#COMUNIDAD/5/ El eclipse del trabajo social comunitario

La creciente vulnerabilidad y exclusión de sectores cada vez mayores de población, implica un riesgo serio para el trabajo social en sus relaciones con la comunidad. En contextos de precariedad creciente, producida sistemáticamente por políticas ‘austericidas’, el trabajo social sucumbe a prácticas asistencialistas, paliativas y de control. También en la acción comunitaria del trabajo social. El riesgo de que las comunidades acaben supliendo lo que se no hace desde la administración pública, es un hecho. En no pocas ocasiones se ha utilizado el discurso de la participación social para legitimar procesos de privatización y precarización de los servicios sociales. 

La tentación de cargar sobre la comunidad y las familias (o, mejor dicho, sobre las mujeres) las tareas de cuidado, es una realidad de muy vieja data. Las tendencias de las últimas décadas en las políticas de salud y de servicios sociales muestran la intensificación de tres procesos[i]refamiliarización (permanencia y refuerzo de la familia como protagonista en primera instancia del cuidado y la protección); refeminización(permanencia y refuerzo de la mujer en las funciones de cuidado); y remercantilización (los servicios mercantiles y de seguros complementarios adelantan a la administración pública como prestadores de servicios). Frente a ello, “el reto es cómo conectar el abordaje de las situaciones de vulnerabilidad y exclusión y las consecuencias que tienen en la vida cotidiana de las personas, con la reivindicación política y la construcción como sujetos políticos dentro de movimientos sociales más amplios”[ii]. Porque nuestro modelo de servicios sociales siempre se ha caracterizado por la excesiva institucionalización y una estructura organizativa altamente burocratizada que ha fomentado la gestión puramente administrativa de los problemas sociales[iii]. Esto ha llevado a un trabajo social que responsabiliza a los individuos de sus problemas y centra la práctica profesional en el trabajo individual y familiar, abandonando lo comunitario.

Al menos son cuatro los vectores principales que han eclipsado el trabajo comunitario en nuestra profesión: la preeminencia de la intervención individualizada; la configuración de los servicios sociales a partir de la lógica de la demanda; el desarrollo de un sistema de servicios sociales parcelado, fragmentado y sectorizado; y la aplicación de sistemas de gestión de servicios que burocratizan la práctica profesional[iv]. Estos vectores han ido diluyendo la naturaleza axiológica (y por tanto ético-política) de nuestra profesión, pseudotecnificando una práctica cada vez más estereotipada y burocratizada, que se atrinchera en los despachos. 

Todo esto se traduce en un tipo de práctica profesional comunitaria residual, con frecuencia focalizada en la coordinación de recursos (generalmente entre organizaciones formales con presencia en la comunidad), desde el protagonismo profesional o institucional, a fin de asegurar que las ‘ayudas’ se distribuyan a ‘quienes de verdad las necesitan’. Se ejerce así una función utilitarista e instrumental que responde a una lógica de merecimiento y control autoritario, que instala a priori la sospecha sobre el pobre. 

Por eso es urgente repensar la rigidez de los servicios sociales, las funciones que hemos estado desarrollando en los últimos años, y sobre todo, hay que salir de la visión del servicio como dispensador de prestaciones exclusivamente. Este cambio afecta a las instituciones, pero también nos obliga a un profundo replanteamiento de la profesión de trabajo social[v]. Somos, en general, profesionales poco predispuestos a cambiar nosotros mismos. Somos, al menos en España, un colectivo profesional bastante poco participativo, a la vez que no dejamos de dar lecciones a la gente con la que trabajamos sobre la importancia de su participación y su necesaria implicación. ¿Cómo vamos a ser capaces de hacer cambiar a los demás si no somos capaces de cambiar nosotros mismos? A veces (no tantas como sería deseable o esperable) nos posicionamos frente a las injusticias globales, pero silenciamos las del propio sistema de protección social del que solemos ser partícipes y ejecutores. Nos quejamos de nuestros servicios cuando nos sentimos objetos de poder (cuando sentimos la opresión ejercida desde arriba), pero nuestro silencio es atronador cuando somos nosotros los sujetos de poder (cuando nosotras oprimimos hacia abajo).

Los servicios sociales, configurados en España como sistema subsidiario de las deficiencias de otros sistemas, son también un sistema que expulsa, culpabiliza, revictimiza, minoriza, estigmatiza y controla. Todo esto provoca en la población “la percepción de los servicios sociales no como aliado sino como amenaza/ausencia; significa que los servicios públicos no son parte de la solución, sino que son parte del problema”[vi]. El trabajo social tiene una importante ‘asignatura pendiente’ con los movimientos sociales: una relación tan necesaria como prácticamente inexistente, como tan acertadamente señala Judit Font:

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Los discursos dominantes sobre la exclusión y sus narrativas que criminalizan la pobreza legitiman la dominación y normalizan la desigualdad. Se invisibilizan las contradicciones de un sistema que produce pobreza y genera desigualdades cada vez más abismales:

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Este proceso discursivo hace que la práctica profesional transite de la lógica del derecho a la lógica de la oportunidad; instala el merecimiento como criterio de provisión de prestaciones; infantiliza la relación profesional (que es una forma, particularmente insidiosa, de minorización, dominación y ejercicio de poder profesional); normaliza y legitima la pobreza, culpabilizando a los pobres de su situación a la vez que exime absolutamente al sistema.

