma, la estructura del intercambio comunicativo contribuye a la constitución de los individuos implicados, tanto como sujetos cognitivos como agentes motivados” (p. 357).

La propuesta que propongo a continuación, para avanzar hacia un trabajo social excelente, capaz de lograr los bienes internos de nuestra profesión, es un Trabajo Social radicalmente dialógico. 

Como ya señalé en otra publicación reciente, el diálogo es un proceso de interacción genuina en el cual las personas se escuchan y se reconocen recíprocamente. El compromiso de reciprocidad encarna el espíritu radical del diálogo: el ofrecimiento mutuo a la palabra, a la escucha atenta de la otra persona, es aquello que hace posible una transformación basada en el reconocimiento.

Esta apertura auténtica a la alteridad comporta una triple transformación: una transformación personal, una transformación relacional y una transformación social. Esta transformación es posible gracias a un doble proceso de empoderamiento y de reconocimiento de las otras personas.

La transformación de los conflictos y el cuidado de las relaciones, a través de este doble proceso, conduce a la recuperación de la percepción de la propia competencia, reconstruye la conexión con los otros y restablece una interacción positiva. Si no se cuidan las relaciones, los conflictos que se generan en los procesos de acción social (incluyendo los pretendidamente participativos), lejos de propiciar una gestión creativa de los mismos activan una espiral de desempoderamiento de la capacidad y de demonización de las otras personas.

En este contexto, el empoderamiento es el pasaje de un estado de debilidad, frustración, impotencia y clausura, a la capacidad de actuar y cumplir con elecciones de modo consciente y con confianza en la propia potencialidad.

El empoderamiento y el reconocimiento, por lo tanto, son los dos procesos fundamentales de transformación personal, relacional y social, y se retroalimentan recíprocamente: el empoderamiento personal aumenta la fuerza, la competencia y la apertura de la persona; el reconocimiento humaniza, reconstruye la relación. Esto significa que, desde una perspectiva dialógica,el recurso fundamental para la transformación personal, relacional y social se encuentra en la cualidad humana de las personas participantes, en su fuerza, en su dignidad y en su capacidad.

Cuando se toma conciencia de los límites de la acción comunicativa tradicional (en la que todos nos hemos socializado personal, social y profesionalmente), a menudo se invoca el diálogo como solución, pero no como estrategia o como enfoque práctico, sistemático y coherente, sino simplemente como un principio abstracto o como una actitud.

Caemos a menudo en el error de considerar el diálogo como una conversación gentil, educada y tolerante que evita el conflicto. Se cree que para dialogar no son necesarias competencias específicas, sino solo la intención y la voluntad de dialogar y cierto conocimiento del tema de conversación. La experiencia nos enseña que, al contrario, si bien el diálogo responde a las necesidades humanas más esenciales (y es también por esto por lo que es eficaz), no es un estilo comunicativo que usamos espontáneamente. Hemos sido educados y socializados en ambientes antidialógicos y estamos constantemente inmersos en situaciones que alimentan la competición, la actitud acrítica, el repliegue narcisista y tenemos la necesidad de redescubrir y reaprender el diálogo. Dialogar no es fácil, no nos resulta espontáneo e implica un esfuerzo constante, el desarrollo de nuevas competencias, el descubrimiento y revalorización de prácticas y experiencias; pero cuando se arriesga realmente ser fiel al diálogo, los resultados son extraordinarios, porque el diálogo es esencialmente un proceso de construcción y transformación de las relaciones.

El Enfoque Dialógico Transformativo (EDT) es un conjunto de principios e instrumentos metodológicos que da un sostén y una estructura a la capacidad y a la potencialidad humana de transformación a través del diálogo. Resumiendo: el EDT se preocupa de crear estructuras y desarrollar competencias que facilitan el diálogo, la creatividad y la inteligencia colectiva.

En los últimos años, a través de una intensa labor de investigación-acción participativa, hemos identificado cinco elementos que estructuran este espacio mayéutico: la confianza, la igualdad, la diversidad, el interés común y la corresponsabilidad. Estos cinco elementos son indispensables para el desarrollo de un diálogo auténtico y pueden concretarse en diferentes formas y en diferentes momentos del proceso: cuidando la logística de una actividad comunitaria, promoviendo la comunicación no violenta, a través de dinámicas participativas o mediante la configuración del espacio de una reunión o una entrevista.