En este contexto de cambio y conflicto surgen, especialmente a partir de 2011, nuevos movimientos ciudadanos que constituyen una excelente fuente de aprendizaje social para recuperar y replantearnos, un trabajo social comunitario que responda al desafío ético y político que nos corresponde como profesión.

Continuará…

Foto: Marek Ocon

[i] Subirats, J. y Vilá, A. (2015). ¿Es la salud un tema estrictamente sanitario? Curar, cuidar y condicionantes sociales de salud. Revista de Treball Social, 206, 8-22.

[ii] Comissió de Treball Social Comunitari (2018). Treball Social Comunitari a debat. Reflexions i propostes en el context actual.Barcelona: Col.legi Oficial de Treball Social de Catalunya.

[iii] Cortés, F. (2003). Una aproximación a los planes comunitarios: una forma de organizar la comunidad para promover procesos de desarrollo social en el ámbito local social. Revista de Treball Social, 172: 6-40.

[iv] Ginesta, M. (2014). La intervención comunitaria desde los servicios sociales locales: de la pérdida al deseo; del deseo a la acción. Revista de Treball Social, 203, 50-62.

[v] Avilés, M., Rovira, M. y Bàrbara, B. (2014). El trabajo comunitario. Un reto para los servicios sociales básicos. Revista de Treball Social, 203: 63-75.

[vi] Font, J. (2014). Trabajo comunitario y movimientos sociales; una relación necesaria y poco existente. Revista de Treball Social, 203, 36-49.

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#COMUNIDAD/4/ La comunidad como desafío ético

La ética de las profesiones establece que un profesional competente, es sólo quien traduce o encarna los valores de su profesión en su práctica profesional. Es decir, sólo quien contribuye con su práctica cotidiana al logro de los bienes internos de su profesión. Los bienes internos de una profesión, son el télos (o misión) profesional.  La misión del trabajo social, nos obliga a construir una sociedad en la que cada persona pueda desplegar al máximo sus potencialidades como ser humano y desarrollarse socialmente en plenitud, de manera que nuestra tarea consistirá tanto en la potenciación de las capacidades propias de las personas para vivir una vida buena (vivible, digna), como en remover los obstáculos  sociales que impidan su realización.

Nuestra acción profesional se focaliza en los puntos de interacción de las personas con su entorno, en los puntos de equilibrio entre autonomía y convivencia. La vida buena significa poder vivir de manera autónoma, solidaria y gozosa. Lo que implica una ética del cuidado, que va mucho más allá de la mera satisfacción de necesidades materiales. 

La ética del cuidado nos muestra y vuelve a recordarnos que para cuidar a una persona se necesita una comunidad entera: con todas sus redes naturales y todas sus redes formales. Redes que no siempre sostienen ni protegen todo lo que deberían sostener y proteger.

Carol Gilligan, en 1982, fue quien primero llamó la atención sobre el cuidado de las personas (de unas a otras) como valor relegado de la vida pública, como valor asociado a la vida doméstica, privada, desempeñado sólo por mujeres, al habérsenos adjudicado a nosotras el cuidado de hijos, enfermos, ancianos, padres, etc. Escribe Gilligan que la justicia, al ser un valor asociado a la vida pública, es en cierto modo un valor “masculino”, regulado mediante un contrato (leyes y obligaciones mutuas) entre el Estado y los individuos. Un contrato por el que cedemos parte de nuestra libertad al Estado, a cambio de que éste nos proteja.

Pero el cuidado, a diferencia de otros valores como, por ejemplo, la justicia, no compete solo al Estado. El cuidado nos compete a todos. ¿Por qué? Pues porque todas las personas, sin excepción, necesitamos cuidar y ser cuidadas para poder, simplemente, vivir. Todas las personas, para no morir, necesitamos ser cuidadas por otras en periodos largos de nuestras vidas. Todos nacemos (y morimos) dependiendo del cuidado de los demás. Desde que nacemos necesitamos el cuidado de otros durante bastantes años para sobrevivir. Lo mismo cuando enfermamos, cuando perdemos capacidad funcional y autonomía (ya sea de forma temporal o permanente), cuando envejecemos. Dicho brevemente: todas las personas, a lo largo de nuestra vida necesitamos cuidados. Tenemos que cuidar a otros y ser cuidadas por otros, como condición absolutamente necesaria para el desarrollo de la vida. 

Por eso debemos tomar conciencia de la necesidad de construir y organizar lo que Joan Tronto llama una “democracia cuidadora”, una democracia capaz de detectar las necesidades de todos sus miembros y de repartir responsabilidades. Porque el valor del cuidado nos compete a todos.

Detectar necesidades implica desarrollar sensibilidad para captar nuevos problemas, riesgos, necesidades de cuidado que a lo mejor antes no existían o se expresaban socialmente de otros modos. Desarrollar la empatía social y estar atentos a lo que otro requiere para que la vida sea sostenible. Para que la vida pueda ser vivible, es decir, digna, merecedora de ser vivida. Eso implica la capacidad de dar y recibir cuidados. Un tema clave del feminismo, la acción comunitaria, la autodefensa local y el trabajo social. 