Captura de pantalla 2019-05-04 a las 15.10.32El EDT no asume que existan valores, presupuestos implícitos, creencias comunes, es decir un sentido común compartido entre las personas participantes. Sino que se preocupa de explicitar los intereses, las necesidades, los valores y los significados que están detrás de las posiciones de cada participante, evitando que las posiciones se radicalicen sobre la base de “malentendidos mal entendidos”.

Llevar a cabo un proceso de acción social utilizando el EDT implica cambiar la visión que se suele tener de los procesos de toma de decisión colectivos. Las personas suelen llegar a una mesa de trabajo con una visión “de suma cero” del conflicto, basado en la idea que “si tú ganas yo pierdo”, que si existen posiciones opuestas también los intereses son opuestos. El éxito del método depende de la capacidad de superar esta visión binaria abriendo un espacio de curiosidad y disponibilidad para que sean posibles otras fórmulas de participación.

Es en este punto donde se evidencian más las aportaciones del EDT a los procesos de acción y toma de decisiones colectivas en contextos complejos. Su punto de partida es que las personas que participan en la mesa de trabajo se centren en entender y ser entendidas y no en convencer y desmontar los argumentos de los demás. Este proceso dialógico se basa en la comprensión de los marcos de referencia que están detrás de las posiciones. Un marco de referencia es el conjunto de valores, intereses, conocimientos que intervienen en nuestra forma de interpretar la realidad desde una determinada perspectiva cultural. Los marcos de referencia de personas de un mismo horizonte cultural suelen ser compartidos y, consecuentemente, no se suelen poner en discusión y suelen quedar implícitos hasta que no se violan. Pensemos por ejemplo en nuestro estilo comunicativo: cuando hablamos con personas que comparten nuestro mismo horizonte cultural respetamos tácitamente un amplio abanico de reglas de comunicación: la distancia que mantenemos con nuestro interlocutor o interlocutora, la forma de gestionar el tiempo de conversación, las interrupciones, los contactos oculares, el contacto corporal, la entonación, el estilo comunicativo, etc. Todas estas reglas se encuadran en nuestro marco de referencia, pero cuando nos comunicamos con personas que no comparten nuestros marcos interpretativos nacen malentendidos comunicativos, que a menudo interpretamos de forma estereotipada.

El EDT se preocupa por crear las condiciones para que las personas tomen conciencia de los propios marcos de referencia y comprendan los marcos de referencia de las otras personas a través de la explicitación de los intereses, los valores y las claves interpretativas del problema en cuestión. La idea es que nuestra forma de interpretar y definir un problema determina la forma de resolverlo. En este sentido se pueden generar soluciones creativas sólo cuando se reencuadra un problema.

El trabajo social debe contribuir a la construcción de una sociedad realmente inclusiva y no excluyente, por lo que no debería desarrollar una intervención profesional meramente “prestacional”, “burocratizada” o “estética”, que siempre será funcional al sistema de dominación y desigualdad en que vivimos. Es necesario desarrollar un trabajo social crítico-transformador.

Este tipo de trabajo social crítico-transformador sólo puede desarrollarse desde la participación activa, igualitaria y empoderante de todas las personas y actores implicados en los procesos de intervención social; de forma tal que se modifique la lógica de las relaciones entre las personas para que no se reproduzcan las formas tradicionales de participación-comunicación que terminan reforzando y legitimando la dinámica tradicional de dominación de unos grupos o personas  sobre otros/as.

El culturalismo etnocéntrico y la categorización impuesta de muchos de los/las profesionales que llevan a cabo prácticas profesionales con este enfoque tradicional (independientemente de los discursos o retórica que las acompañen), sin duda es un factor que contribuye –generalmente de forma inconsciente e irreflexiva- al desarrollo de este tipo de prácticas totalmente funcionales al sistema de dominación.

El Enfoque Dialógico Transformativo (EDT) es uno de los aspectos operativos (no el único) que permite superar las limitaciones conceptuales y metodológicas del trabajo social tradicional, que ha abordado las diferencias sin cuestionar la fuerte asimetría de poder entre usuarios y profesionales y entre grupos de población y que no ha planteado estrategias para luchar contra esas desigualdades.

El objetivo del Trabajo Social Dialógico (TSD) es contribuir y favorecer la transformación de la sociedad a través de la creación de estructuras dialógicas que promueven el diálogo y la trascendencia noviolenta de los conflictos. Las herramientas operativas de intervención del TSD han mostrado ser eficaces para: crear estructuras empoderantes que permiten pasar del debate al diálogo; crear estructuras dialógicas y participativas que no niegan ni huyen del conflicto sino que lo gestionan creativamente en el marco de estructuras mayéuticas apropiadas; cuidar y cambiar la lógica de las relaciones que necesariamente han de estar basadas en el reconocimiento; etc. En definitiva, para crear estructuras y desarrollar competencias que facilitan el diálogo, la creatividad y la inteligencia colectiva.

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ATENCIÓN PRIMARIA, ACCIÓN COMUNITARIA Y DESEMPODERAMIENTO

El trabajo profesional en atención primaria (de salud y de servicios sociales) enfrenta un gran reto si quiere potenciarse y desarrollar el rol que puede llegar a jugar, y si quiere demostrar su importancia y significación en la sociedad contemporánea: la acción de grupo será la clave en el futuro y de su potenciación dependerá que en el futuro nuestros actuales sistemas sanitario y de servicios sociales tengan una orientación comunitaria para cuidar la salud de las personas. Salud concebida como “aquella manera de vivir solidaria, autónoma y gozosa”: la definición que tan acertada y sencillamente formuló el equipo de Jordi Gol, hace cuarenta años.

Sólo si somos capaces como profesionales de lograr que la gente se ayude a sí misma -y esto sólo puede hacerse a través del grupo y el apoyo social que éste genera-, actuando como catalizadores del proceso, estimulando y asesorando, nunca sustituyendo la acción de las propias personas, haremos que el trabajo comunitario en el ámbito sanitario y de servicios sociales tenga sentido. No podemos conformamos con ser meros proveedores o intermediarios de servicios y prestaciones (sean sanitarias o sociales), la atención primaria no va de eso.wedoit

No puede haber empoderamiento sin desempoderamiento

Con esta afirmación aparentemente paradójica, me refiero a la necesaria (e indefectible) transferencia de poder que todo proceso de verdadero empoderamiento conlleva. Empoderarse implica dotarse de poder, apoderarse, fortalecerse frente a otro u otros. Significa sentirse y ser capaz de actuar como sujeto protagonista de la propia vida, individual y colectivamente. Y eso, en un contexto o situación donde unos tienen el poder y otros no lo tienen, que éstos últimos se empoderen en un proceso participativo y comunitario, sólo puede significar y conllevar que quienes hasta entonces habían detentado el poder de decidir sobre los demás, pierdan parte de dicho poder. Sin transferencia o traspaso de poder no hay verdadero empoderamiento, puede haber paternalismo, pero no empoderamiento. Por ejemplo, si yo como profesora tengo un poder sobre mis estudiantes, para que ellos se empoderen, yo, necesariamente, he de renunciar o ceder parte de ese poder. Ellos no pueden empoderarse frente a mí mientras yo conserve intacto mi poder sobre ellos. Pues en el ámbito político, social o sanitario ha de ocurrir otro tanto: es necesario que quién (o quiénes) detentan el poder disminuyan el mismo a favor de quienes no tienen tanto poder, para que éstos se empoderen. Lo demás, como dirían en Argentina, son milongas.

Yo sigo constatando fácilmente una tendencia al conservadurismo del poder y del prestigio por parte del personal sanitario (y fundamentalmente de los médicos) y del personal de servicios sociales. Todo ello no expresa sino el modelo hegemónico, que margina o integra sólo parcialmente el componente participativo de la estrategia de Atención Primaria. Y, de hecho, una de las dificultades inconscientes más fuertes del personal sanitario, social frente a la participación, que aparece en todos los discursos en los estudios cualitativos que he realizado, es el temor frente a esa “pérdida de poder”. Porque promover la salud comunitaria mediante procesos de acción participativa, no es otra cosa que pensar en común, valorar en común, planear en común, decidir en común y actuar juntos los sanitarios y la gente (que tiene sus propios saberes), en un proceso no asimétrico ni jerarquizado: y esto supone que quien detenta el poder de diagnosticar, prescribir, disciplinar (en el sentido foucaultiano del término), controlar y vigilar, lo pierda (se desempodere) para que las personas puedan ser dueñas de sus propias vidas y decidir colectivamente (incluyendo al personal sanitario y social, pero como acompañantes con otros saberes, no como responsables únicos de la toma de decisiones).