Repartir responsabilidades significa establecer qué le compete al Estado (a las administraciones públicas) y qué nos compete a las personas, a las familias, al voluntariado, a la comunidad. Nadie puede escapar de las responsabilidades del cuidado. Los hombres tampoco. Porque como bien señala Fernando Fantova,

la crisis de los cuidados nos enfrenta al reto de reformular el contrato social, el contrato de género entre hombres y mujeres, el contrato intergeneracional, el contrato entre regiones del mundo y el contrato entre el presente y el futuro. Y es que, la crisis de los cuidados (que la pandemia y el confinamiento global ha mostrado con toda su crudeza) “ayuda a colocar la sostenibilidad (global) de la vida (buena) en el centro del diagnóstico y las propuestas“.

No todo el cuidado debe ser provisto por el Estado. Ni todo el cuidado debe estar profesionalizado. La ciudadanía debe hacerse responsable de determinados cuidados. Para un adecuado reparto de responsabilidades en una democracia cuidadora, conviene diferenciar el autocuidado (personal) y el cuidado primario (familiar y comunitario), del cuidado como “bien que debe ser producido por las políticas sociales” (cuando los vínculos familiares y comunitarios no existen o resultan insuficientes).

En este punto, debemos reflexionar críticamente sobre el tipo de trabajo social que se despliega desde los servicios sociales, que vienen siendo en nuestro país el ‘pariente pobre’ del sistema público de protección y un sistema cada vez más subsidiario de las deficiencias de otras políticas sociales. Los servicios sociales han enfrentado y siguen enfrentando crecientes limitaciones como, por ejemplo: una hiperburocratización cada vez mayor de los escasos servicios, una institucionalización inmovilista que dificulta cualquier cambio por pequeño que sea, una despersonalización cada vez mayor en las relaciones ciudadano-institución. Es el “síndrome fatídico de la demanda” y su ineficiente microgestión de miniprestaciones, que terminar por condenarnos a “encontrar lo que se busca”.

Estas circunstancias hacen que los problemas humanos más profundos y las necesidades humanas menos materiales (afecto, formación, participación, libertad, creación, etc.) tengan una imposible solución y atención adecuada en el marco exclusivo del Estado. pero lejos del discurso hegemónico que aboga por una articulación entre lo público y lo privado, la ética del cuidado nos exige trabajar para y desde una articulación entre leo público y lo comunitario. Porque es preciso desplegar redes de cuidado, entendido como proximidad. Para que sea imposible la soledad no deseada, pero que eso no signifique imposición o falta de respeto por los deseos y necesidades ajenas. Debemos entender el cuidado como

una actividad genérica que comprende todo lo que hacemos para mantener, perpetuar, reparar nuestro ‘mundo’ de manera que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo comprende nuestro cuerpo, nosotros mismos, nuestro entorno y los elementos que buscamos enlazar en una red compleja de apoyo a la vida(Fisher y Tronto).

Es la mejor manera de reformular las políticas democráticas y de devolver a la economía el lugar que le corresponde, poniendo en el centro la interdependencia y el derecho a una vida buena, vivible y digna, de todas las personas (sin excepción). 

Continuará…


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#COMUNIDAD/3/ La comunidad como red protectora

Vivimos en una sociedad del riesgo donde la existencia o no de relaciones (así como su tipo e intensidad), resulta determinante para situarse en la zona de integración, de vulnerabilidad o de exclusión social. La importancia de los vínculos sociales primarios (que solo son posibles en contextos convivenciales cotidianos) radica en su capacidad de brindar cuidados y apoyo para que las personas podamos vivir de manera autónoma, solidaria y gozosa. Una vida buena, en definitiva.

La ayuda mutua y el apoyo social se convierten en sistemas vitales de protección social. En escudos preventivos de la exclusión social y la nueva pobreza generada por carencias afectivas y sociales (acompañadas o no de carencias materiales). Y esta ayuda o apoyo social sólo es posible en el marco de los grupos primarios (familia, amigos, vecindario) y los grupos de ayuda mutua; que sólo pueden desplegarse en comunidad. La comunidad es el único ecosistema cuyo hábitat puede permitir que se produzcan relaciones simbióticas de cuidado mutuo y generar sinergias entre los elementos que la componen (microsistemas y subsistemas personales y ambientales).

El apoyo social es lo que permite a la persona creer y sentir que es querida y cuidada, que es estimada y valorada, que pertenece a una red de comunicación y obligaciones mutuas. Es un proceso transaccional y simbólico de influencia mutua que altera las emociones, las creencias y las conductas.

Los sistemas de apoyo se definen como “contactos sociales duraderos” que, en épocas de crisis, ofrecen tres tipos de soporte: ayudan a la persona a movilizar sus recursos internos y dominar sus tensiones emocionales; comparten sus tareas; proporcionan ayuda material, instrumental y estratégica, actuando como una guía cognitiva que mejora el manejo de la situación. Dependiendo del momento y la circunstancia, puede ser más adecuado un tipo de apoyo u otro.