El concepto de fortalecimiento o “empowerment” es un constructo de carácter práctico que puede servir de encuadre y referencia a la intervención y participación comunitaria. Este concepto tiene una importancia central como calidad fundamental de la relación interactiva entre el individuo y su entorno comunitario. Se trata del proceso o mecanismo a través del cual las personas, organizaciones o comunidades adquieren control o dominio sobre asuntos de interés que le son propios. Se refiere, por tanto, al proceso de adquisición de esa habilidad o la capacidad de dominio y control. Capacidad que se requiere a dos niveles: individual (capacidad de autodeterminación personal) y, social (capacidad de participación y determinación social a través de estructuras sociales intermedias). De acuerdo con este planteamiento, el desarrollo de este proceso implicaría, como mínimo, potenciar, apoyar y fomentar esas estructuras; tratando de avanzar hacia una posición de desarrollo de la acción a través de ellas. Esto, sin duda, choca frontalmente con las concepciones y el ejercicio del poder político, sanitario y sociosanitario en la actualidad.

Sin embargo, toda acción que trate de impulsar la participación comunitaria debe hacerse comprendiendo que, ante todo, no puede haber participación sin transferencia, traspaso o dotación de poder a las personas que se quiere hacer participar. En caso contrario, se trataría de un “encubrimiento” bajo discurso participativo, de políticas y prácticas de ejercicio autoritario del poder (ya sea en sus formas más abiertas o más manipuladoras).

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LAS “3C” DEL TRABAJO SOCIAL: CUIDAR, CURAR, CAMBIAR

En el marco de la celebración del #DíaMundialdelTrabajoSocial2018 tuve el placer de participar en Lleida en la conversación pública sobre “la fuerza de la palabra” en nuestra acción profesional. Me pidieron que resumiera en una sola frase final (tipo “titular de prensa”) lo que, para mí, era consustancial al uso de nuestra palabra como herramienta principal de intervención. Y lo que dije fue que la comunicación en trabajo social debe ser siempre una herramienta para realizar las tres “C” del trabajo social: Cuidar, Curar y Cambiar.

Como varias personas se hicieron eco en las redes sociales de esta afirmación final que expresé y dos colegas me han pedido que la desarrolle un poco, aquí va una breve y rápida reflexión al respecto.

  • Cuidar. El trabajo social sólo puede estar centrado en las personas, en el cuidado de cada una de ellas y en el cuidado de las relaciones que se producen entre ellas. Atender a las personas es sobre todo escuchar lo que nos quieren decir con sus mensajes (que muchas veces están detrás de una demanda, aunque demanda y mensaje suelen ser cosas muy diferentes) y establecer una relación profesional de cuidado (lo que exige un clima de confianza, el reconocimiento del otro y un diálogo profundo y auténticamente humano). Nadie pone en duda que el trabajo social es un sistema profesional que valora todo lo concerniente al bienestar de la gente, y que debe tratar de mejorar la calidad de vida de las personas atendidas en la entidad, servicio o institución de que se trate. Pero esto implica humanizar los servicios sociales, ya que no pocas veces deshumanizan, estigmatizan, victimizan, fragilizan, cronifican y hacen aún más vulnerables a las personas pretendidamente atendidas.
  • Curar. Todos sabemos del poder curativo de la palabra. El trabajo social, además de cuidar a las personas y cuidar las relaciones, debe ser utilizado también con un propósito de curación o tratamiento social de las personas que experimentan problemas en su interacción social. El trabajo social clínico incluye una gran variedad de técnicas de ayuda: desde las técnicas de consejo y asesoramiento hasta otros enfoques más especializados como el análisis transaccional, la terapia familiar, la modificación de conducta, la terapia de realidad, la intervención sistémica, la socioterapia, la terapia Gestalt, la programación neurolingüística, la terapia existencial o el psicodrama, por mencionar sólo algunos ejemplos. Es posible “curar” a las personas que sufren o han sufrido daño social y/o psicosocial través de una buena práctica de trabajo social: se requieren habilidades para diagnosticar, emitir dictámenes, conocimientos para comprometer a las personas en el proceso de ayuda, así como generar entornos adecuados para la provisión de servicios.
  • Cambiar. El cambio social siempre ha formado parte del trabajo social. Muchas de las trabajadoras sociales pioneras eran reformistas activas que trabajaron para mejorar las condiciones en suburbios y barrios pobres, hospitales, prisiones y “casas de pobres”. Actualmente, las trabajadoras sociales debemos buscar de manera activa formas y mecanismos para influir e impactar en la legislación social relativa a programas sociales y a las condiciones que mantienen o aumentan el racismo, el sexismo y la pobreza. Debemos usar la fuerza de nuestra palabra para denunciar la desigualdad, el sexismo, el racismo y la pobreza. Y debemos esforzarnos para provocar las reformas necesarias que nos permitan aumentar y mejorar los sistemas de protección existentes, tratar de reparar leyes, procedimientos y actitudes hasta que respondan más a las necesidades humanas, luchar por el reconocimiento y el ejercicio efectivo de los derechos humanos. También debemos actuar y esforzarnos en todo lo concerniente a las actitudes negativas hacia miembros y grupos sociales vulnerables, a través de acciones educativas, de potenciación y fortalecimiento de la ciudadanía de los afectados, y de defensa activa de sus intereses y derechos. Las trabajadoras sociales tenemos el deber ético y moral de contribuir al cambio social, ya sea directamente, representando y defendiendo los derechos e intereses de las personas con las que intervenimos, y/o indirectamente, preparando y apoyando a las personas y colectivos sociales para que convenzan a los responsables de tomar decisiones en los niveles local, regional y nacional, de manera que sus decisiones respondan, realmente, a las necesidades humanas de justicia social.

No quisiera terminar estas rápidas reflexiones sin agradecer la invitación al Col.legi de Treball Social de Lleida, a la Facultat de Educació, Psicología i Treball Social y al espacio Ágora de Treball Social de Lleida, la oportunidad que me brindaron de participar en un espacio dialógico tan estimulante como el que vivimos el pasado trece de marzo. Moltes gràcies!

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Tres vídeos para reflexionar en el dia internacional de las personas migrantes

Comparto con vosotros los vídeos de una mini-entrevista y tres intervenciones públicas que hice en los últimos meses, dedicadas a reflexionar y formular propuestas para:

Combatir la indiferencia social frente a la violación sistemática de derechos que sufren las personas desplazadas forzosas, creando una cultura de la hospitalidad;

Reconstruir las fronteras morales que las excluyen del espacio moral y de justicia de nuestras sociedades blindadas;

Responder a los retos de la convivencia en la diversidad; y

Construir una ciudadanía insurgente, combatiendo el racismo y la xenofobia en la mediapolis.

Espero que os gusten y resulten de interés.

Y os dejo un llamamiento para que vuestras entidades puedan adherirse y apoyar la V Marcha por la Dignidad, que se celebrará en Ceuta el 3 de febrero, con motivo del cuarto aniversario de la muerte de 15 personas en la playa del Tarajal, el 6 de febrero de 2014: una muestra más de las tanatopolíticas migratorias que padecemos, que matan y dejan morir a tantos seres humanos.

V Marcha por la Dignidad (Adhesiones)

 

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¿Puede existir un trabajo social de calidad sin calidez?

No parece posible conjugar excelencia o logro de los bienes intrínsecos del trabajo social (calidad) si no es dentro de una lógica de servicio capaz de producir significados personales. Y es que la naturaleza de los bienes internos de nuestra profesión es relacional (no prestacional).

Calidad y calidez del trabajo social son dos caras de una misma moneda, inseparables e indivisibles: no puede existir una si no existe la otra.

No puede realizarse una acción de trabajo social excelente (de calidad y calidez) sin reivindicar la centralidad del sujeto y el enfoque dialógico.