Con frecuencia, quien más necesita el apoyo social es quien más dificultades suele tener para acceder al mismo. Por ello, desde el trabajo social, lo que nos debería interesar es cómo la comunidad es capaz de proveer a las personas que en ella viven, mecanismos que les ayuden a afrontar aquellas demandas ambientales que les puedan estar desbordando. Un ejemplo que ilustra la afirmación anterior es lo vivido durante el período de emergencia global debido a la pandemia por coronavirus (que obligó al confinamiento y el distanciamiento social a escala planetaria). En España se produjo, en marzo y abril de 2020 una explosión solidaria de relaciones de apoyo espontáneas, entre vecinos, entre jóvenes y mayores, entre organizaciones. Estas relaciones primarias solidarias expresaban comunalidad, ayuda mutua y reciprocidad. Podríamos, desde el trabajo social, contribuir a que perdurasen en el tiempo, transformándose en sistemas duraderos de apoyo social comunitario, sólo si desplegamos una relación adecuada con la comunidad.

Las fuentes principales de apoyo social son las redes naturales (familia, vecinos, amigos, etc.), las organizaciones de ayuda informal (grupos cívicos solidarios y organizaciones voluntarias) y los sistemas de ayuda formal (servicios y organizaciones profesionalizadas de ayuda). Las profesionales del trabajo social, de ordinario nos situamos en ese tercer sistema de apoyo.

Nuestra relación con la comunidad, como profesionales del trabajo social en este ámbito del cuidado, consiste en descubrir los recursos naturales de apoyo social existentes en la comunidad; en potenciar la utilización de esas redes sociales de apoyo; y, en actuar como facilitadores de grupos y colectivos que puedan llegar a asumir funciones de apoyo, estimulando la creación nuevas redes de ayuda mutua y lazos comunitarios. 

Un ejemplo, pequeño y hermoso, que ilustra muy bien lo que supone la buena gestión del cuidado de una persona frágil en comunidad, se muestra en esta breve escena de la película francesa de Thomas Lilti “Un doctor en la campiña” (2016). Esta película, además de ilustrar como pocas en la escena mencionada lo que significa una gestión del cuidado en comunidad (una gestión de caso), también es muy útil para comprender que, la atención primaria no es un lugar donde se prestan servicios, sino una forma de cuidar, que sólo es posible desde la articulación entre lo público y lo comunitario (no entre lo público y lo privado). Pero hablar de atención primaria exige otra entrada, que seguramente llegará antes de la primavera. 

Foto: Andre Ouellet

Película completa: https://www.youtube.com/watch?v=XIn3HlKdRAM

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#COMUNIDAD/2/ La comunidad como sujeto

En mi entrada anterior afirmaba que la consideración de la comunidad en el trabajo social como algo preexistente, como algo externo, como un objeto, nos ha enclaustrado y entrampado. Por ello, sólo podremos salir de la jaula epistemológica cambiando nuestra mirada. Nuestra manera de ver, concebir y sentir la comunidad. Percibiendo la comunidad como una construcción en movimiento. Como sujeto protagonista de la acción.

La comunidad es un sujeto colectivo, tiene vida propia, es dinámico y mutable, siempre en construcción y cambio permanente. La comunidad no es un nivel ni un método, es todo un ecosistema social: un contexto de vida cotidiana donde cada persona interactúa con su entorno vital, de formas muy diversas, a través de redes de comunicación. Ya sean redes densas que cuidan y protegen la vida buena[1], o redes frágiles que fragmentan y deshumanizan. La comunidad es el ecosistema social donde desplegamos la vida cotidiana. Es un ecosistema integrado por subsistemas relacionales y ambientales. Un ecosistema que a su vez forma parte de otros ecosistemas más amplios, que, esos sí, exceden el marco de la convivencia y la vida cotidiana. La comunidad, nos recuerda Silvia Navarro, es “un sujeto colectivo con vida propia y que interrelaciona actores sociales diversos, integrándolos en sus propios contextos de vida, generando intercambio, energía, capacidad y potencia en un sistema creador de nuevas realidades”. Es un campo interaccional generador de apoyos, recursos y oportunidades vitales. Un campo convivencial que puede construirse como espacio relacional de cuidado y hospitalidad, o de aislamiento y hostilidad. 

Concebir de este modo la comunidad, nos permite salir de la jaula y explorar otros horizontes de posibilidad. Empezar a trazar otro mapa para la práctica profesional. Un mapa que nos conduzca de la impotencia a la resistencia creativa. Uno que nos lleve, en definitiva, a la ética del trabajo social.

Esto nos obliga a ir más allá de la simple consideración del trabajo social comunitario como un método o una dimensión de la práctica profesional. El trabajo social comunitario es un proceso de transformación ‘desde’ (no ‘para’ ni ‘en’) la comunidad. Lo que exige ‘ser’ parte de ella: sentirse (y ser sentido) como alguien que forma parte de esa comunidad que transforma y se transforma. 

El trabajo social comunitario así entendido, es un posicionamiento ético-político que nos implica a las profesionales, a las organizaciones y a la sociedad. No se trata simplemente de hacer actividades ‘fuera’ del despacho, ni de hacer reuniones grupales. Con frecuencia se ha intervenido considerando que hacer trabajo social comunitario consiste simplemente en realizar actividades con algún tipo de grupo fuera del despacho. Como si la naturaleza comunitaria de una intervención estuviera marcada por un espacio físico (establecido en términos dentro-fuera) o por el número de personas con las que se realiza una determinada actividad (una persona o varias). No todo lo que se hace fuera del despacho, en la calle, o con grupos, es necesariamente trabajo social comunitario: por ejemplo, muchas actividades de dinamización cultural, siendo necesarias, no constituyen en sí mismas trabajo social comunitario. Del mismo modo que dentro de un despacho, se pueden hacer acciones de intervención profesional que no necesariamente siempre son de ‘gestión burocrática’. Toda intervención profesional de trabajo social debería incluir la dimensión comunitaria, ya sea que se esté realizando educación familiar, gestión de caso, o acompañando una acción de resistencia comunitaria, por ejemplo. No es el lugar (dentro-fuera) ni el número de personas (una o varias) lo que convierte a una práctica profesional en comunitaria. Es el enfoque, la perspectiva y la mirada. Podemos hacer actividades grupales en la calle que no son realmente comunitarias, como ocurre con demasiada frecuencia. 

Tampoco se trata, como tantas veces sucede, de una práctica profesional individual de ‘voluntarismo militante’: la motivación profesional es necesaria e importante, pero no es suficiente. Para desplegar una práctica transformadora, debemos ser conscientes de que somos a la vez sujetos y objetos de poder. Somos sujetos de poder en la medida que lo ejercemos a través de saberes, procedimientos y actitudes. Somos objetos de poder porque estamos ligados a servidumbres del contexto, normas y burocracia. Debemos ser conscientes de que, como profesionales, nos movemos en un campo de relaciones de poder/resistencia que no se cambian haciendo proclamas o declaraciones: el cambio no emerge con tan solo decir que hay que ser distintos, sino atreviéndonos a serlo, con todas las consecuencias que esto conlleva. Sólo si abandonamos nuestras prácticas de trabajo social autoritarias, paternalistas y funcionales al poder y el orden social, podremos transformar algo. Sólo si somos capaces de implementar otro estilo de práctica profesional.

(Continuará…)


[1] La idea de ‘vida buena’ (vivible, digna) se relaciona estrechamente con el paradigma alternativo del ‘buen vivir’, desarrollado en varios países de América Latina desde finales del siglo XX. Equivalente a la vida en plenitud, equilibrio y armonía (en quechua Sumak Kawsay), se desarrolla como propuesta política que busca el bien común y la responsabilidad social en relación con la Madre Naturaleza (Pacha Mama) y el freno a la acumulación sin fin. El ‘buen vivir’ plantea la realización del ser humano de manera colectiva con una vida armónica, equilibrada, sustentada en valores éticos frente al modelo de desarrollo basado en un enfoque economicista como productor de bienes de valores monetarios.

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#COMUNIDAD/1/ La jaula epistemológica

Inicio con esta entrada una serie de varios textos breves centrados en la relación del trabajo social con la comunidad. Estamos entrampadas en una jaula de la que deberíamos escapar (sin morir en el intento). Comparto desde este blog algunas estrategias que podríamos utilizar como llaves para abrir la jaula en que nos encontramos ahora. Tomadlo como regalo de fin de año. No se si os gustarán: lo importante es “hacernos pensar”.

Entender los niveles individual, grupal y comunitario como métodos separados, jerárquicos y excluyentes en muchas ocasiones, ha tenido efectos y consecuencias nefastas para el trabajo social. Una división, cuya naturaleza puede parecer, a priori, exclusivamente metodológica, pero que es teórica y práctica. Sólo con revisar la literatura profesional y académica del último siglo, o examinando los actuales los planes de estudio y los programas formativos de trabajo social, podemos comprobar el alcance, la profundidad y permanencia de esa división. 

El trabajo social hegemónico encerró así, en una lógica claustral, su teoría y su práctica. Construyendo una jaula epistemológica que dificulta o cortocircuita cualquier salida liberadora. Al considerarla como un nivel, un ámbito o un método de intervención profesional, redujo a la comunidad a simple objeto, en lugar de construirla como sujeto. Ignorando que para cuidar a un individuo se necesita una comunidad. Esta jaula epistemológica ha determinado (o al menos condicionado fuertemente), las relaciones del trabajo social con la comunidad. Convirtiendo de facto al profesional en sujeto, y a la comunidad en objeto, en el marco de una relación profesional profundamente asimétrica y acrítica, que impide la fuga y bloquea cualquier salida liberadora.

Si bien este encarcelamiento teórico y práctico no estuvo presente en las primeras sistematizaciones y publicaciones profesionales, lo cierto es que se produjo y extendió rápidamente, sobre todo a partir de los años 30’ en Norteamérica, tomando forma e impregnando el quehacer profesional y disciplinar en estos últimos cien años. Si este proceso se hubiera producido en otro lugar del planeta, quizás el trabajo social no estaría hoy entrampado y apresado en dicha jaula. Pero la dependencia colonial sistémica que el trabajo social ha venido manteniendo hasta la actualidad respecto al trabajo social producido en el Norte-Global, y especialmente en el Norte-Global anglosajón, nos ha metido en esta jaula, de la que deberíamos salir cuanto antes. El enfoque desarrollista de la planificación social, desplegado en los países del sur-global, también contribuyó a cerrar esa ‘jaula epistemológica’, desde los años 50’.