El advenimiento del sujeto introduce nuevas complejidades en la intervención social. Exige recuperar las trayectorias vitales de los intervenidos y la perspectiva empática ante la fragilidad. El sujeto regresa como persona social e histórica que se sobrepone a las estructuras y se construye como agente, actor y autor. La intervención social vive la transición hacia otras lógicas que recuperan los caminos humildes, las estrategias cooperantes, el encuentro personal, el valor de lo relacional, el poder de la participación y la existencia constante de la paradoja ante la complejidad creciente del sujeto intervenido” (García-Roca, 2007, p. 37).

Esta necesaria reivindicación del sujeto debe tener, en mi opinión, una centralidad indiscutible en el trabajo social. Las personas con las que trabajamos, y a las que pretendemos servir de ayuda, no pueden ser sino sujetos colaboradores en el marco de una relación dialógica donde el profesional es un actor más, dentro de la compleja trama de relaciones entre los diversos sistemas y subsistemas en que participa el sujeto. Esta transformación, que nos obliga imperativamente y como deber moral, a dejar de considerar a las personas como objetos de intervención (cosa que ha venido siendo harto frecuente, por desgracia), para pasar a considerarlas (y tratarlas realmente) como sujetos agentes, actores y autores, tiene importantes implicaciones éticas, gnoseológicas y metodológicas.

El trabajador social posee un conocimiento científico-técnico, que debe estar al servicio de las personas con las que trabaja y a las que pretende ayudar, pero eso no significa que posea el “saber”. Tenemos que romper el esquema perverso por el cual el experto tiene la solución y el sujeto intervenido el problema. Conocimiento y comprensión de la realidad social en general, y de la situación-problema en particular, solo serán plenamente posibles si se “escucha” al otro o, mejor dicho, si se “escucha activamente” al otro, aceptando que los efectos de la intervención no son siempre previsibles. Este tipo de abordaje nos exige intervenir desde la perspectiva interna del sujeto:

Es un compromiso con la persona, que es productora de significados y no pueden equipararse a objetos. Son autores de sus acciones, que luchan por trascender y no sucumbir a sus circunstancias. De este modo, trasciende lo que son causas, fuerzas y reacciones para comprometerse con lo real; no pretende ir de lo complejo a lo simple, sino de lo complejo a lo complejo. Sus categorías básicas no proceden del mundo de las patologías sino del mundo de las relaciones” (García-Roca, 2007, p. 43-44).

No se trata, por tanto, de identificar patologías, sino de descubrir distintas expresiones de la normalidad. Esta perspectiva empática es consustancial a cualquier relación de ayuda, pues antes de ser intervenido, el sujeto necesita ser reconocido, lo que nos obliga a ponernos en su perspectiva, a “andar en sus zapatos”, meternos en su piel y aceptarlo incondicionalmente tal y como es. Es la empatía lo que permite compartir la fragilidad y vulnerabilidad que une a intervinientes e intervenidos, en un proceso de reconocimiento mutuo e implicación activa, que es el único camino cierto para generar confianza en el sujeto y para ser capaces, como profesionales, de reconocer sus capacidades y potencialidades, sus fortalezas y posibilidades de actuación.

Por otra parte, ningún cambio personal es posible, si no es decidido y asumido por el propio sujeto. En este sentido, el trabajador social es un “facilitador”, un experto que puede ayudar a clarificar, a poner en relación, a que “el otro” conozca y comprenda mejor su situación, a la vez que va descubriendo sus propias potencialidades y recursos personales. El trabajador social posee una visión, otra visión externa que puede ser de ayuda, pero que no es “la” visión real y aprehensiva de la realidad. Cada sujeto social, individual y colectivo, es portador de su propia visión, que debe ser tenida en cuenta si nos inscribimos en un paradigma de cambio y transformación. La participación de las personas es, por tanto, fundamental desde el momento mismo en que se inicia el proceso de relación y se toma contacto con el trabajador social. Porque sólo desde la relación dialógica se puede ayudar y ser ayudado. Sólo desde la relación dialógica se puede potenciar al otro, ayudándole a construir y a re-construir, a construir-se y a re-construirse.

Pero, ¿de qué hablamos cuando decimos ‘dialógico’?

La respuesta a esta pregunta será objeto de otra entrada en este blog

 arbol de vida

 GARCÍA-ROCA, J. (2007). La revancha del sujeto. Documentación Social, 145: 37-52.
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