A finales de los 60’, el proceso latinoamericano de reconceptualización del trabajo social, incluyó las primeras críticas a la tradicional división de métodos profesionales según los tres niveles importados del trabajo social norteamericano (individual, grupal y comunitario). Ese fue un proceso de crítica profesional, en clave decolonial, al trabajo social hegemónico, que no tuvo efectos relevantes ni sostenidos en el trabajo social hispánico o europeo de esa época. 

Las reformulaciones metodológicas unitarias o integradas (planteadas inicialmente en América Latina por Kisnerman, en Norteamérica por Goldstein y por Pincus y Minahan; y, en el caso español, por Colomer) tampoco han hecho desparecer la jaula-trampa de los tres niveles. Que sigue presente en la formación de todos los países, y en la práctica profesional. La propuesta francesa, de Robertis y Pascal, que considera lo “individual y colectivo como los dos polos opuestos de una misma realidad social”, tampoco ha supuesto, en la práctica, la salida del marco-jaula. El hecho mismo de ‘oponer’ el polo de lo individual al polo de lo colectivo, como si de un continuo conceptual se tratara, bloquea la salida.

En España, los servicios sociales generales (de base territorial y principal campo de ocupación profesional de las trabajadoras sociales) han sido, desde su implantación, más proclives a la gestión de prestaciones que a la intervención social propiamente dicha. Lo que tampoco ayuda a encontrar la salida. Más bien la dificulta, porque coloca al profesional en una posición de ‘impotencia adquirida’, desde la que presupone que no se puede cambiar nada y sólo cabe rendirse, resignarse a la situación.

Debemos tener presente que toda forma de concebir implica o conlleva una determinada forma de intervenir. Por lo que no es cuestión menor ni baladí definir la comunidad como objeto (nivel, método o ámbito) o definirla como sujeto. El tipo de relación profesional con la comunidad (intervención) siempre estará determinado por la concepción (definición) que construimos de la comunidad. Así, por ejemplo, la relación profesional que se despliega dentro del ‘marco-jaula’ dominante, que define la comunidad como un objeto de intervención, nunca puede llegar ser radicalmente dialógica, sino profundamente EGO-lógica, como describe Silvia Navarro:

“Lejos de todo posible diálogo y compromiso, el técnico excluye automáticamente de su intervención todo aquello que no le sirve a él mismo. El resultado es una relación sujeto-objeto, una realidad ausente de puntos de encuentro y de conexión entre las percepciones, elaboraciones y actuaciones del profesional y las de la comunidad. De esta disociación sujeto-objeto, deriva un empecinado esfuerzo por cambiar al otro. Es curioso ver cómo muchas veces los profesionales no modificamos nuestros propios ambientes percibidos, pero nos obcecamos  sistemáticamente en modificar aquellos de la comunidad. Y lo más grave, es que esta sofisticada forma de manipulación la encubrimos a menudo, consciente o inconscientemente, bajo aparentes prácticas participativas”.

Cualquier relación EGO-lógica, en lugar de posibilitar el logro de los fines intrínsecos al trabajo social, nos aleja de ellos; ya que obstaculiza o impide la liberación y el desarrollo humano plenos. Una relación dialógica crítico-transformadora, en cambio, posibilita y potencia el logro de los bienes internos del trabajo social como profesión. Pero ello exige concebir la comunidad como sujeto.

En mi siguiente post abordaré este asunto.

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No somos tan humanos como creemos

Las políticas represivas no frenan a los migrantes, solo hacen que mueran más. Son políticas que reportan pingües beneficios a las grandes empresas mundiales que fabrican armas y todo tipo de tecnologías vinculadas a la represión y la violencia; aunque lo disfracen de “seguridad”.

Europa y sus gobiernos, por más retórica pseudo-humanitarista que utilicen, están dedicando enormes cantidades de dinero (de nuestros impuestos) a financiar regímenes dictatoriales, autoritarios y violentos, para que se encarguen de evitar que lleguen migrantes a Europa. No importa si para ello tienen que torturarles, violarles o asesinarles. Como si contratar a un asesino exculpara a quien le paga por su crimen.

El Defensor del Pueblo Español, que es una institución del Estado, se ha mostrado manifiestamente en contra de los macrocampamentos para inmigrantes que el gobierno está construyendo, ante la falta total de garantías. Lo que significa que en esos campamentos se violarán todos los derechos humanos. Como se siguen violando en los CIE y en todos los dispositivos gubernamentales dirigidos a personas migrantes: desde la corrupción mercadeada de las citas de extranjería, hasta la separación de bebés de sus madres, o el tratarles peor que al ganado cuando llegan a las costas.

Acaba de publicarse un estudio sobre el tratamiento mediático de la inmigración: la mitad de las noticias sobre migraciones que se publican y difunden en medios de comunicación en España, no contienen la palabra “persona”. 

Deshumanizar a alguien es la condición previa para violar su cuerpo y esclavizarle. 

Les despojamos de su humanidad porque mientras no los consideramos seres humanos, podemos tolerar y hasta justificar tanta injusticia y violencia contra ellos y ellas.

Desde esta supuesta superioridad moral deberíamos respondernos con sinceridad esta pregunta: ¿realmente nos comportamos como seres humanos con las personas que migran?

Yo creo que no somos tan humanos como creemos.

Asentamientos donde viven en condiciones infrahumanas las personas que han migrado y ahora trabajan en la zona de El Ejido. Foto de Almería Acoge.
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No tener hogar mata

Sucesos recientes demuestran que no tener un hogar mata y que la vivienda es un derecho humano fundamental.

Podcast (2 min.)

Al menos 4 muertos y 17 heridos este fin de semana. Y es posible que aparezcan más entre los escombros de la nave abandonada incendiada hace tres días en Badalona, porque eran 140 las personas que allí pernoctaban por no tener techo.

Hace una semana murió otro hombre de mi edad en la calle, por no tener techo.

Estos sucesos no son puntuales. Son sólo una de las muchas y graves consecuencias de un problema que afecta a más de medio millón de personas en España: las que se ven forzadas a vivir en un espacio inseguro e inadecuado.

Los sucesos de Badalona demuestran que no tener un hogar mata y que la vivienda es un derecho humano fundamental.

Son 40mil las personas sin hogar que no viven siquiera bajo techo.

2millones 100mil personas viven en viviendas inseguras (4 de cada 100 familias).

Y 4millones 600mil personas viven en viviendas inadecuadas (7 de cada 100 familias).

Quienes sufren ambas situaciones, viviendo en exclusión residencial severa, son 150mil hogares (554.000 personas). No lo digo yo, lo dice un reciente informe de Cáritas.

En Castilla-La Mancha son 4.800 hogares, más de 21mil personas.

En Albacete, las administraciones públicas han demolido hace pocos días los asentamientos, donde pernoctaban casi 200 personas por no tener otro techo.

No sólo violan de este modo el derecho humano a la vivienda, sino que les dejan literalmente en la calle durmiendo al raso. 

En lugar de intervenir para humanizar la vida de las personas, intervienen para empeorar aún más su situación.

Aplicando medidas que aumentan la injusticia y la desigualdad, reafirman la cruel sentencia del evangelio de Mateo que dice: “a quien tiene se le dará, y a quien no tiene, aún lo poco que tiene se le quitará”.

No parece muy coherente con la Constitución que tanto nombran y que deberían repasar. Toman medidas crueles a sabiendas, deshumanizando a quienes deberíamos tratar como a nosotros mismos.

Aquí puedes leer algunos apuntes para una acción social transformadora, a propósito de la vivienda, elaborados por Mario Arroyo y Lose Luis Grau, que son trabajadores sociales en Redes Sociedad Cooperativa.

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La persistente violación de Derechos Humanos de nuestros mayores

En agosto Médicos Sin Fronteras publicó el demoledor informe Poco, tarde y mal, denunciando el inaceptable desamparo de nuestros mayores en las residencias durante la COVID-19 en España. Ese informe contenía numerosas y detalladas recomendaciones que tenían que ponerse en práctica sin demora.

A finales de octubre, la investigación del CSIC sobre la gestión institucional y organizativa de las residencias de mayores actualizó las principales dificultades y aprendizajes en estos ámbitos, señalando las medidas a tomar. 

Hace una semana el gobierno presentó el informe oficial sobre lo ocurrido, invitando a su revisión por personas expertas.

Y hace sólo tres días, Amnistía Internacional ha publicado su propia investigación sobre el infierno vivido en las residencias geriátricas, explicando desde el punto de vista jurídico nacional e internacional las ilegalidades cometidas.

Son varios los Derechos Humanos que se han violado (y se siguen violando todavía): 

* el derecho a la salud (porque no recibieron, ni reciben una atención médica adecuada, ni en hospitales ni en residencias); 

* el derecho a la vida (en el caso de quienes la perdieron por esa causa); 

* el derecho a la no discriminación (ya que se les negó y se les sigue negando el derecho a la atención médica como la que reciben el resto de la ciudadanía);

* el derecho a una muerte digna (muchos murieron deshidratados, ahogados, aislados, sin cuidados paliativos);

* el derecho a una vida familiar y privada, llegando a extremos que podrían considerarse tortura, trato inhumano o degradante.

Abandonados a su suerte, la desprotección y la discriminación de las personas mayores sigue siendo persistente en esta segunda ola, como acredita y denuncia el Informa de Amnistía Internacional.

Dice el artículo 50 de la Constitución Española que los poderes públicos, con independencia de las obligaciones familiares, deben promover el bienestar de los ciudadanos durante la tercera edad, atendiendo sus problemas específicos de salud, vivienda, cultura y ocio.

Juzguen ustedes.

Después de escribir este post y de grabar el podcast para mi firma de opinión en Radio Albacete Cadena Ser, leo la reflexión que acaba de publicar en su blog mi querido Fernando Fantova, planteando la cuestión previa, más relevante, clave y sustancial que ninguna entidad ha planteado en los informes que cito: ¿De verdad es tan “natural” vivir en una residencia?. Para encontrar respuestas correctas es imprescindible formular la pregunta adecuada. Y la cuestión que nos plantea Fantova es, sin duda, LA PREGUNTA PERTINENTE. El resto, son secundarias.

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Carta al ministro Escrivá

Hoy presto mi voz a un grupo numeroso de personas y familias muy diversas que sobreviven en situación de pobreza, y que han escrito una carta al ministro Escrivá (el ministro de seguridad social, inclusión y migraciones) porque no pueden aguantar más.

En junio pensábamos que el Ingreso Mínimo Vital iba a paliar nuestra situación, pero seis meses después seguimos con el agua al cuello. Los que todavía no nos hemos ahogado y nos hemos dado cuenta de que usted y su gobierno no han colocado al IMV en el centro de nuestras vidas, sino en el centro de sus intereses políticos, y sus campañas de marketing publicitario.

Ministro, solicitamos tres cosas muy sencillas: 

1) dejen de marearnos cambiando el estado de nuestra solicitud, porque sólo nos interesa saber si está resuelta. No nos maltraten ni jueguen con nosotros cambiando palabras en internet para que parezca que hacen algo, cuando no hacen nada. 

2) dejen de conceder IMV transitorios para que parezca que están resolviendo solicitudes y pueda usted dar ruedas de prensa, cuando lo que hacen no se ajusta a la realidad de las familias. 

3) dejen de descontar la Prestación por hijo a cargo de 2019 como ingreso para 2020, porque esa prestación que han suprimido para nuestros hijos e hijas resulta que ahora quieren que se la devolvamos en 2020 para que a ustedes les cuadren las cuentas. Unas cuentas que son un cuento, a tenor de del engaño y el despojo a que nos someten.

Sobre la prestación del IMV, las familias agrupadas en asociacionapoyo.org piden seis medidas que sólo dependen de la voluntad política del ministro y del gobierno. Y piden al ministro que se reúna con ellas, para que conozca sus vidas y se incorpore su mirada a una legislación que debería basarse en los problemas y situaciones existentes y asegurar derechos reales, no ficticios. 

Y no se olvide, señor ministro, ahora que estamos en época de aprobar presupuestos, que el Comité Europeo de Derechos Sociales lleva más de veinte años exigiendo a España que el importe de estas rentas mínimas de supervivencia se acerque al umbral de la pobreza.

Hoy os invito a leer la carta completa (que es muy breve) y a sumar vuestra firma apoyando a quienes se han empobrecido gravemente, no por voluntad propia, sino como consecuencias de las políticas pasadas y presentes. Porque, aunque tú oyente, no vivas ahora en situación de pobreza extrema, si conociendo esta carta no la apoyas, tendrás que asumir que eres cómplice con tu silencio de la desigualdad y de la injusticia que sufren tantas personas y familias que viven en tu barrio y en tu pueblo.

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La violencia que no cesa

La mitad de las mujeres en España, 1 de cada 2, hemos sufrido algún tipo de violencia machista a lo largo de nuestra vida. Una violencia que no cesa. Por eso es tan necesario visibilizarla y luchar para eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres. 

Podcast (2 min.)

La mitad de las mujeres en España, 1 de cada 2, hemos sufrido algún tipo de violencia machista a lo largo de nuestra vida. Muchas hemos sufrido varios tipos de violencias machistas, y los victimarios no han sido solo nuestras parejas, que también.

Son datos que confirma la reciente gran encuesta sobre violencia contra las mujeres en nuestro país. Una violencia que no se ha reducido en estos últimos 5 años y que en términos globales no ha experimentado cambios significativos.

Algunas de las casi 10mil mujeres encuestadas hemos verbalizado por primera vez la violencia que hemos sufrido, en el momento de responder esa encuesta.

Durante demasiadas décadas pensamos que sólo la violencia física o la agresión sexual era violencia machista. 

Muchas mujeres, entre las que me encuentro, hemos sufrido violencias machistas de las que no dejan huella física, pero sí muchas heridas psicológicas, mucho miedo y aversión. Hasta hace bien poco no éramos conscientes de la violencia de control, de la violencia psicológica, del acoso dentro y fuera de la familia, de la violencia digital, o de los micromachismos que todavía hoy seguimos sufriendo.

Quien les habla ha tenido éxito profesional y personal. Y por primera vez reconozco públicamente haber sido víctima de violencia machista en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida. Violencias ejercidas contra mí por hombres conocidos y desconocidos, e incluso por hombres a los que he amado.

Cuando terminé de responder la encuesta, lloré amargamente. Era la primera vez que me enfrentaba en pocos minutos al recuerdo intenso de tantos momentos en los que mi vida y mi ser no tuvieron el respeto merecido.

Un llanto amargo que sirvió para darme cuenta, de golpe, de todas las violencias experimentadas. De las que recordaba como tales y de las que no recordaba como violencia, pero que la encuesta me ayudó a verbalizar.

Por eso es tan necesario visibilizar y luchar para eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres. 

gracias @javirroyo por todas tus ilustraciones de tu libro Homo Machus, y todas las demás

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